Una prosa, la prosa

La “Reseña metropolitana” es un ejemplo más de los numerosos escritos prosísticos de Huerta en que la forma fragmentaria funciona como recurso eficaz para armonizar la reseña crítica.
Carlos
(Cortesía)

Ciudad de México

Tres rasgos perfectamente distintivos de la escritura en prosa de Efraín Huerta (y sin problema podríamos decir que distintivos también de su personalidad) se unen en el texto que aquí presentamos: la intervención vigorosa en las discusiones de la hora; la estrecha y frecuente unión del propósito crítico y de la expansión autobiográfica; y su gusto por la práctica del apunte rápido y del comentario heterogéneo, desarrollados en su caso por medio de los géneros de la revista y de la crestomatía.

Aparecido en el Diario del Sureste, de Mérida, el 27 de abril de 1937 (no se había vuelto a publicar), “Reseña metropolitana” es una entre las centenares de posibles puertas de entrada al conocimiento y disfrute de la zona escondida de una obra que erróneamente suponíamos conocer en su integridad, atribuyéndole tan solo la gozosa oportunidad de la relectura, cuando de golpe nos vino a recordar que de ella no hemos leído ni la mitad, si la consideramos más allá de los géneros.

Antes que a la lamentación por el retraso, la puesta en circulación que este año se hará de más de mil páginas de la escritura prosística de Efraín Huerta nos conduce más bien a la avidez lectora, a la promesa del placer y a la afinación de los sentidos críticos (al ser predecible que no todo lo que surja hoy y se rescate luego tendrá la misma calidad). Esa suma prevista tomará forma en diferentes propuestas editoriales: El otro Efraín. Antología prosística (FCE), con selección y prólogo míos; Canción del alba (La Rana–Universidad de Guanajuato, 2014) y Efraín Huerta en El Gallo Ilustrado (Planeta, 2014), ambas seleccionadas por Raquel Huerta–Nava.

Una cosa sí puede anticiparse y se verifica en “Reseña metropolitana”: los artículos políticos y literarios, las crónicas urbanas, los textos de cine, los prólogos, y hasta las entrevistas y los apuntes privados de Efraín Huerta que hasta hace poco comenzaron a rescatarse, y que a partir del centenario se volverán más y más accesibles, son completamente consistentes con su poesía: revelan al mismo personaje, la misma actitud moral, la misma agudeza y humor. Incluso más: nos ayudan a leerla y a ponerla en contexto, sin por ello dejar de ser escritos que se leen con gozo e interés autónomo.

Por lo que hace a la intervención que desde su actividad periodística tuvo Efraín Huerta en las discusiones de más apremiante actualidad, el texto que se presenta incurre por lo menos en dos asuntos cruciales. Como telón de fondo, el primero es el de la guerra civil española, todavía sin atisbos en ese momento sobre el ominoso desenlace que tendría a favor del bando franquista, lo que daba lugar a la creencia sobre la necesidad y la urgencia de intervenir para frenar o cuando menos atenuar sus horrores. Era esa la razón por la que Nicolás Guillén estaba en México. Según lo documentó Guillermo Sheridan, Guillén llegó al país en enero de 1937, invitado por la LEAR (en cuyo salón dicta la conferencia que el texto señala, y a cuyas filas informa Huerta que pertenece “desde la semana anterior”) para participar en el Congreso Mexicano de Escritores y Artistas Revolucionarios, celebrado del 17 al 24 de enero en un nuevecito Palacio de Bellas Artes (se había inaugurado menos de tres años antes). El cubano permaneció aquí los meses que mediaron entre esos días y la consumación del segundo acontecimiento al que Huerta alude en su “reseña”: el viaje que desde México emprenderían Juan Marinello, Carlos Pellicer, Octavio Paz, José Mancisidor, Elena Garro, José Chávez Morado, Fernando Gamboa, Juan de la Cabada, Gabriel Lucio y el propio Guillén al mítico (imposible no llamarlo así) Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se realizó del 4 al 11 de julio de ese año en Valencia, con extensiones a Barcelona y Madrid (que estaba sitiada casi en su totalidad). Como él mismo lo contaría después y lo dejan ver sus artículos de la época, Huerta deseó con todas sus ganas ir a ese congreso. Todavía un mes antes estaba en la lista de los “apoyados” por la LEAR, pero al fin fue excluido, según su interpretación porque él no era aún muy conocido y se buscaba la presencia en España de una figura joven representativa, y ésa fue la de Paz. En abril ya tenía la ilusión de ese viaje y por eso dice, noble: “Mi mejor deseo es que se le cumpla (a Guillén) su intento de marcharse a España”.

Por otro lado, debajo de la apariencia anecdótica que le otorga su carácter primario de crónica urbana, “Reseña metropolitana” es también un texto no demasiado velado de crítica y, sobre todo, de política literaria. Sin desperdiciar ninguno de los párrafos que forman el escrito, Huerta desgrana juicios sobre los poemas que le gustan y sobre el tipo de poesía que le parece apropiado practicar y a la que se adhiere. Así, alaba por supuesto la obra de Guillén; revela a través de una frase de éste su aprecio por la parte séptima del West Indies Limited; reafirma su postura de respeto por la obra de “el viejo maestro” Enrique González Martínez; destaca entre los escritos poéticos hasta entonces conocidos de Octavio Paz sus sonetos (que en otro escrito pone al lado de los de Carlos Pellicer) y el “poema perfecto” “¡No pasarán!”, el cual el mismo Huerta había reseñado semanas atrás con estas palabras, en la sección de “Libros recibidos” del número III de Taller Poético (de marzo de 1937): “Paz —poeta serio y consciente, como ningún otro— ha dado a la poesía mexicana el primer documento valioso y digno; ha puesto en las manos de los críticos suspicaces algo que les quema las manos; ha entregado al pueblo de México y al de España el medio más efectivo de comunión y entendimiento. Ha creado una auténtica poesía de ilimitadas perspectivas”.

Y, claro, en la misma oportunidad, al referirse al “reseco poeta” Xavier Villaurrutia, Huerta reanuda su disputa con Contemporáneos, situada en esos días en su punto más tenso, como lo muestran otros artículos de semanas previas y posteriores publicados en El Nacional y el mismo Diario del Sureste (búsquese, sobre todo, “Por una poesía de la juventud”, del 9 de marzo; “Carta lírica a Paz, Cortés y Novaro”, del 12 de abril, y “Las cosas turbias”, del 23 de mayo, el primero y el tercero incluidos en El otro Efraín). La citada disputa, y sobre todo la crítica severa a la obra de Villaurrutia, pronto se atenuarían. En “Las cosas turbias” ya dictamina Huerta que “la última plaquette de X.V. se salva, bien que difícilmente” (se refiere a Nocturno mar). En septiembre de 1939, al reseñar el cuarto número de Taller (no confundir con Taller Poético, que terminó su recorrido en junio de 1938), escribe que “dedicado a la Poesía, es de todos los números el que más maduros frutos recoge”, sustanciando su valoración con este apunte: “Villaurrutia dio un bellísimo poema, ‘Amor condusse noi ad una morte’, del que tomamos estos fragmentos, que hablan por sí solos”. Al fin, muerto Villaurrutia, Huerta se creó la costumbre de llevar flores a su tumba en el Tepeyac cada 25 de diciembre.

En cuanto a sus comentarios derogatorios sobre la línea editorial de Taller Poético y de Letras de México —a las que critica, respectivamente, por la peligrosa “democracia” que permite la inclusión de escritores que juzga insustanciales (los citados Gabriel Mercado y Neftalí Beltrán, más otros olvidados con justicia como Carlos Mata, Anselmo Mena, Manuel Lerín y etcétera), y por su falta de compromiso político (“se ven los toros desde la barrera”)—, se trata de desplantes provocadores. La prueba: Huerta publicó versos y reseñas en los cuatro únicos números, mientras que a la segunda le entregó poemas importantes (“La amante”, en 1940, y “Problema del alma”, en 1942) y una reseña extensa sobre Alberto Quintero Álvarez, recibiendo en sus páginas comentarios elogiosísimos sobre su propia producción (fue ahí donde José Luis Martínez dijo de Huerta que es “es quizás un pariente no del todo lejano de Rimbaud”).

Finalmente, “Reseña metropolitana” es un ejemplo más de los numerosos escritos prosísticos de Huerta en que la forma fragmentaria funciona como recurso eficaz para armonizar la reseña crítica, el comentario punzante, el anuncio de novedades y el comentario autobiográfico, práctica de la que más tarde serían ejemplo brillantísimo sus “Columnas del Periquillo”, “El Periquillo en su balcón” y la célebre “Libros y antilibros”.