Estructura galopante /y III

"Víctimas del pecado" logra vencer la mala leche de la crítica visceral; puede reestrenarse una y otra vez porque no ha envejecido un fotograma. 
El filme no ha envejecido.
El filme no ha envejecido. (Especial)

La crítica de la época escribió que la maldad de Rodolfo es previsible y hace que la película desmerezca; estoy de acuerdo con lo previsible, pero considero que la maldad puede tener enfoques diversos y uno de ellos se reduce al más obvio: al pensamiento como una actividad de la mente que determina el comportamiento, es decir, que el que piensa mal, actúa mal. Eso, en una estructura cinematográfica bien armada, genera suspenso; por eso, cuando vemos salir a Rodolfo de la cárcel, nos damos cuenta de que se avecina una tormenta, pues sabemos que no se va a tentar el corazón para consumar su venganza.

El desarrollo y desenlace de las escenas subsecuentes van a todo galope, pues Rodolfo busca a Santiago en su cabaret y se da cuenta de que ahora Violeta trabaja para él. Santiago lo enfrenta; pelean y Rodolfo lo mata.

Cuando Violeta sale y llora sobre Santiago, los autores han logrado un dejo de desolación, de desesperanza: no hay nadie en el mundo que pueda salvar a Violeta y a su hijo de alguien que resulta ser un demonio. ¡Qué maravilla!

Si el desarrollo general de la historia avanza a gran velocidad, el clímax y anticlímax cierran a todo vapor. Rodolfo da con Juanito y trata de obligarlo a que les dé un pitazo para entrar a un local y robarlo; Juanito se niega. Rodolfo le dice que él es su padre, que debe obedecerlo y lo abofetea; entonces Violeta irrumpe por la ventana y mata a Rodolfo.

La entrada de Violeta por la ventana también fue motivo de escarnio; yo no veo que se trate de un capricho espectacular. Los autores no tenían por qué explicar que sería más difícil que entrara por una puerta custodiada por delincuentes. Es una acción fraguada que conlleva la sorpresa para Rodolfo y el público: es una acción verosímil, por eso la heroína merece nuestra admiración.

Si ven la película hoy, en el siglo XXI, se van a dar cuenta de la atmósfera que logró Emilio Fernández, pues nos traslada a los años cincuenta con una fuerza bárbara. Pero aquí el guión tiene una estructura construida como las películas que escribió Thea von Harbou, esposa de Fritz Lang, en la época expresionista: de manera galopante, con acontecimientos que se desarrollan con fluidez para llegar rápido al desenlace de la escena y ésta desemboque en la siguiente.

Víctimas del pecado logra vencer la mala leche de la crítica visceral; puede reestrenarse una y otra vez porque no ha envejecido un fotograma. Valga esta humilde colaboración como homenaje a una gran actriz de la Época de Oro del Cine Mexicano: Ninón Sevilla.

Víctimas del pecado (México, 1950), dirigida por Emilio Fernández, con Ninón Sevilla y Rodolfo Acosta.