Un muro es la negación de una frontera: Régis Debray

Entrevista
Debray considera que “hay que ser un poco marxista para entender el mundo”
Debray considera que “hay que ser un poco marxista para entender el mundo” (Carlos Rubio Rosell)

Madrid

Con un punto de vista novedoso y polémico, el escritor y filósofo francés Régis Debray aborda en su más reciente libro, Elogio de las fronteras (Gedisa, Barcelona, 2016), la separación entre naciones. “La frontera es —dice— civilización y a la vez puente, aunque a veces se cierre”. Pero lo que no se puede hacer con las fronteras bajo ningún concepto, asegura, “es levantar muros”. En ese sentido, proyectos e ideas como los de Donald Trump —a quien califica como “un imperialista clásico sin vergüenza”— de alzar un muro entre México y Estados Unidos “niegan la frontera y abogan por la supresión de las soberanías”.

A Trump, expresa Debray en entrevista con Laberinto, en una amplia aula del Instituto Francés de España a donde nos encontramos para hablar de su libro, “hay que enseñarle las reglas del juego civilizado y contestarle que la frontera es lo contrario de un muro. El muro es un paso prohibido. La frontera es un paso regulado y controlado; pero es un pasaje, se puede ir y volver. La frontera es el reconocimiento de una soberanía: yo soy soberano, usted es soberano; reconozco su soberanía y tiene que reconocer mi soberanía. Una frontera está controlada por ambos lados. Si no, es un muro. Y un muro es la negación de una frontera. Los mexicanos tienen que abogar contra el muro y por la frontera”.

Debray es explícito y vehemente cuando habla de este tema. “Los imperios no quieren fronteras”, sostiene con mirada chispeante, mientras sus ojos de un azul acero miran con firmeza. “Los imperios quieren estar en su casa en cualquier lado del mundo. Los imperios, como el capital financiero y el fanatismo religioso, niegan la frontera porque no reconocen lo otro, lo ajeno; son soberbios y tienen orgullo imperial. Reconocer la frontera es reconocer que el otro tiene derecho a existir como otro. Por eso la civilización es autolimitación y no impone límites al otro. Lo que hacen los imperios es extraterritorializar sus propias leyes. Por ejemplo, cuando castigan a un país por no reconocer un bloqueo económico”.

El ámbito de las fronteras le ha permitido a Debray —una de las figuras clave del pensamiento postmarxista de la segunda mitad del siglo XX, nacido en 1940 y discípulo de Louis Althusser— reflexionar sobre el alcance de la libertad. “De puente que son las fronteras, cuando se convierten en puertas cerradas estamos ante una frontera salvaje. Por esa razón he querido enderezar una serie de conceptos que creo estaban pensados de forma confusa en esta época de globalización. La frontera ha sido muy calumniada, aunque con cierta razón, porque la frontera puede ser un factor bélico, de nacionalismo, de superioridad de una nación sobre otra. Y así lo hemos visto en los últimos decenios. Pero creo que hay otra visión posible de la frontera que hay que reivindicar, porque la frontera es, en última instancia, la igualdad. En la frontera prevalece el respeto mutuo. Esta puede ser una interpretación optimista, pero es real. Y por supuesto puede haber otros usos de la frontera, porque se trata de un ser ambiguo: es a la vez puente y puerta. Y a veces, como ocurre hoy en Europa, es una puerta cerrada. Quizá habría que considerar ambas cosas. Pero tener una puerta no está mal, porque uno en casa tiene puerta para separarla de la calle y evitar también la ley del más fuerte. Yo abogo por las puertas entreabiertas. En ese sentido, la ética de las fronteras pasa por afirmar que una puerta cerrada no es frontera”.

Eso es justamente lo que reprocha Debray a Europa: que haya cerrado sus puertas “de una forma bastante vergonzosa. Alemania, por razones propias, empezó por abrir totalmente la puerta; pero hay tanta gente que llega y causa tantos disturbios, que la señora Merkel ha cerrado la puerta, y la negociación es cómo se va a entreabrir la puerta para la gente que está pidiendo asilo político. Hay que buscar un arte de la puerta, de la separación y la unión, un arte delicado, pues no se puede coexistir de otra forma, porque la frontera es una forma de coexistir, un medio que hemos encontrado para coexistir más o menos en paz”.

La cuestión de por qué se exacerban los ánimos en las fronteras, como ocurre entre palestinos e israelíes, se debe a que ahí hay, señala Debray, “una confrontación entre dos mentalidades, dos lenguajes, dos memorias, y esta fricción exacerba las identidades. Yo digo que el fundamentalismo religioso es una enfermedad de la piel, en el sentido de que el mestizaje exacerba los tradicionalismos. Y ese es un fenómeno antropológico, algo que se ve en los campos de inmigrantes del norte de Francia, donde asistimos a peleas terribles entre afganos y sirios, entre comunidades culturales, que encontrándose arrinconadas en un mismo campo no pueden soportarse. En Birmania ocurre la misma cuestión entre budistas y musulmanes. Así que entre el monoculturalismo, que es tribal, y el multiculturalismo que no tiene un Estado central para repartir derechos y deberes, puede haber una lucha de todos contra todos, y ahí la frontera puede ser una especie de fórmula intermedia de curación, aunque por supuesto la frontera puede propiciar los guetos”.

Debray lleva reflexionando sobre las fronteras desde que los palestinos le hicieron comprender que anhelaban una frontera. “Para un internacionalista como yo, anhelar una frontera era algo absurdo, era anhelar un cierre, un aislamiento. Pero me hicieron ver que para ellos la frontera sería su liberación, porque iban a estar en su casa sin que un israelí pudiera entrar en cualquier momento del día o de la noche a arrestarlos. Hoy tienen un muro porque no tienen frontera. Así que el problema israelí-palestino es saber qué frontera quieren los israelíes. Que lo digan de una vez. El problema del sionismo es que nunca habla de fronteras, y cree que Israel puede colonizar y expandirse de forma ilimitada. Y una expansión ilimitada crea una resistencia también ilimitada. Vi entonces que la frontera podía ser una llave de la paz”.

Era, no obstante, un momento en que el discurso de la globalización crecía en todo el mundo, algo que para Debray hay que atajar. Autor de un considerable corpus analítico, entre el cual destacan Revolución en la revolución, Crítica a la razón política o El Estado seductor, las revoluciones mediológicas del poder, Debray piensa que hay “un círculo vicioso entre globalización capitalista, por un lado, y territorialización nacionalista por otro; es decir, la globalización como balcanización: la globalización tecno-económica, con las mismas normas estándar, y por otro lado, una desculturización, la vuelta a una cultura más o menos fantasmática de los orígenes, del Islam del siglo VII, como rechazo a este no man’s land identitario. Y eso puede ser una especie de círculo vicioso que crece: de un lado el supermercado y del otro la tribu. Y el supermercado crea reflejos tribales. Yo me reclamo como patriota republicano, que aboga por una comunidad de derechos y leyes; una nación cívica, no étnica”.

¿Y qué ocurre con los países islámicos? Debray medita y responde: “La globalización es una americanización; pero puede ser que haya países islámicos que se adueñan de las normas dominantes para sacarles provecho y, como ocurre con los préstamos, inventar unos métodos que respetan formalmente al Corán. La globalización es reversible y el fundamentalismo islámico pone las técnicas de los dominantes en su contra. Finalmente, ¿de dónde salen los integristas religiosos? Salen de las universidades científicas y de los institutos tecnológicos. Ese es un fenómeno que me ha llamado la atención desde hace cuarenta años, cuando estaba en Argelia y Túnez, y veía que los religiosos eran científicos y los progresistas o laicos eran los letrados. ¿Por qué? Porque las normas, los métodos de pensamiento que uno aprende en las escuelas científicas son tan universales que quitan un poco la identidad y crean un vacío simbólico, afectivo y existencial, que uno colma volviendo a su religión o a sus antepasados. Pero este no es un fenómeno específico del Islam; ocurre también con los fundamentalistas cristianos. Francia no es un país especialmente retrasado, pero tiene a Le Pen”.

En ese contexto, el papel de la cultura, subraya Debray, “es proteger las fronteras. Una lengua es una frontera; pero una frontera lingüística debe admitir que existen otras palabras y modernizarse, integrar otros nombres y palabras. Renunciar a mi lengua es renunciar a mi frontera; es dejarme invadir por el otro; es frustrarme y, al final, me voy a enfadar y voy a usar la violencia sobre quien me impone su lengua y sus productos culturales. Tratemos de buscar otros medios de contracultura, que la contracultura no sea salvaje”.

Debray considera que “hay que ser un poco marxista para entender el mundo”. Al respecto, explica que, “para decirlo muy esquemáticamente, la falta del marxismo es no haber tomado en serio la cultura. Sin embargo, debemos tomar en serio al marxismo, porque en materia económica tiene aportes. Con su visión no solo materialista sino también dialéctica, que es paradójica, puede ayudarnos en el análisis de la actualidad. Pero, como digo, el problema del marxismo es no haber tomado en serio la religión, el idioma, las identidades culturales, las costumbres. Creo que se pueden compatibilizar ambas cosas: una visión del mundo que no reniegue del marxismo, que entienda que es necesario pero insuficiente. Yo escribí una ópera sobre Walter Benjamin, quien quería reconciliar el marxismo económico con la tradición cultural. Benjamin era un hombre paradójico, porque era un progresista conservador, un poco como Pasolini en Italia, como George Orwell en Gran Bretaña, hombres que no escupían sobre el pasado y reconocían el deber de asumir cierta tradición, pero poniéndose del lado de los oprimidos, de los más débiles. Para salvar la idea revolucionaria hay que injertar algunos puntos de tradición”.

Por último, Debray, quien fuera amigo de Fidel Castro, Françoise Miterrand, Salvador Allende y el Che Guevara (con quien combatió en Bolivia y por cuya captura llegaron a acusarlo de haberlo traicionado), recuerda su simpatía por el movimiento zapatista en Chiapas y su amistad con el subcomandante Marcos: “Espero que el subcomandante dé noticias. Espero alguna vez recibir una carta suya”. Y sonríe.