Un fantasma recorre la escritura...

Para profesionalizar la corrección de estilo, Miguel Ángel Guzmán elaboró los programas y coordina curso-talleres, diplomados y especializaciones editoriales para quienes se adentran en el oficio.
El corrector de estilo coloca aquello que no está en su lugar.
El corrector de estilo coloca aquello que no está en su lugar. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Entre el lector y el escritor, un fantasma recorre Lo Escrito, la Escritura: el fantasma del editor (o corrector de estilo). Lectores hay que se maravillan ante la Obra del Escritor, a quien se denomina también Creador a través de la Narrativa: la “experiencia completamente transformada”, definición del novelista Evelyn Waugh y rescatada por el escritor inglés  V.S. Naipul en Leer y escribir. Una versión personal, Ed. Debate, 2002.

Alguien pregunta: ¿Ahora a qué te dedicas? Soy corrector de estilo. ¿Y eso qué es? Es como lavar ajeno: dejas rechinando de limpias prendas que otros habrán de lucir, porque de ellos son. Al corrector de estilo, ese fantasma que recorre la Escritura de la especialidad que sea y que aspire a integrarse a un producto llamado libro, revista, periódico, página de internet, blog, espectacular, díptico, tríptico, lo delinea Miguel Ángel Guzmán, editor y diseñador gráfico desde 1969, formado en el equipo editorial de la ya mítica Colección SEP/Setentas:

“Es intermediario de intermediario. Porque entre el autor y el lector hay un editor, que puede o no desempeñar funciones de corrector. Si no las ejecuta él, pasa el texto al corrector de estilo o de originales. Ambos ejercen funciones distintas en la producción editorial.

“El corrector de estilo pondrá, en lenguaje apropiado para el lector, el texto del autor, conforme a lo establecido en el Manual de estilo de la casa editora. Quizá el autor no tuvo la capacidad o la necesidad de escribir para su lector; es bastante natural: cuando escribe considera que todo está clarísimo, y quizá no es así para el lector. El corrector suele ser también traductor; ¡¿cómo?!, diría alguien con escándalo. Sí, porque la obra está en spanglish. O en bárbaro. Y lo traduce al español, es un adaptador de la obra del autor, su lector crítico, quien interviene el texto para que sea el mejor posible”.

Miguel Ángel cursó lengua y literaturas hispánicas en Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente “es miembro del grupo técnico de expertos en la función editorial que, a través del Consejo Nacional de Normalización y Certificación de Competencias Laborales (Conocer) de la SEP y la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, elaboran los conceptos, diagnósticos y reactivos para certificar a partir de 2016 a correctores de estilo y de pruebas”. Considera que detrás de un gran escritor, hay un gran editor. Y recuerda a grandes figuras de las letras mexicanas: Juan Rulfo, Alí Chumacero, Juan José Arreola, y la novela Pedro Páramo. Cuenta la leyenda urbana que entre todos aportaron lo necesario para que el texto de Rulfo sea el prodigio que muchos consideran. Quizá la postura de Alí Chumacero sintetiza la de los demás: “Juan Rulfo era un gran escritor. Mucho se dijo que yo había intervenido en el éxito de su novela Pedro Páramo, la verdad es que no es cierto. La novela estaba estupendamente escrita, tan es así que solo le hice la corrección a dos palabras, de las cuales Rulfo solo me aceptó una. Lo que sí le quité fueron las comas, que Rulfo ponía como si le estuviera echando maíz a las gallinas, además de algunos guiones de diálogos que no estaban en su lugar.” (La Crónica, México, México, 11 de julio de 2006.)

El corrector de estilo coloca aquello que no está en su lugar. No solo en textos literarios. Guzmán considera que su presencia es vital para la publicación de libros técnicos, científicos, manuales, guiones de audio y video, sitios de internet. “Al autor siempre debe tomarlo en cuenta el corrector: él es quien habla al lector y el corrector sirve de enlace para una mejor comunicación”.

Miguel Ángel recuerda que así como los traductores, los correctores de estilo deben gozar derechos morales por su trabajo, como la mención de su nombre en la obra. En casos extremos son coautores, por la cantidad de correcciones aplicadas para la mejor comprensión de lo que el autor intenta expresar.

Vale la pena, pues, pedir también para los correctores de estilo lo que se pide para los traductores: “Fundamentalmente, dos cosas: en primer lugar, la consideración debida a quien profesa con decoro un arte noble y difícil y, como secuela natural de esa consideración y estima, una remuneración digna de su trabajo. En España, lamentablemente, no suele concederse gran aprecio (a este) arte”. (Valentín García Yebra, de la Real Academia: Los derechos de los traductores, Diario ABC, España.)

Para profesionalizar este arte que es la corrección de estilo, Miguel Ángel Guzmán concibió, elaboró los programas y coordina los curso-talleres, diplomados y especializaciones editoriales que desde Versal, empresa de la que es fundador, impulsa para quienes se adentran en el oficio, porque:

—Figuras como la del corrector de estilo y el de originales son muy desconocidas. Cuando hablo de ellos me gusta hacer un símil entre Dios, el paciente y el médico. Cuando la obra sale bien, limpia, sin tropiezos, sin erratas, el lector dirá: qué buen autor tiene esta casa editorial. En la relación del paciente y el médico sabemos que, si el paciente se salva, fue gracias a Dios, y si muere es culpa del médico.

“El de corrector es un oficio muy desconocido. A Juan José Arreola todo mundo lo conoce como un escritor excelso, que pulía sus trabajos; pocos saben que era tan buen escritor como editor. Efraín Huerta fue editor, poeta y periodista. Alí Chumacero, también. Pienso que detrás de todo gran escritor hay un gran editor. Pueden ser muy eficiente mancuerna la del buen escritor y el buen editor. Rulfo purgaba y pulía y pulía hasta lograr la esencia. Arreola ayudó muchísimo. Rulfo le tenía enorme confianza. Es muy sano que un escritor tenga como lector a gente de su mayor confianza. Antes de entrar a producción.

“Arreola aconsejaba: escribe como romántico, deja las convenciones, suelta la imaginación. Luego deja dormir un poquito el texto, retómalo, púlelo, enfréntalo como a tu peor enemigo y logra un clásico. Además, que lo revise aquél en quien más confíes como editor.

—Recuerdo al escritor Raymond Carver y su relación con el editor Gordon Lish, que podaba sus textos hasta lograr el minimalismo carveriano... A Hemingway: recomendaba contar con un detector de mierda para aplicarlo a lo que se escribe.

—Hay autores que son exuberantes y también telegráficos. En el periodismo, el colaborador suele manejar el artículo y de ahí arribar al ensayo. El medio obliga. Puedes entregar una versión condensada y en el ensayo argumentas, brindas parámetros, relacionas un hecho con otro, y convences; en la versión condensada delineas principios. Un buen periodista aborda ambos textos sin mayor problema. Aun así, en la casa editorial debe existir un corrector que ajuste los materiales al perfil de lector, a sus necesidades.

Miguel Ángel nos debe los volúmenes en los que abordará su Arquitectura editorial, obra en la que resumiría “lo que en 24 o 26 años he expuesto: planeación, gerencia, mercado, producción editorial, redacción, cuidado editorial, tipografía y diseño. Si no, cuando menos debo elaborar lo que ya me sugirieron titular Los 135 pecados capitales, que muchos manuales y tratados sobre tipografía y trabajo editorial y de imprenta no abordan, ni en las escuelas. Pero el tiempo dirá.”

*Escritor. Cronista de "Neza".