Vicio propio

Difícilmente sabremos si nuestro mundo obedece a una lógica conspiratoria donde todo se encuentra perfectamente orquestado por fuerzas que jamás comprenderemos.
Una adaptación de Paul Thomas Anderson.
Una adaptación de Paul Thomas Anderson. (Especial)

México

En las novelas escritas en clave de distopía política —como en 1984 de George Orwell y Un mundo feliz, de Aldous Huxley—, el régimen en el poder parece ser un sistema cerrado, que tiene todo bajo control, calculado y planeado, para regir milimétricamente las vidas de los individuos a su cargo. Incluso el alcohol y las drogas están cuidadosamente suministrados para mantener a la población en un constante estupor, un embotamiento entre placentero y aletargante, para evitar que cobren conciencia de su situación real y se les ocurran posibles salidas o desafíos al sistema.

En Vicio propio, la magistral adaptación cinematográfica de Paul Thomas Anderson de la novela homónima de Thomas Pynchon, se abre una pregunta sumamente inquietante, que puede estar directamente relacionada con nuestra realidad actual: ¿qué pasaría si las drogas (legales e ilegales) fueran en realidad la única respuesta cuerda frente a un sistema demencial que las convierte en la única vía para volverlo soportable? La hipótesis de Pynchon, perfectamente ambientada y actuada en la película de Anderson, consistiría entonces en que el sueño del éxito y la acumulación es en realidad una pesadilla cuya consecuencia natural son la mala conciencia y la culpa, que a su vez desembocarán en un sistemático consumo de drogas (de nuevo, legales e ilegales) por la mayoría de la población, para poder soportar su realidad cotidiana.

Si lo anterior suena demasiado paranoico, basta recordar con que es un planteamiento muy similar al de uno de los psicoanalistas más respetados de la actualidad, el británico Darian Leader, quien ha estudiado a profundidad el mecanismo mediante el cual las compañías farmacéuticas financian estudios que demuestran la existencia de cierta condición masiva en cuanto a los padecimientos mentales, para de inmediato vender por millones medicamentos patentados, destinados a curar la enfermedad en la que sus propios estudios colocaron el énfasis en primer lugar.

Entonces, el malestar-enfermedad y la droga que lo atempera (como escape o como cura) son sólo dos rostros de la misma moneda de un extraño y muy pynchoniano juego donde cada vez queda menos claro quiénes ganan y quiénes pierden. Después de todo, si alguna lección puede extraerse de Vicio propio es que difícilmente sabremos si nuestro mundo obedece a una lógica conspiratoria donde todo se encuentra perfectamente orquestado por fuerzas que jamás comprenderemos, o si no es más que una gran comedia trágica que depende de que los personajes representen su papel con la debida seriedad, pues su orden precario e inestable descansa justamente en la necesidad de que las reglas no sean cuestionadas ni desobedecidas por esa amplia mayoría silenciosa que siempre es en última instancia la que legitima de manera cotidiana que las cosas sean como son y no de otra manera.