Un encuentro*

Camino por Reforma con un libro en mis manos de Efraín Huerta: Transa poética, de Ediciones Era. Acabo de llegar a México por primera vez y es el primer libro que he comprado. 
Indio
(Cortesía)

Ciudad de México

Principios de diciembre de 1981. Camino por Reforma con un libro en mis manos de Efraín Huerta: Transa poética, de Ediciones Era. Acabo de llegar a México por primera vez y es el primer libro que he comprado. Durante varios días lo he llevado conmigo, lo leo a ratos, en una banqueta después de comer; en la antesala de un cine, en la noche, en la vigilia perezosa antes del sueño. Lo devoro con fascinación, pero lentamente, sin prisa. “Creo que cada poema es un mundo. Un mundo y aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar los totalmente indocumentados, los huecos, los desapasionados, los censores, los líricamente desmadrados” enuncia el poeta al comienzo de su antología. Cada poema es un mundo y este libro lo testimonia, lo ratifica. Cuarenta poemas diseminados a lo largo de veinte años, cada uno llevando su trozo de mundo y de vida, y también su totalidad.

Tras una primera lectura atenta me parece percibir que en poemas como “La muchacha ebria”, “La noche de la perversión”, “Este es un amor”, se aborda peculiarmente el abandono y el desamor de algo que nos da la “impresión” de estar sucediendo siempre: el calor fugitivo de los otros seres, el desarraigo del instante, la incapacidad definitiva de apresar lo que está siendo. “Sílabas por el maxilar de Franz Kafka”, “Responso por un poeta descuartizado”, “Manifiesto nalgaísta”, “Borrador para un testamento” y “Barbas para desatar la lujuria” son poemas que abren toda una brecha, una ruptura, caminos emergentes todavía inexplorados —y aún despreciados— por cierta poesía mexicana demasiado formal y acartonada.

Hay poesía de amor en el libro, de amor explosivo y humor chispeante, lenguaje desmedido para expresar y cantar un mundo igualmente desmedido. Y es que esa palabra amor, tan trillada y manoseada, tan mentada y poco cumplida, se vuelve raíz y hoja, planta y cementera, a lo largo del libro: amor–mujer, amor–cuerpo, amor–golpe, amor–sombras, amor–grito, amor–llanto: “¿Amar golpeadamente,/ húmedamente, a puño limpio,/ como a alma limpia,/ a la hora de las albas/ y de los precipicios?/ Nada se sabe aún,/ amorosamente,/ acerca del amor”.

Como estoy realizando una serie de entrevistas con escritores en México que serán publicadas en suplementos culturales de Colombia y Costa Rica, la lectura de los poemas de Huerta me empuja a indagar sus coordenadas y buscarlo. Alguien se apiadó de mi inquietud y me consiguió el número telefónico del poeta: “Lo espero a la una en punto. Soy persona muy ocupada. El otro día un joven escritor cubano quedó de llegar a las dos y se apareció a las cuatro. ¡Coño! (el poeta usa frecuente y extrañamente esta expresión). Después dijo que México era una ciudad monstruosa” —al otro lado del auricular la voz de Efraín Huerta suena difícil, lenta, distante.

A la una en punto del día siguiente estuve en la esquina de las calles Lope de Vega y Campos Elíseos, donde vive el poeta, en un segundo piso, muy cerca del bosque de Chapultepec. Lo acompañaba su esposa, la también escritora Thelma Nava. El poeta lucía una bata de escocés a cuadros rojos, piyama rayado y pantuflas, y entre silencios me hizo seguir al estudio. Libros por todas partes: en los estantes, en el suelo, en la mesa y los asientos. Cuadros. Pinturas. Una hermosa foto, inmensa, de Efraín Huerta y su mujer mirándose frente a frente. Un paisaje gris en las profundidades. Más allá, al fondo del salón, fotos de Fidel y el Che. En la máquina de escribir, sobre la mesa, una cuartilla inconclusa espera. El poeta se acerca, se instala en un sillón y me dice con gran esfuerzo: “No me gustan las entrevistas, todas son lo mismo o sobre lo mismo. Me han hecho muchas y todas dan la impresión de que fueran iguales”. Me hace señas de que no prenda la grabadora que se balancea en mis manos.

Hay una pausa. Luego las palabras lentas del poeta. Habla de la década de los treinta, cuando hace su aparición en México un grupo de jóvenes escritores excelentes como Pellicer, Villaurrutia, José Gorostiza, Octavio Paz y muchos otros. De pronto me habla de su amigo Rafael Alberti: “Nos conocimos cuando él vino a México en 1935”. Se inclina un poco y agrega: “Han debido darle el Premio Cervantes, a él o a Juan Rulfo, Octavio para qué necesita ese dinero”. Hace silencio otra vez. Piensa. Se levanta hacia un estante con libros y al minuto regresa con uno entre sus manos: “Es el último que me envió Rafael Alberti”. Yo lo tomo, lo abro ávidamente, se trata de Fustigada luz, editado por Seix Barral en 1980. En la tercera página se lee una dedicatoria desordenada, y un minuto flaco y largo dibujado por Alberti: “Para el recordado Efraín, ya que no tuve la oportunidad de abrazarlo, Alberti, septiembre de 1981”. “Cada vez que voy a España a Alberti le da por irse a París y por eso no nos vemos” —musita Huerta a duras penas.

Hay otra pausa, esta vez de cansancio. Toma una pomada de la mesita y se la aplica alrededor del cuello: “Me operaron dos veces en 1973, me extirparon un tumor que tenía, pero me fatigo mucho, sobre todo cuando tengo que hablar largamente”. Le pregunto que qué piensa de los escritores jóvenes. No me contesta, se levanta de nuevo y casi al instante trae la revista Bohemia de Cuba, en la que le han dedicado un reportaje gráfico de su última visita a La Habana a comienzos de noviembre. Al abrir la revista cae una fotografía al suelo. En ella un anciano con gorra casi blanca y en camisa conversa con otro menos anciano: el nicaragüense José Coronel Urtecho le hace alguna broma a Efraín Huerta, porque ambos sonríen. Al fondo un paisaje incierto. Mientras levanto la fotografía, el poeta me interroga: “¿No ha leído a Coronel Urtecho?, hay que leerlo, es buenísimo”.

De nuevo pausa. Efraín Huerta toma otro libro, lo hojea cuidadosamente, “por acá hay un error”, lo busca, lo pesca, lo corrige. Luego escribe una dedicatoria y me lo entrega: son sus Textos profanos, especie de ensayos y muestras de su trabajo periodístico de diferentes años. “Ahí hay unos sonetos que Neruda escribió ‘contra’ un político tristemente célebre de su país (se refiere al mío, Colombia): Laureano Gómez. Cuando Pablo visitó Colombia en 1943, Laureano Gómez escribió un ataque en verso contra él en su diario El Siglo, bajo el título ‘En el tumor, la aguja’. Estos ataques merecieron una respuesta fulminante de Neruda, quien escribió tres sonetos como tres bofetadas, ‘En la soberbia, la espina: tres sonetos punitivos para Laureano Gómez’, publicados en el diario El Tiempo, de Bogotá. Pocos años más tarde, ¡oh! nuestra América Latina, Laureano llegó a la presidencia de su país. No pasó nada. Tal vez alguien lo derrocó”.

Al decir lo último, el poeta me da un leve golpe en las piernas “Bueno, me espera mucho trabajo, llámeme para darle algunos libros míos”. Me levanto y le ayudo a levantarse. Me despido y salgo a la calle. El sol cae pleno sobre las avenidas de la Ciudad de México. Efraín Huerta, uno de los mayores poetas de México, a sus 67 años, es un hombre afable, jovial, y al mismo tiempo reflexivo, con un sentido del trabajo riguroso, que aún mantiene vivos signos de rebeldía y rechazo a lo convencional. Crea intensamente: artículos periodísticos, comentarios de libros, poemas. Es un poeta que, a pesar de las agudas adversidades de salud, sigue en lo suyo: escribir.

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*Publicado originalmente en los periódicos Vanguardia Liberal (Colombia) y el Semanario de la Universidad de San José de Costa Rica, en febrero de 1982.