De la vejez y la muerte

El Santo Oficio.

Ciudad de México

Frente al precipicio de la tercera edad, el cartujo tiembla. Imagina los años por venir y le rechinan los dientes. No le tiene miedo a las arrugas, hay tantos afeites para disfrazarlas. Tampoco a la calvicie, desde hace tiempo ahorró para un impecable bisoñé. La vida monacal lo ha curtido y sus deseos se han extinguido sin dejar huella. Pero le teme a los achaques y, sobre todo, a oxidarse en la nostalgia, en el pavor a la aventura.

Por eso, en la soledad de su humilde celda aplaude la voluntad de Mario Vargas Llosa de lanzarse de lleno a los escenarios con Los cuentos de la peste, un texto suyo basado en el Decamerón de Boccaccio. En una entrevista con Rocío García publicada el 21 de enero en El País, el escritor peruano explica la decisión de convertirse en actor a los 78 años: “Lo peor que me juego es el ridículo, pero no es tan grave, no me preocupa. Pero sí me seduce mucho el riesgo que está implícito en eso. Es un desafío, una manera de seguir vivo”.

Las crónicas del estreno de la obra en Teatro Español, en Madrid, hablan de un éxito rotundo. Para Vargas Llosa lo más importante no era eso, sino experimentar algo nuevo. “Yo no quiero morirme en vida —le dijo a su entrevistadora—. Siempre me ha entristecido mucho ver a esos seres humanos que se mueren en vida, que pierden las ilusiones, que se resignan a una especie de espera. Los seres humanos a los que yo más he admirado son aquellos que resisten hasta el final y en los que la muerte es como un accidente que los sorprende en plena actividad. Me gustaría morir estando vivo. Muchas de las cosas que hago, que son a veces un poco temerarias como ésta (de actuar), surgen de esa necesidad de seguir viviendo hasta el final, explorándolo todo”.

En el reciente encuentro del monje con Cristina Pacheco, al recordar a su esposo ella dijo: “José Emilio llegó vivo a la muerte, unas horas antes escribió su último texto”. También Carlos Fuentes vivió intensamente hasta el final. En una entrevista, el trapense le preguntó si a sus 80 años pensaba en la muerte. Le respondió con la contundencia de siempre: “La aplazo constantemente, yo tengo dos hijos que murieron, claro que la tengo presente. Pero yo escribo en nombre de ellos, y de esa manera la aplazo o creo que la aplazo. Aquí me tiene usted a mi edad todavía escribiendo libros, no me he retirado ni pienso retirarme, entonces su pregunta es muy ambivalente porque le puedo decir sí y le puedo decir no, pero yo pienso escribir hasta el último día, y trabajar hasta el último día”.

En el espléndido libro Encuentros con Samuel Beckett (Siruela, 2006), de Charles Juliet, el autor de Esperando a Godot comenta: “Siempre he deseado tener una vejez tensa, activa… El ser que no deja de arder mientras el cuerpo huye”. Eso quisiera el monje en su edad provecta, tan cercana ya: un corazón joven aunque el cuero se arrugue.

Queridos cinco lectores, sin palabras ante el horror en Cuajimalpa, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.