El teatro de nuestra historia

El de Vicente Leñero no es un buen o mal teatro.
Vicente Leñero.
Vicente Leñero. (Rogelio Cuellar)

Ciudad de México

El de Vicente Leñero no es un buen o mal teatro. Imposible clasificarlo de esa manera. Su dramaturgia responde a necesidades testimoniales, documentales, históricas, donde denuncia las diferencias en las clases sociales y la discriminación, la corrupción en todos los ámbitos, incluido el periodismo que ejerció magistralmente. Desde su novela convertida en obra de teatro posteriormente, Los albañiles, se perfila al gran conocedor del alma humana y sus miserias. Los que dicen hacer ficción pura no le dan el valor a este teatro de la realidad. Allá ellos. Tuvo muchos seguidores pero nadie de sus alumnos lo superó, al menos en la dramaturgia.

Tuve el privilegio de editar la mayoría de su obra narrativa en el Grupo Editorial Planeta, y antes, algunos de sus libros en lo que era Random House Mondadori. Tratarlo, y temer que en algún momento nuestras conversaciones privadas aparecieran en esos relatos —espléndidos—, de Gente así. Porque Vicente convertía en relatos las verdades que conocía o le contaban sus amigos. Deja inédito un material sobre Julio Scherer que se quedó contratado en Planeta. Ojalá nadie impida que salga porque los textos son el verdadero rostro de una amistad con aristas diversas y crítica ácida al dueño de la revista Proceso.

Un día, a manera de confesión, al entregarme el manuscrito de Sentimiento de culpa, dijo mirándome a los ojos: “Tengo muchos resentimientos que no me dejan en paz”. Callé. Sus relatos de la imaginación y de la realidad son testigo ineludible de esa confesión. En el teatro de Leñero tampoco se evade el tema de la frustración: cuando escribe de Martirio de Morelos, La noche de Hernán Cortés, o en Los periodistas del antiguo Excélsior, o en la obra Nadie sabe nada. Historias de rabia porque el mundo no es cómo al autor—un moralista y religioso— le hubiera gustado.

Vivir del teatro da fe de sus enemistades con directores de teatro como Luis de Tavira, con quien hizo grandes montajes, y después se distanciaron. Tavira nunca le dirigió en vida una de sus piezas en su Compañía Nacional de Teatro. Tavira seguro debe tener tremendo sentimiento de culpa. Un dramaturgo con el que compartió los grandes éxitos que los hicieron famosos en los años 80 y 90. No sería tarde para que Tavira anunciara que la CNT le estrenará al menos una de sus obras como homenaje póstumo. Porque llevarlo a Bellas Artes y no montarlo es como una mentada de madre. Dramaturgo mejor que los que han montado en la CNT, seguro lo es.

Vicente Leñero es un outsider, se quiera o no, a pesar del poder que adquirió en el periodismo. Nunca estuvo a gusto en ninguna parte. Ganador del premio Biblioteca Breve Seix Barral por Los albañiles, no pudo dar el salto a la internacionalización como lo hicieron otros con el mismo galardón (Carlos Fuentes, Jorge Volpi, Elena Poniatowska). Nadie sabe a bien porqué suceden esas cosas. Le escuché a grandes escritores decir que a Leñero le faltó dar el salto definitivo, que era un autor local —como aquella frase de Fernando Benítez: “hay autores regionales, nacionales e internacionales”—. Lo cierto es que Leñero fue a España con Tavira en el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, en 1992, con La noche de Hernán Cortés. Fui un testigo privilegiado: pasaron sin pena ni gloria para la crítica de aquel país. Un montaje sobrio, somnoliento, radical, que no caló los filos de los insensibles españoles de hoy.

Sus mejores obras: Los albañiles, La visita del ángel y Lamudanza, sin duda alguna. Explicar los porqués será para más adelante.

Se fue Vicente Leñero. Descansa en paz y ojalá resuciten sus obras.