ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

"Aborrezco las religiones que juzgan y condenan": Vicente Alfonso

Vicente Alfonso, autor de "Huesos de San Lorenzo".
Vicente Alfonso, autor de "Huesos de San Lorenzo". (Omar Meneses)

México

El desierto, la minería y la literatura. Por ahí van las pulsiones de Vicente Alfonso. De formación jesuita, el narrador norteño gusta de hacer de la escritura un ejercicio de arte y ensayo. Meticuloso, reconoce su devoción por Cien años de soledad, “lo tengo subrayado hasta el cansancio y en distintas ediciones”. Su libro más reciente es Huesos de San Lorenzo (Tusquets), título con el que ganó el Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz.

¿Cuál fue la mejor enseñanza de los jesuitas?

Entre las muchas enseñanzas de los jesuitas, destaco la disciplina y el fomento del pensamiento crítico. En buena medida les debo a ellos mi forma de aproximarme al mundo. Si uno analiza la oración de San Ignacio de Loyola, se da cuenta de que no habla de dogmas ni de fe, sino de voluntad y entendimiento.

¿Persiste en ti alguna vena religiosa?

Más que religiosa, hablaría de algo espiritual. Aborrezco las religiones que juzgan y condenan, pero me parece que la religión puede ser una excelente puerta a la vida espiritual, una vía para abrazar algunos de los valores más altos de la humanidad. Como dice uno de los personajes de Huesos de San Lorenzo: a veces los ateos también dudan.

En tu nuevo libro hay un mago, ¿te interesa esta disciplina como practicante?

Me interesa la magia desde la perspectiva del mago: es muy interesante darse cuenta de que para ser mago se necesita renunciar a la sorpresa, pues hay que repetir muchísimas veces los trucos. Lo mismo ocurre con la literatura: los mejores textos no salen súbitamente, sin saber cómo, cual palomas que de pronto brotan de la chistera. Es necesario repetir los movimientos una y otra vez, hasta dominar la técnica. Eso le resta sorpresa al oficio, pero a cambio permite hacer creer a los demás.

¿Tu mejor truco cuál es?

Entre más trabajo invierte uno, menos tiempo tardan los lectores en leer el libro. Como ocurre con los prestidigitadores y los magos de banqueta, creo que los mejores trucos no se notan.

¿Hay trucos en la escritura?

Por supuesto. Solía hablar mucho al respecto con Federico Campbell. Él acuñó un término que me gusta recordar, la sastrería literaria. Solía decir que una novela bien hecha es como una camisa cortada a la medida. Muy en consonancia, García Márquez habla de carpintería literaria. Me gusta esa visión. Un día, José Emilio Pacheco me dijo una frase que no olvidaré: “Ya no hay grandes maestros porque nadie quiere ser aprendiz”.

¿Cuál es el truco más recurrente entre los escritores o el que más se encuentra como lector?

Como algunos repasan una y otra vez las mejores jugadas en la historia del futbol, yo tengo un vicio con los libros y las películas que me gustan: las repaso decenas de veces, aprendiendo las lecciones que de allí se desprenden. En mi biblioteca tengo muchas ediciones de Cien años de soledad, de Crónica de una muerte anunciada, de La ciudad y los perros, de Huckleberry Finn.

¿Tu lado místico por dónde aflora?

Me gusta el contacto con el desierto. Caminar solo durante horas le imprime a la mente un ritmo distinto.

Provienes de una familia de mineros. ¿Qué tanto te interesa la minería?

Mucho. No solo provengo de una familia de mineros, yo mismo viví de muy cerca el oficio. Conviví mucho con mi abuelo, que fue minero toda su vida. Desde niño estaba acostumbrado a entrar en las minas o a visitar cortes a cielo abierto. Más tarde, de joven, hice mucho trabajo de minería. Mi hermano y yo solíamos llevar muestras o cargamentos completos a otras ciudades, y descargábamos trailers, desde entonces y hasta la fecha, mis zapatos habituales son botas mineras. No heredé esa moda de la época grunge, sino del trabajo que hacía de adolescente.