Mujeres en la Luna

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Multimedia (Reuters)

Ciudad de México

Alguna vez tuve frente a mis ojos la nave Vostok en la que en los años sesenta Valentina Tereshkova estuvo dando vueltas al planeta durante tres días. La admiré mucho más mientras contemplaba las minúsculas dimensiones del envejecido vehículo soviético que la llevó a tumbos al espacio. Seguro era por lo menos algo flaca y muy elástica, pero también sin ningún asomo de claustrofobia. Decidida, aguerrida y muy inteligente, aquella obrera de una fábrica de telas viajó como voluntaria en esa bola de metal de alta resistencia a los 26 para convertirse en la primera mujer astronauta y demostrar de paso que su condición física y su equilibrio mental eran en esas circunstancias semejantes a los de los hombres. Entre mareos, vómitos, casi asfixiada por la falta de oxígeno y con la cara llena de moretones, sobrevivió a la aventura, aunque pagó su audacia durante el resto de su vida con frecuentes sobresaltos en su salud.

Ahora, unos 50 años más tarde, otra rusa, Elena Serova, se anda paseando por el oscuro infinito a bordo de la Estación Espacial Internacional, a la que llegó hace unos cuantos días. Vivirá ahí sin duda en mejores condiciones, al lado de cinco astronautas europeos, durante 168 días. Si no fuera porque se acaba de hacer pedazos contra los pedruscos del desierto de Mojave una nave de Virgin Galactic, la empresa que ofrece viajes de turismo espacial a los ricachones, pareciera que volar detrás del cielo es una cosa de lo más simple. Tal vez así lo imaginó el pionero Georges Méliès cuando a comienzos del siglo pasado, inspirado en Julio Verne y en H.G. Wells, concibió la aventura de un grupo de astrónomos en su Viaje a la Luna, pero no incluyó a ninguna señora en la expedición.

A la alemana Thea von Harbou sí se le ocurrió a finales de los años veinte trepar a una mujer en una nave espacial para enviarla de paseo a la Luna. El personaje de su novela Mujer en la Luna, llevada al cine por Fritz Lang, no solo es lúcida y decidida, también es ambiciosa y viaja al espacio no con propósitos científicos, sino en busca de oro. Casada con Lang, uno de los grandes maestros del expresionismo fílmico alemán, Von Harbou era una mujer de enorme talento. Novelista, guionista, actriz, tuvo una carrera plena de éxito y fortuna hasta que se adhirió al nazismo y se perdió entre las sombras de la prolongada noche hitleriana. Su Mujer en la Luna, sin embargo, comienza a crecer ahora, apremiada por el tiempo y los progresos científicos. Su relato de ciencia-ficción emprendido hace 85 años desde una imaginería sobria y rica y recibido por los lectores y los espectadores en los cines como una delirante fantasía de imposible realización, está ahora muy cerca de convertirse en una realidad cotidiana. Ni ella misma lo habría imaginado. Tampoco habría imaginado nunca que el padre de Tereshkova, una suerte de álter ego de su personaje, moriría en combate peleando contras sus admiradas fuerzas nazis.

 

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa