Última en acostarse, primera en levantarse

Dizque me llaman“trabajadora doméstica”. La verdad y porque una labora en la servidumbre, lo correcto es "sirvienta". ¡No paramos con el quehacer: desde que Dios amanece, hasta que anochece! Son ...
Última en acostarse,  primera en levantarse 1
(Luis M.Morales)

México

Allá viene, a la corre y corre, rumbo a una de sus tres chambas. Entrona que es, Griselda inicia con doña Chepa, la maestra; luego, va con la señito Macrina, gruñona vendedora de productos milagro; por fin, con doña Servanda, jubilada que le atora con fe al chisme cachetón frente a un rico café exprés salpimentado con buenas o malas nuevas del vecindario.

Griselda se considera madre de más de cuatro (sus hermanos: ocho). Casi le pega a los 60 años de edad, y desde siempre ha sido sirvienta, gatígrafa, micifuza, maría, secretaria doméstica, criada, chacha u otros sinónimos que socialmente aplican a su labor, a cual más sobajador, desdeñoso, burlón, discriminatorio...

A Griselda le vale como le llamen. Con el trabajo basta. Avecindada en Tláhuac desde que tiene uso de razón, apenas si cursó la primaria; ante la avalancha de hermanos que Teodosia, su madre, tuvo a bien parir, abandonó la escuela y atendió a los hermanos y hermanas, hasta que Isauro, su padre —albañil de oficio— llegó una noche y le dijo: a trabajar en una casa, “de entrada por salida”.

¿Y de qué voy a trabajar, apá, si ni sé hacer nada?, repeló. Barriendo, dijo Isauro: trapeando, tendiendo las camas, arreglando las plantas del jardín de la señito, preparando la comida, lavando y secando ropa, trastes; planchando... No es gran ciencia, ni hay que intelegirle mucho, y te pagarán; eres acomedida y si te granjeas a la patrona, pue’que hasta te dé un poquito más —concluyó su padre.

Ya tendría yo unos 11 años de edad cuando, de mano de mi apá llegué a la colonia Álamos, imagínese: ¡cerca del centro de la ciudad, de la capital! Imelda sería su patrona: déspota comerciante en joyería de fantasía, esposa del licenciado (Gris nunca supo su nombre), ya septuagenario y con Mal de San Vito. Sin hijos, pero con media docena de perros pekineses, falderillos y malhumorados a más no poder.

Griselda descubrió otro mundo: el de las prisas: para transportarse y llegar al trabajo; para almorzar, comer y cenar; para hacer los quehaceres hogareños; para estudiar y divertirse y... hasta los bebés, los niños, los adolescentes parecían crecer a toda velocidad.

Trabajar y tener un sueldo para colaborar en los gastos de la casa, en apoyo a su padre, y disponer del domingo para descansar, la conformaron; no obstante, la embargaba la pena al ver que Teodosia no se daba abasto para atender a la pipiolera, sus hermanos; tras sus horas de labor, se acomedía para concluir las tareas de su madre y arrear a los chiquillos para hacer las tareas escolares, e incluso dar la cena a Isauro.

Al contrario de sus hermanas, no le cabía en la cabeza la idea de tener novio, mucho menos marido, y ni por asomo se le ocurrió que podía ser madre: “¿Para qué? Si algo sobra en el mundo son chamacos, y bastante tengo con los ajenos”.

Pero un día conoció a Erasto. Cada mes podaba las bugambilias en casa de Imelda. Le servía la comida al concluir la poda; así se conocieron, trataron, enamoraron y dieron su bracito a torcer sin preocupaciones: Gris no podría embarazarse, pues cuando pequeña le extirparon unos quistes y el médico pronóstico esterilidad.

Isauro, su padre, murió cuando ella cumplió los 25 años. Volvió al trabajo cuando concluyó el novenario, y aún triste y desganada pretendió ingresar a la casa de Imelda, su patrona. Erasto la topó a medio jardín. No entres, te va a ofender: de indios güevones no nos baja. Imelda abrió la puerta y los encaró: se me van los dos así, pero así de rapidito; los holgazanes no caben en esta casa.

Ni las gracias dio. ¿Y a ti por qué, si la que faltó fui yo?, quiso indagar Gris. Erasto nomás dijo: cuando faltaste ella como que entró en brama, y que Erasto p’allá, que Erasto p’acá; m’hice el desentendido, me lo tomó a mal y ya ni de comer me daban. Figúrate que el licenciado se da cuenta, hasta de robo me acusan...

Esa tarde se fueron a pasear a la Alameda; ella le propuso hablar con su madre para que los dejara vivir juntos, y así lo hicieron. Teodosia no opuso reparos. Incluso, les dijo que construyeran un cuartito al fondo del terreno, donde alguna vez estuvo la huerta. “Sirve que le echan un ojito a mi prole y a mí, que ya me siento cansada”. Erasto agradeció el gesto y siempre tuvo en alta estima a su suegra, cuñadas y cuñados, que lo hicieron sentir de la familia de inmediato.

Gracias al trato de buena gente que tuvo con las sirvientas de la Álamos, no faltó quien le dijera a Gris de un empleo por el rumbo de la Anzures. Cocinera. No tenía experiencia, pero sí el toque mágico del sazón. Como tiempo le sobraba, fue recamarera en una casa de huéspedes en la colonia Juárez, y cerró su día atendiendo a doña Servanda en su casa de Río Amazonas.

Erasto, que en su bicicleta cargaba tijeras de jardinería y podadora, trabajaba por los alrededores de la Anzures . Doña Servanda le permitió guardar la bicicleta y sus herramientas, para que con Gris retornaran juntos a Tláhuac, compartiendo calor y arrempujones en el Metro y en los camiones. Pero un mal día, al cruzar Mariano Escobedo (frente al deportivo Chapultepec), un camión refresquero arrolló a Erasto. Vivió de milagro, aunque una cojera le impide tripular su bici, y ya solo chambea cerca de la casa de doña Servanda.

“Bendita señora, muy noble ella, generosa; no como otras, de las muchas que he tenido. Poco a poco se meten y además de hacer las recámaras quieren, de favorcito, les prepares de comer, planches los uniformes de la escuela; y cuando no te da tiempo, enmuinan, te echan y pagan hasta que les da la gana, o nunca”.

Los años han pasado sobre Erasto y Griselda. Ambos con achaques, ella con sobrepeso que le tortura los pies, han encontrado también solidaridades, lealtades y hasta apoyo para algunos de sus gastos médicos.

Pero la pierna de Erasto va de mal en peor. Los médicos amenazan fijarle la rodilla o de plano amputar, “pus dicen que los empaques ya se desgastaron y ora topa hueso con hueso, y viera como duele”. A Griselda las piernas se le hinchan, siente que las varices son de fuego y ya no rinde igual que antaño en el trabajo.

La familia de Griselda les pide que trabajen más cerca de casa: “Como si fuera tan fácil”, se quejan ellos; “además, en este tiempo los sueldos son de risa, el pago por docena de ropa planchada te lo regatean a más no poder, y todavía quieren fiado. Luego te corren, y al final a la que ocupan le hacen lo mismo, porque, ¿viera qué de gente anda tras de una chambita? Malbaratan su trabajo, se quejan porque ni pa’ los pasajes sacan. No, si le digo que en esto de la servidumbre está una: mal pagada, mal comida, mal cogida. Por eso me alegra de no haber tenido hijos: siervos, sirvientes”.

*Escritor. Cronista de “Neza”