Usurpación legal

No hace falta ninguna teoría de la conspiración para comprender que la destitución de Dilma forma parte de una estrategia política específica.
Dilma Rousseff.
Dilma Rousseff. (Ueslei Marcelino/Reuters)

México

En una ocasión el ex primer ministro británico, Gordon Brown, famosamente declaró que en el establecimiento del Estado de derecho, los primeros cinco siglos son por lo general los más difíciles. En el caso de América Latina, si tomamos en cuenta que los movimientos de independencia datan de hace aproximadamente dos siglos, todavía nos quedan otros 300 años para seguir contemplando la utilización de la ley y los procedimientos legislativos como instrumentos al servicio de las élites que detentan el poder en nuestras sociedades. Los Estados latinoamericanos suelen ser ejemplos inmejorables de la definición ofrecida por el Comité Invisible en su reciente escrito, A nuestros amigos: “…quizá no sea en el fondo, como adelantó un antropólogo, otra cosa que un sistema de fidelidades personales. El Estado es esa mafia que ha vencido a todas las demás, ganando a cambio el derecho de tratarlas como criminales”.

En el caso de México, es claro cómo incluso los presuntos delitos más flagrantes cometidos por la camarilla en el poder, sus familiares, amigos o asociados, quedan impunes invariablemente. Si no fuera patético, sería divertido enorgullecernos de ser el país que inventó el truco de nombrar a un amigo para investigar un presunto delito y después, ¡oh sorpresa!, ser declarados inocentes. El Partido Verde Ecologista, Javier Duarte y una larga lista de etcéteras muestran que la ley se acomoda a los intereses de quienes nos gobiernan.

En el caso de la reciente destitución de Dilma Rousseff en Brasil, amparada en un dudoso proceso legislativo, basta considerar algunos datos para comprender que lo legal no tiene absolutamente nada que ver con lo que es, en efecto, un cuasi golpe de Estado: en los barrios acomodados de Sao Paulo, la gente salió a las calles a festejar con fuegos artificiales; todas las notas coinciden en que los mercados han “acogido bien” a Michel Temer; no hay una sola mujer en su gabinete, que en cambio incluye como ministro de Justicia al secretario de Seguridad de Sao Paulo, famoso por sus políticas de violenta represión, y a un millonario productor de soja; y, last but not least, uno de los primeros dignatarios en felicitarlo fue Mauricio Macri, quien en los primeros meses de su gobierno incrementó en 1.4 millones de personas la cifra de pobreza en Argentina (consecuencias del “primer periodo de sacrificios”, como lo llamó Mario Vargas Llosa en la entrevista propagandística que le realizó Macri en Facebook. Quizá le faltó añadir que en el fondo lo merecen, por no haber tenido la previsión de enviar su dinero a compañías offshore en paraísos fiscales).

No hace falta ninguna teoría de la conspiración para comprender que la destitución de Dilma forma parte de una estrategia política específica, que seguramente traerá también en Brasil un “primer periodo de sacrificios”, donde millones de personas volverán a la pobreza, habrá recortes en programas sociales, bestiales alzas en las tarifas de servicios públicos, y un fenómeno indudable: incluso si, pasada la amarga medicina, se retoma el crecimiento, la concentración de la riqueza y los índices de desigualdad, al igual que en Argentina, volverán a incrementarse. Ojalá que pasaran un poco más rápido los próximos 300 años…