Leñero, el más inteligente, el más provocador: Carlos Marín

Entrevista realizada por José Luis Martínez S.
El escritor, guionista, dramaturgo y periodista Vicente Leñero.
El escritor, guionista, dramaturgo y periodista Vicente Leñero. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

En esta conversación de la que se han suprimido las preguntas, el amigo, el compañero de ruta, el lector, el espectador de teatro rememora sus años al lado de Vicente Leñero, el mayor representante de la non fiction a la mexicana. Están presentes la literatura y el dominó, el compromiso con la verdad y la fe religiosa pero, sobre todo, el periodismo, esa pasión que no sabe mirar atrás


“El más inteligente, el más provocador”

En Excélsior, donde trabajé como reportero de Últimas Noticias entre 1972 y 1976, traté poco a Vicente Leñero, que tenía a su cargo Revista de Revistas. Pero después del 8 de julio de 1976, cuando salimos de Excélsior ciento y pico de personas en solidaridad con Julio Scherer García, su compañía fue medular en mi carrera. Fuimos muy cercanos, muy buenos amigos aun antes de la fundación del semanario donde estuve de noviembre de 1976 a marzo de 1999.

Con Vicente trabajé en la misma oficina —en Fresas 13, donde estaba la revista— durante veintitrés años. Estábamos prácticamente solos y nos acompañamos de muchas maneras, tanto en su casa como en la mía, en conversaciones maravillosas o atroces según los asuntos que ocurrían en ese tiempo.

Como periodista, Vicente era muy meticuloso, muy dado al detalle. Aprendí de él que el periodismo es estructura literaria. En cuanto a estructura, el periodismo es forma, no fondo, por eso estoy convencido de que el periodismo no es trascendente: elegimos no solo la estructura narrativa sino de la primera a la última palabra. Debemos cuidar mucho el detalle y evitar las generalizaciones, los lugares comunes.

Vicente me motivó, me alentó, para escribir el Manual de periodismo (Grijalbo). De no ser por él yo no hubiera hecho ese libro. Lo escribí a partir de los apuntes de unos cursos por correspondencia que él me regaló, aunque la versión final poco tiene que ver con ellos.

En el semanario, Vicente fue el más inteligente, el más provocador —en el mejor sentido de la expresión—, el más luminoso. Llegaba como de un espacio extraterrestre y centraba muy bien los balones. Por eso digo que fue medular en mi formación periodística.

Teníamos una especie de comunión en reírnos de los que hacían periodismo de causa; en aceptar que el mundo es diverso, disperso, y que no teníamos por qué comportarnos como si la nuestra fuera una parroquia. Esto nos llevaba a discusiones maravillosas con el resto de los integrantes del reducido consejo de redacción, en el que normalmente Leñero y Froylán López Narváez eran muy puntales al decir por dónde debían ir las cosas.

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Casi toda la literatura de Vicente Leñero, sus novelas, su teatro, son historias muy bien reporteadas. Aun en una obra tan opresiva y de tan pocos diálogos como La visita del ángel, está por ejemplo el reporteo sobre cómo preparar una sopa de verduras. Su libro–reportaje Asesinato es como un poliedro en el que primero identificas la forma, luego cuentas sus caras y después, si puedes, te metes por una hendidura y lo ves por dentro para comprobar si hay humedad, una luz, una espina, un plantío de rosas. Es decir, Leñero veía los fenómenos periodísticos desde todos los ángulos.

No se diga una obra como La mudanza, en la que observa puntualmente no solo la relación de odio de una joven pareja que se muda de un departamento a otro, sino todo lo que implica el acarreo de muebles. El reporteo está igualmente en La gota de agua. La escribe porque de pronto hay una fuga en su casa. Esto lo lleva a conocer el mundo de los albañiles, de las ferreterías, de los vendedores de tinacos.

Vicente reporteó todo, incluso su fe católica. La obsesión reporteril es lo que mejor lo define. El detalle de las cosas. Sabía contarlas como solo puede hacerlo Gay Talesse o historiadores como William Manchester, el autor de Muerte de un presidente. El detalle de las cosas, no las generalizaciones, no las proclamas.

En ese sentido, Vicente es un gran punto de referencia para quien incursione en la narrativa. No se trata de contar o decir lo que pienso, no. Dime qué averiguaste y dame la novedad.

Leñero lo hizo con Los albañiles, que le valió el Premio Biblioteca Breve Seix Barral, y con Asesinato: hay cosas que no sabremos. No hay una manera fehaciente de saber quién mató a Don Jesús, alrededor del cual gira la novela. En su obra de teatro La noche de Hernán Cortés, hay un momento en que pone a algunos indígenas a hablar en náhuatl y no hay traducción. ¿Por qué? Los españoles no sabían náhuatl, así como tampoco el público que vio la obra.

Tenía atrevimientos maravillosos, muy osados, para contar cosas que nadie se atrevía. Para El martirio de Morelos se basó en las confesiones de José María Morelos a la Inquisición. Solía decir que conocemos las glorias del Generalísimo gracias a esas confesiones en las que termina delatando a sus compañeros. Revela dónde estaban los emplazamientos, las armas, y quiénes eran y dónde vivían sus aliados. Si no fuera por esas confesiones no conoceríamos las glorias de Morelos.

Leñero tenía muy reporteado El martirio de Morelos porque compartía ese mismo tormento: el de la fe. Se formó en la verdad y, desde luego, también en la literatura y en la religión. En un ensayo que publicó en la revista Ixtus, cuenta que su fe católica le había enseñado que la relación entre los hombres no se resuelve por la vía de la justicia sino por el camino del amor. Eso lo aprendí de él, como le aprendí muchas otras cosas.


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Durante varios años íbamos todas las mañanas a comernos unos hot dogs al Tomboy, frente al Parque Hundido. Lo hicimos mucho antes de que apareciera su libro–reportaje Los periodistas. Platicábamos tanto que no faltó la inquina en la revista. Por envidia o mediocridad, alguien llegó a decir que Los periodistas era mi versión de nuestra salida de Excélsior, no la de Vicente. Eso significaba no conocer, ni de lejos, a Leñero, que no se dejaba manipular por nadie y al que tampoco le gustaba ni le interesaba manipular a otro.

Eran tantas nuestras conversaciones que seguramente algunas de las cosas que le dije le sirvieron para Los periodistas y algún otro libro. En Vivir del teatro, por ejemplo, menciona mi participación —no dudo que muy pequeña— en la hechura de algunas historias.

La relación que tuve con Vicente alcanzó este grado: un día llegó a Fresas 13 con dos ejemplares de Los periodistas encuadernados a mano. Uno fue para Julio Scherer García y el otro para mí. Lo tengo en mi casa. “Para Carlos este único segundo ejemplar de Los periodistas”, dice la dedicatoria. Estaban encuadernados a mano porque todavía no salían, los llevó como si fueran pan caliente.

Como en Los periodistas, en otros de sus libros tuve el gusto de ser un acompañante o testigo casi presencial, no solo de cómo los escribía sino de cómo los iba maquinando. En el caso de Los periodistas, siempre me arrepentí de no haberle entregado un relato, el único que habría sido distinto al de Vicente. Me pidió, cuando menos dos veces, que redactara la manera en que ingresé a Excélsior, porque le sorprendía mucho ese relato que nunca escribí.

Leñero anotó que yo era el radical de la causa (no tengo ningún problema con la palabra radical, lo que abomino es al extremista). Las convicciones deben ser argumentadas y defendidas de una manera radical y tajante, y sigo en lo dicho. Sin embargo, me gustó que me definiera como el radical de la causa. ¿Cuál causa?: la de los emigrados de Excélsior.


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Lo mejor de Vicente como escritor es la llaneza, la naturalidad con que habla de las cosas. Leñero representa lo mejor de lo que debe ser un periodista: decirle pan al pan y vino al vino. El agua es agua. No tenemos progenitoras, no hay líquido elemento, no hay galeno. Esa naturalidad de su lenguaje, la llaneza, lo conciso, lo preciso, lo directo, decir las cosas sin rodeos, es uno de los mejores valores de su periodismo, de su obra narrativa y dramatúrgica. Y tal vez de sus guiones para telenovelas —no los conozco—, de los que hablaba sin asomo de pena.


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Vicente era muy centrado, directo. De pronto hacía sentir mal a los integrantes del consejo de redacción, que éramos seis, y en el que yo era el benjamín por edad. Me impulsó muchísimo. Cuando había problemas en Proceso, tanto periodísticos como de operación, y preguntaban ¿quién sirve para esto?, Vicente decía: “Marín”. Eso siempre me llamó la atención.

De Leñero extraño la esencia de una relación de lunes a viernes, cotidiana. Jueves y viernes de dominó hasta el amanecer; noches de tacos y tortas, alternando con el subgerente de la revista, Rubén Cardoso; con mi hermano Marco Antonio Sánchez Martínez; con Eduardo Valle El Búho, que llegaba con su pistola, una escuadra impresionante que yo guardaba en el cajón de mi escritorio; con Efrén Maldonado El Negro y algunos otros. Así, mientras cocinábamos el ejemplar de cada semana, jugábamos dominó y yo aprovechaba para seguir aprendiendo de Vicente.

Era el subdirector, pero en realidad lo que a él le gustaba era confeccionar el semanario. Lo hacía conmigo porque yo era el responsable de la producción. Le gustaba hacer esquemas de la paginación y eso nos entretenía bastante al armar —con galeras que se pegaban en machotes— la revista, que luego se enviaba a fotomecánica. Le encantaba ver una fotografía y encontrar el encuadre; le encantaba la provocación, lo mismo que en sus obras de teatro. Por eso su teatro fue, sobre todo, experimental. No apostaba a las puestas a la segura sino a ver qué sucedía.

Un día vio con mi hermano Marco Antonio una fotografía de Carlos Salinas mirando desde algún balcón de Palacio Nacional, quizás el balcón central, hacia el Zócalo. Era una foto a contraluz. La silueta dejaba muy bien perfilada la cabeza, las orejas, el cuello, la figura de Salinas. Al verla, Leñero dijo: “Ya, así, no necesita cabeza”. Era como el retrato de la presidencia imperial o el retrato del poder presidencial.

En otra ocasión, durante el caso Raúl Salinas, antes de que fuera a la cárcel (por cierto, injustamente, lo sé porque trabajé el asunto), pusimos una cabeza en portada que decía “El hermano incómodo”. A mí, en buena medida, ese ejercicio con Leñero me enseñó a cabecear.


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Leñero siempre conservó su independencia, sus puntos de vista, mucho más liberales, más abiertos, libertarios y modernos que los de Julio Scherer.

Yo aprendí algo maravilloso de don Julio: cuando discutíamos, casi siempre por dos o tres cabezas de portada, la discusión solía tornarse ríspida, acalorada. El señor Scherer impuso una regla maravillosa, pues había reuniones en que resolvíamos las cabezas en diez o quince minutos y otras que nos llevaban hora y media o dos horas de discusión. No había jerarquías, era solo la argumentación, la terquedad, y a veces se colaba la necedad. En mi caso, la terquedad hizo que en varias ocasiones el señor Scherer García saliera, pasado ya el encontronazo, me abrazara delante de quien fuera y me dijera: “Don Carlos, lo felicito por su maldita pinche terquedad”.

Un día Vicente me dijo: “Cometiste la pendejada de hacerte amigo de Julio” y es que, a pesar de lo fuertes que llegaban a ser estas discusiones, yo mantuve con el señor Scherer una relación muy cercana: iba a su casa con frecuencia, conocí a sus hijos y a su esposa. Y según Leñero eso estaba mal; él siempre guardó distancia con don Julio.


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Durante algunos años fuimos a un Vips todos los jueves. Bautizamos a esa costumbre como “El mollete literario”. Ahí hablábamos solo de literatura, de la escribidera y, desde luego, de la narrativa en el periodismo. De esas conversaciones he sacado mis propias imágenes y deducciones. Tiene uno que tener muy claro qué diablos quiere escribir: una nota informativa, una entrevista, una crónica, un reportaje, un artículo. Y no darle al lector, de manera rebotada y desordenada, una serie de elementos para que imagine lo que quisiste decir. Darle una estructura narrativa comprensible, legible, llana. Pero también permitir que saque sus conclusiones sin decirle lo que debe pensar.

Por fortuna, Leñero, como yo, despreciaba el periodismo de causa. El periodismo no requiere de adjetivos, es una tontería decir periodismo de investigación, periodismo valiente, periodismo honrado, periodismo qué... El periodismo es un oficio, no es una profesión. ¡Viva la libertad de expresión! Qué bueno que no se requiere título para ejercerlo, porque la libertad no requiere de títulos académicos. Un analfabeta que quiera decir algo puede ser periodista si te da una noticia en una estación comunitaria de radio. Es la libertad. Pero es la libertad también sin crinolinas.

Creo que Leñero y yo coincidimos, lo digo por su comportamiento público y publicado, no porque lo hayamos hablado, en que el estrellismo en el periodismo es peligroso. Estábamos conscientes de que este oficio nos pone a prueba en cada nota, en cada texto, en cada pie de foto, y de que uno debe correr riesgos y no voltear atrás, no andarse releyendo. Y claro, a la hora de la confección cuidar lo que se escribe, revisarlo cuidadosamente, pero una vez que ya diste el imprimatum, no voltear atrás.


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En Palinuro de México, Fernando Del Paso escribió que toda muerte es una ofensa. La de Leñero nos agravia a todos quienes sabemos quién fue, con sus aciertos y equivocaciones.

Hace cuatro, cinco años, a través de un amigo mutuo, quiso saber si comería yo con él. Pregunté el motivo. “Quiere disculparse por lo que pasó…”,

Comimos, me dijo que se había equivocado con lo que sucedió ese marzo de 1999 (mi salida, la de Froylán y otros treinta) en la publicación que tanto ya, por calumniosa, le decepcionaba.

“Eres muy exitoso”, quiso halagarme. “Vivía en mi casa y ahora soy un empleado, digamos, exitoso”.

Me atajó:

“¡No, Carlos!: Proceso siempre ha sido la casa de Julio. Solo de Julio y de nadie más. Pero de tu casa nunca has salido. Tu casa es el periodismo, Carlos”, me dijo, lo cual asumí como bálsamo existencial.

Me pidió intervenir para platicar lo mismo de su arrepentimiento con Froy quien, generoso como ha sido siempre, aceptó. Comimos los tres, platicamos amigable y cariñosamente, y me fui. Ya noche, Vicente llevó a Froylán a su casa en la Portales.


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Leñero fue un marido y un padre a todo dar pero también un escribidor de tiempo completo, un lector voraz, informado de lo mejor de la literatura mexicana y universal.

Con su muerte se pierde alguien que padeció su catolicismo como lo padecieron otros, sobre todo en los años sesenta, cuando lo más aceptable era estar en eso que se llamaba la izquierda, las capillas, las sectas. Fue un hombre que, muy a tiempo, superó todo aquello y actuó a partir del “Yo soy como soy y sé quién soy”. Por eso toda su obra es, esencialmente, provocadora y libertaria.

Con Leñero perdemos un punto de referencia, a un maestro. Quien lea los textos que en los últimos años publicó en la Revista de la Universidad de México, o quien lea Vivir del teatro, Asesinato o La gota de agua, cualquiera de sus obras de teatro o sus novelas o sus crónicas o reportajes —por ejemplo, la memorable entrevista que le hizo al subcomandante Marcos—, inevitablemente aprenderá, descubrirá algo nuevo.

En el caso de otros escritores uno se deslumbra por la historia o por el manejo dramático pero no siempre tomamos apuntes. Leñero es un escritor que vale la pena subrayar y ver cómo resuelve algunos retos descriptivos.

Si se tratara de definir en pocas palabras lo que siento hacia Vicente Leñero sería admiración, gratitud, cariño.


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