El club de los escritores apasionados de Leñero

En la Guadalupana, una pequeña cantina en Coyoacán, Leñero se sentaba con sus alumnos después de una legendaria clase a compartir un trago y sus visiones de la literatura y el cine.

Ciudad de México

En la Guadalupana, una pequeña cantina a un costado de la Casa del Teatro, en Coyoacán, Leñero pedía un vaso de vino tinto o de whiskey. Se sentaba con sus alumnos, después de la legendaria clase de escritores de los martes a compartir un trago y sus visiones de la literatura y el cine. Para muchos, era como seguir en clase.

Salir a beber y platicar después de clase se volvió la tradición de los alumnos del taller.

Sus alumnos no necesitaban ser famosos, aunque algunos ya lo eran, pues el requisito para entrar al taller de escritores de Leñero era ser invitado por el periodista, para quien, según sus estudiantes, “valía mucho tener pasión por las letras”.

A las dos de la tarde, actores, guionistas, directores y hasta médicos comenzaban a llegar a uno de los salones de La Casa del Teatro, en Coyoacán. Dentro, estaban colocadas en un círculo grande algunas sillas, una de las cuales siempre ocupaba Vicente Leñero.

Al taller sólo se entraba con invitación, pero era una puerta abierta para cualquiera que estuviera dispuesto a luchar por escribir.

El cineasta Michael Rowe fue uno de sus alumnos. Había obtenido una silla en aquel salón luego de que consiguió el teléfono de Vicente. 

“Yo no era ningún escritor. Era un chavito que había llegado ahí como pude y que moría por poder conocer a Vicente, yo creo que por eso él me vio muchas ganas”, comenta Rowe.

El cineasta había escrito dos cuentos cortos y trabajaba para el periódico The News, estaba a punto de darse por vencido cuando entró al taller literario de Vicente Leñero y creó el guión que lo llevó a ganar una Cámara de Oro en el Festival de Cannes.

“Vi su obra ‘Todos somos Marcos’ y me impactó. Me dije tengo que buscar al autor para decirle que es un chingón y que tiene mucho talento”, dice Rowe.

Unos días después el teléfono sonó en casa de Leñero. “Le pregunté que si le interesaba traducir alguna de mis obras. Se rió y me dijo que no hacía traducciones. Después de un incómodo silencio me dijo: ‘tengo un taller los martes, porque no traes tus obras y léelo ahí”, cuenta el cineasta.

Cada martes, los estudiantes llevaban sus textos literarios a la clase. Leñero se colocaba en alguna silla y escuchaba el primer relato. Rowe comenzó a estudiar guión de cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica y asistía al taller.

El día que leyó el primer borrador del guión de ‘Año Bisiesto’ provocó comentarios muy negativos de sus compañeros. Luego de un silencio, Leñero levantó la voz: “Yo no estoy de acuerdo con nada de lo que te han dicho. Me parece profundo, ya está redondo. Me parece que no le están entendiendo”.

Era su primer intento de guión para cine y lo hubiera tirado a la basura si no hubiera sido por Vicente Leñero. Su comentario lo motivó para transformar el guión en el filme que ganó en 2010 el premio a la mejor ópera prima en Cannes.

Nunca se subió a la tarima, pintarrajeó un pizarrón o regañó a nadie, pero Vicente Leñero era un maestro que compartía con sus alumnos del taller la pasión por escribir, tanto que él mismo leía sus textos para que fueran criticados.

Otra de sus alumnas fue la guionista Cecilia Pérez Grovas, quien recuerda cómo Leñero escuchaba pacientemente a cada uno e intentaba sacar la mejor versión de ese deseo que plasmaron en un texto.

Cuando Cecilia asistía al taller ya había ganado un Ariel por su adaptación de ‘Cilantro y Perejil’, pero no se había titulado. Leñero fue uno de sus sinodales, pues daba clases en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM.

Su tesis era una adaptación de cine de una obra de José Revueltas. Al terminar el examen, el escritor se acercó a la guionista y le dijo algo que le cambió la vida: “¿Has pensado por qué le pusiste adaptación y no versión?”, le dijo Leñero. En ese momento, Cecilia titubeó y se quedó pensando en la pregunta varios años. “Fue muy generoso, porque me lo dijo después del examen”.

“Leñero ha sido siempre, y sobre todo primero, un amigo y después lo que ha sido es el gran maestro que te señala con su ejemplo, con su propio instrumental, él nunca se guardó nada de lo que sabía para mostrarnos nuestros propios derroteros”, dice Pérez- Grovas.

Vicente Leñero también dio clases a la segunda generación de la carrera de comunicación de la Universidad Iberoamericana, por invitación de José Sánchez Villaseñor.

“Acepté más por apremios económicos que por vocación de maestro. Esto no era como la Septién García, con muchachos sencillos, sin pretensiones universitarias, sin aspiraciones filosóficas”, cuenta Leñero.

Leñero dice que esa carrera se había creado para formar líderes de opinión y no reporteros, por lo que el día que intentó enseñarles conocimientos de tipografía se ganó el apodo de “Quadratín” entre sus alumnos.

A pesar de todo, Leñero logró conquistar al grupo e incluso aceptó otro. Su clase empezaba a las ocho de la mañana y duraba dos horas, pero a las diez se sentaba con sus alumnos a tomar café y a discutir de las noticias del día.