[El Santo Oficio] Umberto Eco y el derecho a la tristeza

Umberto Eco fue un lector imaginativo y obstinado, un pensador atento a todo, incluso a sucesos en apariencia insignificantes.
Umberto Eco murió el pasado 19 de febrero.
Umberto Eco murió el pasado 19 de febrero. (AP)

Ciudad de México

La muerte de Umberto Eco el pasado viernes 19 hundió al cartujo en la tristeza y el atarantamiento. No era para menos, ningún autor está tan ligado a su vida universitaria como el viejo maestro, de quien siempre envidió —pecado capital— su erudición, pero sobre todo su increíble sentido del humor.

Comenzó a leerlo a mediados de los setenta, y al iniciar la siguiente década, cuando aún albergaba la ilusión de una existencia apacible entre los muros de la academia, aceptó la invitación de Leobardo Cornejo Murga, alumno de Eco en la Universidad de Bolonia, para participar en la edición de los Cuadernos de Semiótica, título hiperbólico para unos folletos donde publicaban traducciones de estudiosos de “la cultura como comunicación”, entre ellos, por supuesto, el autor de La estructura ausente y Tratado de semiótica general, quien acababa de debutar exitosamente como novelista con El nombre de la rosa.

Por Leobardo, el monje supo de sus cualidades como docente y de su incurable curiosidad, de su gusto por el whisky, la conversación extendida, los viajes, la música, las historietas. Recientemente, el pintor Fernando Leal Audirac, esposo de Manuela Melato, ayudante de Eco, como recuerda Juan Cruz en la elegía publicada en El País, le habló de la risa y las ocurrencias del semiólogo italiano, siempre dispuesto a escuchar a sus interlocutores y enemigo de los eternos monólogos de quienes se creen el ombligo del mundo.

Umberto Eco fue un lector imaginativo y obstinado, un pensador atento a todo, incluso a sucesos en apariencia insignificantes. Como él mismo dijo con relación a Homero: “entendió que el corazón del mundo no se había quedado inmóvil en un tabernáculo custodiado por los sacerdotes del saber, comprendió que era nómada, capaz de moverse hacia los lugares más absurdos, de esconderse en el detalle, de expandirse en arcos de tiempo colosales, de frecuentar cualquier belleza, de latir dentro de un contenedor de basura y de desaparecer cuando le venía en gana”.

Con Eco, gracias a él, el cofrade reivindicó antiguos entusiasmos: los cuentos —ahora llamados cómics—, la música popular, las enumeraciones, las películas románticas y de aventuras, las novelas folletinescas, tan despreciadas por los lectores de gesto grave y acento doctoral.

Con Apocalípticos e integrados, pero también con El superhombre de masas, El vértigo de las listas, Historia de los lugares legendarios, con muchos otros de sus libros y, por supuesto, con sus artículos periodísticos, Eco le mostró sin petulancia el camino de una erudición aliada a una profunda alegría y un gran interés por los problemas de su tiempo: los cambios tecnológicos, las crisis de los partidos políticos y de las ideologías, el terrorismo, la educación, la globalización, el “individualismo desenfrenado” y tantos más abordados con profunda amenidad por quien se consideraba filósofo de lunes a viernes y novelista de sábados y domingos.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.