[Vibraciones] Páramo y Ravel

En el exilio, tan cerca de la tierra de Steinbeck, la escritura de José  Alfredo (que comenzó como una continuación de su mítica columna “Allegro Molto”) se ha vuelto íntima y apasionada.
Vibraciones
(Cortesía)

Ciudad de México

Cartas tristes

José Alfredo Páramo y de la Cerda escribe cartas a Laura desde Soledad. Es uno de los cronistas de música más puros y diligentes en la historia de México; Soledad es un pueblo de la costa central californiana al que se ha retirado con su amada Josefina, y Laura es la mujer dormida en el corazón de todos los hombres, según un poema de Abigael Bohórquez.

En el exilio, tan cerca de la tierra de Steinbeck, la escritura de José  Alfredo (que comenzó como una continuación de su mítica columna “Allegro Molto”) se ha vuelto íntima y apasionada. Le canta a Laura (su voz casi octogenaria hay que imaginarla de barítono mahleriano) suaves secretos de música, como que Las campanas,en la sinfonía coral de Rajmáninov, deben ser de plata en nacimiento, en matrimonio de oro, de bronce en los momentos de horror y de hierro durante el funeral.

Las últimas cartas le salen tristes. No puede sacarse de la cabeza que hace 100 años estalló la Guerra Mundial y a ella regresa en busca de los músicos. Entre 10 millones de muertos, 21 millones de heridos y ocho millones de desaparecidos, me recuerda esta pequeña tragedia que involucra a Maurice Ravel (1875–1937) con un pianista que perdió la mano derecha.

Trágica libertad

I. Ravel deja la música para ser soldado y el ejército francés lo rechaza: “eres demasiado débil”. Insiste y lo hacen chofer (“soy un recluta, con piel de cabra, con un casco, con una máscara, que se pasea de noche por carreteras ingratas”). Sufre de pujo, los pies se le congelan y en un hospital militar se entera de la muerte de su madre (enero de 1917), a la que ama con pasión posesiva. Se deprime; lo licencian. Tiene 47 y comienza a juntar trompos, muñecos y pequeñas cajas que al abrir la tapa suenan una nana. La Guerra termina y compone con vehemencia; ballets, óperas y un vals satírico sobre cómo los vieneses brindan con champaña y enmascarados bailan mientras su ciudad es bombardeada. Le obsesiona la forma (“mi objetivo es la perfección técnica”) y en los cafés de París, ante jóvenes vanguardistas que lo veneran como a un nuevo Satie más equipado y brillante, contradice a Beethoven cuando asegura que si solo se puede escuchar lo de arriba, así hay que tomar a la música (y así hay que componerla): como superficie. Predica, desconcierta, viaja y lo veneran. Es un perpetuo solterón cada vez más maniático. Sermonea durante horas sobre  hábitos de higiene a cualquiera que lo visita. A veces no puede mover los dedos; son las primeras señales de la enfermedad de Pick que terminaría por matarlo. Todas las noches llora a su madre. Está completamente solo, rodeado de sus juguetes.

II. Paul Wittgenstein (1887–1961) visita a Ravel y le dice: “escríbame una obra”. Es un pianista vienés al que durante la Guerra Mundial (peleaba en Polonia con los austrohúngaros) le explotó una bomba muy cerca; los rusos lo capturaron, lo encerraron en Siberia y le amputaron el brazo derecho. Ravel le compone un Concierto para la mano izquierda (1932).

Al principio, el lenguaje es romántico (de niño, Paul tocó a dúo con Brahms y Mahler durante las veladas que organizaba su madre) y el tono patético. La solitaria mano se mueve ávida y ligera pero la tradición condena sus búsquedas a la sombra de los sonidos graves; se disuelven increadas y tristes en una orquesta en espera de un solista que parece destinado a no llegar. A su voz le faltan cinco dedos; la mutilación es evidente.

De pronto, justo a la mitad de su movimiento único, el concierto se rompe y comienza a sonar una forma de articulación sonora experimental que los negros asocian con la libertad y se construye a través de la improvisación sensual. El efecto es desconcertante, casi teatral: Un pianista manco tocando furioso jazz; le echa encima el cuerpo al instrumento, como si le fuera a brincar, y se pone casi de lado para que su mano tarde lo mismo en llegar a cada lado del teclado.

Unos acusan a Ravel de grosero, de haberse burlado de un músico inválido, y este concierto, al que describen de circense, les provoca pesadillas; otros escuchan en él una hermosa metáfora de la invencibilidad del espíritu humano.