Leñero por Leñero

Memoria.
Vicente Leñero
(Especial)

Ciudad de México

Yo nací en el mero centro de Guadalajara, pero mi padre era de Tlaltizapán, Morelos, y mi madre de Tacubaya, De Efe. Los antepasados de mi padre se repartían entre los pueblos de Michoacán —Guarachita y Zamora, sobre todo— y Guadalajara. Eran muchas las familias que se apellidaban Leñero en Guadalajara. Uno de mis tíos, secretario de Lázaro Cárdenas y luego embajador, Agustín Leñero —hermano del médico Rubén que dio nombre a la Cruz Verde—, aseguraba que los Leñero, venidos de Galicia, fueron comerciantes fundadores de la Guadalajara colonial. Me pedía que corroborara el dato en la Historia de Luis Pérez Verdía, pero por más que lo busqué nunca di con la cita. Lo cierto es que estaba llena Guadalajara de parientes con el apellido paterno, y con el Orozco, segundo apellido de mi padre.

Por lo que hace a mi madre, su apellido es Otero. Cuando Jesús Reyes Heroles lo supo —porque desde mi juventud me había quitado el segundo apellido a instancias de Arreola, para quien el Leñero Otero sonaba literariamente muy mal—, me preguntó si en mi ascendencia estaba el gran Mariano Otero de la historia. Le dije que no, aunque no lo sabía de cierto; mi madre, huérfana desde pequeña, nunca supo mucho de sus antepasados.

En mis esporádicos encuentros con Reyes Heroles, el político me instigaba a investigarlo “porque sería un honor para usted ser descendiente del gran Otero. Sería lo mejor que le pudiera pasar en la vida, Leñero” —subrayaba Reyes Heroles, un poco bromeando pero siempre entusiasmado con el pensador liberal que nadie analizó tan bien como él—. Tiempo después de la muerte de Reyes Heroles me topé con el acta de nacimiento de mi madre: de nombre Isabel Otero Girón y nacida en 1900. Un dato me llamó la atención: tanto su padre como su abuelo se habían llamado Mariano: Mariano Otero. Era extraño —pensé— que en el siglo XIX, estando vigente el famoso nombre del jurisconsulto, alguien apellidado Otero y sin parentesco alguno con el personaje se atreviera a llamar Mariano a su hijo y éste prolongara el Mariano al suyo propio. Si el nombre se heredaba por dos generaciones tenía que ser por algo —pensé.


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El parto fue difícil porque yo venía bien pesado y porque la partera no era mi tía Serafina que había recibido a mis hermanos, en México. Pero todo resultó bien, dice mi madre.

Nacido yo, convencido mi padre de que no conseguiría establecerse en Guadalajara con un negocio promisorio, ella y él empezaron a hablar de un posible regreso. Las arcas se estaban agotando y si no volvían sería necesario vender las casitas de San Pedro de los Pinos que les proporcionaban una renta mensual.

—Vámonos a México —insistió mi madre cuando yo estaba de meses. Y acto seguido se pusieron a empacar.

Dejaron Coronillas para siempre. Solo un año y pico habían vivido en la ciudad.


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De la Guadalajara de mi adolescencia, visitada a cada rato, estoy lleno de recuerdos y de gratas imágenes. Me maravillaban las torres de Catedral, puntiagudas y cubiertas de azulejos amarillos, ribeteados de azul. Mi hermano Armando decía que eran góticas: como “alcatraces al revés”, según la canción. Me parecían maravillosas, por distintas, y las fotografiaba y fotografiaba con mi camarita de fuelle, rollo 620 blanco y negro, eligiendo ángulos donde se entreveraran con la cúpula. La construcción toda estaba pintada entonces de amarillo —si mal no recuerdo— y en su interior, enorme y hueco como una añoranza, parecía retumbar la voz ronca de Dios.

Hasta muchos años después, hasta ahora, leyendo a García Oropeza, me enteré de que arquitectónicamente la Catedral es horrible, por desproporcionada y pesadota. García Oropeza habla de que un tal Baxter llamó a las torres “puntiagudas abominaciones”, y luego dice: “Los puristas de la arquitectura le han dirigido a nuestra pobre Catedral denuestos vigorosos y, hay que admitirlo, perfectamente justificados”.

Pero no es cierto. Qué va. Para mí, como para tantos guadalajareños, la Catedral es y seguirá siendo bellísima: más ahora que han raspado su piedra hasta hacerle aflorar la mismísima cantera y la han rodeado de parques para su contemplación.


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El domingo era obligada la peregrinación a Zapopan. La familia prefería a la Guadalupe de México, pero también rezábamos a la Virgen triangular que nunca me cumplió mis peticiones. Había que levantarse temprano porque el santuario estaba lejísimos, decía mi hermana Juana María, y todavía somnolientos tomábamos el camión cerca de Catedral y nos dejábamos llevar, como quien va de excursión.

Nunca fallaba la visita a Zapopan, ni a los arcos de Vallarta, ni al Paseo Lafayette [la actual avenida Chapultepec] de las casas afrancesadas, tan distintas a las casas ricas de México. Yo fotografiaba todo: las casas afrancesadas, la casa de Coronillas, las jacarandas que sombreaban la cuadrícula blanca y roja de la banqueta, el Parque Agua Azul, la Avenida Independencia con su monumento a Ramón Corona de quien era forzoso preguntar, en cada viaje: Y ese Ramón Corona, ¿quién fue?

Nunca he vivido, lo que se dice vivir en Guadalajara, pero sigo siendo de ahí. No me he distanciado. Pertenezco a la ciudad como quien se siente ensartado a la tierra original por una raíz que lo sigue nutriendo de recuerdos. Hoy regreso a cada rato. Con cualquier pretexto. Por cualquier motivo.


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De regreso de Guadalajara nos fuimos a vivir a Martínez de la Torre, en la colonia Guerrero. Allí habría de nacer el quinto hijo —mi hermano Luis— y allí montó mi padre, en sociedad con Tío Alberto, una fábrica de refrescos embotellados.

Eran de aquellos legendarios “refrescos de canica”, porque una canica servía de tapón a la pequeña botella de medio litro. Se oprimía la canica para destaparla y ésta quedaba en un estrecho conducto hasta que el consumidor se bebía el refresco. Cuando el casco vacío se utilizaba de nuevo, una vez lavado sin excesivas medidas de higiene, el gas se le inyectaba a presión junto con el líquido de sabores frutales, e impulsaba a la canica a su posición de tapón.

El negocio fue bien, muy bien. Mi madre trabajaba en él entre interminables diferencias con su cuñada María Elena, la esposa de Tío Alberto.

—Trabajaba todo el día —nos relataría mi madre—. Todito el día lavando botellas usadas y llevando las cuentas del negocio. Fue un tiempo muy feliz para mí, mejor que estar en Guadalajara.

Cuando mi padre traspasó la empresa de refrescos de canica —la aparición de la Coca Cola se lo impuso— y se asoció en el negocio del restorán El Faro, en San Juan de Letrán, cerca de Ayuntamiento, la familia regresó a vivir a San Pedro de los Pinos, a la casa en esquina del sexto tramo de Avenida Dos con Calle Nueve, que mi padre había prestado a una de sus sobrinas. Luego comenzó a construir en el tercer lote adquirido desde el principio —Avenida Dos, número setenta y nueve— la casa en que viviríamos durante toda nuestra niñez y juventud. El lote era el más grande y la casa se fue estirando con el tiempo hacia el patio jardín, como una serpiente, con cuartos y más cuartos que buscaban la luz —decía mi padre—, pero que dio como resultado una construcción horrorosa, de muy pobre arquitectura.

Fue en esa casa nueva, me parece, donde mi madre enfermó gravemente de difteria, mortal en ese tiempo. La nana Victoria se hizo cargo de mí y de mi hermano Luis.

Durante meses, la tal Victoria fue la mujer que yo consideré mamá. No quería separarme de ella ni cuando mi verdadera madre sanó de la maldita enfermedad que trajo desazonado a mi padre.


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Quería a sus hijos, por supuesto; se vanagloriaba de nuestras calificaciones en la escuela, pero pocas veces lo expresaba en voz alta.

No recuerdo besos ni caricias en mi niñez. Como no recuerdo tampoco nalgadas y pellizcos. Era mi padre quien nos anunciaba el castigo desabrochándose el cinturón para soltar un latigazo que casi nunca llegaba. Era mi hermana Juana María quien se encargaba de los castigos retorciéndonos la piel con pellizcos de monja o encerrando en un clóset a mi hermano Luis.

Mi madre velaba por nuestra salud, nos llevaba al otorrino, al dentista, al médico general, pero guardaba en secreto sus sentimientos como si fueran a gastarse. La orfandad de su niñez —ya lo he dicho— la secó como un racimo de uvas olvidado en una cesta.

Me dio leche, no miel. Me dio pan, no golosinas. Me dio su presencia, no los latidos de su corazón. Yo lo lamento, al recordar mi infancia, pero me doy cuenta de que llegué a la edad adulta y ahora a la vejez siendo un poco así, como ella.



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David Noble y yo teníamos trece, catorce años, cuando lo veíamos subir o bajar del tranvía de Revolución en la parada Once de Abril, donde termina Tacubaya y empieza San Pedro de los Pinos.

Era un viejo de dar pánico. Altísimo pero jorobado como si le pesara su cabeza greñuda de cabellos blancos al viento, barba de picos como la de Maximiliano, enormes hombreras para abultar su saco negro de solapas anchas; andrajoso, arrugado siempre, recta su sólida nariz, labios en movimiento mascullando majaderías o maldiciones. Todo él, para David Noble y para mí, conformaba la imagen tenebrosa de un desquiciado: el clásico orate del rumbo.

—Ahí está otra vez el viejo loco —chacoteábamos con más miedo que lástima.

Vivía en una casota descarapelada de Avenida Revolución, frente a la plazoleta de los Mártires de Tacubaya, cerca de la vivienda de David Noble quien de vez en cuando se asomaba por los agujeros de la reja y me decía después:

—Está llena de gatos y perros callejeros. Sale de su casa para darles de comer y los mete luego como si fueran su familia. Dicen que su mujer es una bruja. Dicen que él está poseído.

Ciertamente el viejo estaba poseído, pero no por el demonio sino por los clásicos de la literatura: Homero, Shakespeare, Goethe, Cervantes...

Esto lo supe meses después por mi hermano Armando:

—No es un loco, no seas tonto. Es don Erasmo Castellanos Quinto, el maestro más famoso de la Preparatoria Nacional. Los alumnos se pelean por entrar a sus clases. Se sabe El Quijote de memoria desde la primera hasta la última línea, ¿te imaginas lo que es eso? Además es poeta.

—¿Y por qué anda así como un mendigo?

—Es pobre, como todos los maestros de las escuelas oficiales.

—Tiene facha del mismísimo demonio. No se baña.

—Porque es excéntrico. La mayoría de los genios son excéntricos. ¿No sabías?

Con el tiempo supe más de don Erasmo. Un viejo amigo, Roberto Oropeza, le escribió una entrañable semblanza que publicó la Preparatoria de la UNAM. Ángel Boliver lo pintó en un óleo de fuego que se exhibió en el aula Justo Sierra de San Ildefonso. Ricardo Garibay escribía a cada rato de él: “Su soberbia no tiene límites; tampoco su humildad. Nos enseñó a leer la Iliada, la Odisea, la Divina Comedia, El Quijote. Yo lo seguí varios años, me le hice inseparable. Lo salvará su pasión, muchachito”, me decía.


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Qué teatral, qué fascinante, qué contagioso nos parecía el Juan José Arreola de fines de los años cincuenta a todos los que nos inclinábamos ante su perspectiva y sabiduría ahora sí que para abrevar conocimientos y sensibilidades. Estábamos ahí, sentados y atentísimos, absolutamente en sus manos. Nuestros cuentos pendían y dependían tan solo de su voz; de su lectura capaz de transformarlos de pronto en maravilla.

Sobre la marcha él corregía palabras, cambiaba puntuaciones e inventaba tonos, cadencias,

inflexiones que el texto original estaba muy lejos de poseer. Leyendo bien un cuento, Arreola nos enseñaba a buscar los caminos literarios para salir del laberinto de la anfibología y entrar en la eficacia.

Personalmente, aquí en lo íntimo, yo le debo la suerte de haber escapado a tiempo, creo que a tiempo, de los sonidos de Rulfo. Pero además, en lo público, toda mi generación le debe la suerte de haberse dejado inocular por el gusto de trabajar un texto hasta el detalle, de descubrir que lo importante para cualquier autor es encontrar un cómo: cómo decir lo que a mí se me antoja decir, sea lo que sea... el tema es lo de menos. No recuerdo haber oído jamás a Juan José objetar un argumento narrativo, o una posición ideológica, o un contenido político. Tampoco lo recuerdo estimulándonos a cambiar la realidad a golpes de palabra. Sí lo recuerdo, y no lo olvidaré ya nunca, señalándome errores de intención, de tono, de sintaxis. Él estaba en el cómo y con el cómo: siempre ahí: en el cómo escribir el qué de cada quién.

Se alzaba Arreola en el taller con su cuello de ganso, su cabello rizado que siempre sospeché peluca, sus manos de pianista agitadas al aire como si fueran ramas. Se alzaba y recitaba y cantaba y actuaba.

Y uno aprendía por el contagio, ya lo dije: con unas ganas urgentes de alcanzar esa misma pasión por la palabra escrita que yo traduje de él: de él primero y antes que de nadie: de él.

Vivo cargado de recuerdos de aquellas tardes–noches en que aprendía literatura y perdía al ajedrez con Orso, con Fuensanta, con Aridjis, con Camargo, con Lizalde... con el mismísimo Arreola, en el departamento casa–hogar en el que Arreola nos enganchaba historias imposibles, hazañas amorosas, mentiras literarias, embustes bibliográficos, y al mismo tiempo nos publicaba textos imprecisos en los delgados cuadernos de aquel viejo Unicornio.