Versículos impíos

A propósito de la obra de Arturo Rivera.
Sandra Lorenzano- Ecce-Homo de Arturo Rivera
Sandra Lorenzano- Ecce-Homo de Arturo Rivera (null)

Ciudad de México

Versículos impíos

(A propósito de la obra de Arturo Rivera)

Reflexión


1.

Entrar como Tiresias.

Entrar a la obra de Arturo Rivera como el adivino de Tebas.

Entrar con la ceguera de los sin memoria. Con la ceguera infinita que precede a las revelaciones.

Entrar como si nadie hubiera pronunciado aún la palabra cuerpo, la palabra madre, la palabra horror.

Entrar para no pronunciarlas jamás.


2.

Un golpe en el esternón. Esa podría ser quizás la primera sensación. Un golpe feroz al plexo solar. Allí donde dicen que se concentran los ecos de todos los dolores.

Imaginabas un susurro,

pero fue grito que partió la noche en mil pedazos.

Imaginabas figuras cómplices,

pero fue el ojo vaciado de espanto del que solo puede ver lo que la luz ignora.


3.

“Ya no le tengo tanto miedo al vacío, a los silencios, mi obra como mi vida se depuran, se hacen más sencillas…”, dijo el pintor.

En la época del abigarramiento, la banalidad, el espectáculo que convierten en superficiales y frívolos los caminos recorridos, Arturo Rivera depura, adelgaza la estridencia, acalla el griterío.

La poética del silencio como camino para la alquimia.

Cada obra es entonces un destilado tan puro como el color de las entrañas.


4.

La sangre. Las pieles. El delicado reflejo de las manos (alguna vez, rotas). Un pájaro que esculpe su parodia.

La mirada hosca desde una jaula.

Una cabeza de liebre. Y un ojo del bautista.

Un triángulo en los muelles de Nueva York.

El hambre del pintor y la osamenta.

El crimen soñado por Edipo.

El castigo de Edipo.

Hilos tensos que marcan las venas.

Y una carcajada.

La carcajada sin piedad ante el que dice realismo.


5.

Si hubiera historia leerías desde el recuerdo. Falso sería entonces el escalofrío. Falsa la ilusión que te sostiene.

Solo desde la ceguera del que no tiene memoria dejarás que se clave en ti la implacable lucidez del sueño de Nepantla.

La implacable lucidez de los trazos de luz.

Leer, entonces, las imágenes como mensaje sagrado.

Como mensaje que va de tus miedos a mis miedos. De tus fantasmas a mis pesadillas.

Y si hubiera un dios, estaría ya descuartizado en el quirófano, para que pudiéramos estudiar el secreto de la divina proporción.


6.

“En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo”, escribe Kafka en su relato “Un artista del hambre”.

¿Ha disminuido, Arturo?, pregunto.

El arte del ayuno ha pasado de moda. Como tantas otras cosas. Pronto, la jaula la ocupará una pantera.

Los vigilantes elegidos por el público, solían ser carniceros, continúa el escritor de Praga. Y acota: “No deja de ser curioso”.

Así de veleidoso es el público: hoy aplaude a un ayunador, mañana al carnicero. Las panteras son menos sensibles, se sabe.

El espectáculo del hambre, después del espectáculo de las reses abiertas en canal. O viceversa. El Heimlich y el Unheimlich freudiano.

¿Cuál de los dos espectáculos es más siniestro?

“De hambre nadie se muere”, ha dicho Arturo Rivera en alguna entrevista. Como los roedores y los gatos se puede sobrevivir de los restos encontrados en la calle.

¿Cuál es más siniestro, Arturo?, pregunto.

El cráneo de una res me mira desde uno de los cuadros. O un armadillo. O el pincel que no sacia —no saciará jamás— el hambre del pintor.


7.

“A mí me duele la vida”, le dice en este libro a Jaime Moreno Villarreal.

Y entonces la depresión. Y entonces el alcohol. Y entonces los vidrios rotos dibujando en la propia piel.

Pero no. Pero no solamente. También la celebración. Los “giessos” de colores, las espátulas dentadas, el cuerpo todo en la creación.

“Vivo sin vivir en mí”, escribió Santa Teresa, y algo de eso hay. Como cuando le sacaron el corazón, no en un ritual de guerra florida, sino en un ritual médico.

“Vivo sin vivir en mí”.

“Mi pintura es nuclear —continúa—, pongo una figura principal y a partir de ella van apareciendo otras que establecen diálogos entre sí. Cuando pinto un elemento, éste conduce a otro y la reunión de dos te da algo: es la metáfora. (…) Es la belleza del terror, porque así soy yo y así es mi vida.”


8.

La belleza del terror es ocre, o siena tostado, o sombra natural. Desafío para poetas, la paleta del pintor.

¿Sabes lo que son los colores quebrados?, pregunta. Y aparecen Chardin, o Corot, o Morandi. El gris como amo y señor de las metáforas.


9.

A Juan Gelman le gustaba recordar la vieja historia del abuelo rabino que en Rusia, ante la amenaza de un pogrom, sacaba de un arcón un pergamino del siglo XVII en el que estaban escritos los nombres de sus antepasados, rabinos, a su vez, que lo habían antecedido en esa función. Entonces les leía esos nombres a sus catorce hijos e hijas. “Era, según mi madre, como leer el Génesis: ‘Tal engendró a tal, que engendró a tal, etcétera.’ Era, a mi parecer, una forma de demostrar que ningún pogrom iba a acabar con la continuidad que los reunía alrededor de la mesa amenazada”.[1]

Como al rabino y a sus descendientes, a Gelman las palabras le enseñan a convivir con la muerte; con la propia y con la de los seres más cercanos, los más queridos: la madre, el hijo...

Sin embargo, las palabras, no salvan; lo supieron Paul Celan y Primo Levi, Walter Benjamin y Ana Ajmátova, también lo sabe Juan Gelman.

Tampoco salva el arte, ¿verdad Arturo?

Porque no hay salvación posible, solo se puede aprender a mirar el rostro de la muerte.

El primer libro que Gelman escribió en el exilio se llama Bajo la lluvia ajena. Notas al pie de una derrota. Fue escrito en Roma. Juan llegó después a México y de a poco se fue apropiando de esta tierra y de sus lluvias. El exilio no dejó de doler —nunca deja—, pero veinticinco años en México no solo le dieron hogar a su voz y a su memoria, también te regalaron nuevas lluvias en las que reconocerse, y complicidades, y nuevas luchas, y amores definitivos. ¿Dónde sino aquí, en este país que hemos hecho nuestro, podría haber nacido Amaramara?

Y hablo de todo esto porque hace ya un tiempo largo Gelman le pidió a Arturo algunas obras para ese libro de amor a Mara.

“Mis pinturas no tienen nada que ver con los poemas. Sí los leí, pero mi propuesta es otra cosa”, confiesa el pintor en una entrevista.


Vuelve el “gris quebrado” que es también cenizas. Las cenizas de Juan Gelman.

El poeta decidió que tenían que quedarse acá, que tenían que mezclarse con esta otra patria, que tenían que mirar los mismos volcanes que miró la pequeña Juana Inés.

Y sumó su nombre al pergamino del abuelo, como una hermana a la que abrazar después de toda una vida separados; porque también ella supo de violencias, de silenciamientos impuestos, de desgarramientos y ausencias, del poder de la poesía ante el tirano, de la carne que tiembla en el deseo.

Y sumó el nombre de Arturo Rivera. Ese otro hermano de dolores y celebraciones.

El rostro de la jerónima redescubierto por el pintor abre el libro que estamos presentando; su tierra cobija a Juan.

El círculo se cierra acá para mí.

Finalmente a todos nos mojarán las mismas lluvias. ¿Verdad Tiresias?



[1] “La casa del amor”, en “Radar” de Página 12, 13 de octubre de 1996. Hablé de algunos aspectos de este texto en el artículo de despedida al poeta publicado en marzo de la Revista de la Universidad, UNAM, 2014.