Toscanadas: Non omnias moriar

Si las palabras son infinitas, un alma hecha de palabras habría de existir para siempre. Pero existir en tierra. De carne y hueso y pluma en mano.

Ciudad de México

En su poema “Si yo”, Tomaz Salamun dice: “Si yo, Tomaz Salamun, me llegase a morir de hambre, sería nuestro fin. Estaríamos al borde del colapso.”

Es verdad. Si bien no tiene que tratarse de Tomaz Salamun y la muerte puede ser de hambre o peste o bala u otra cosa. De cualquier modo la falta de un poeta nos pone al borde del colapso. Por eso un poeta no debería morir.

Si las palabras son infinitas, un alma hecha de palabras habría de existir para siempre. Pero existir en tierra. De carne y hueso y pluma en mano.

Porque la permanencia de un poeta no ha de ser meramente en sus versos, como Horacio, que decía Non omnias moriar; ni como Manuel Gutiérrez Nájera que lo parafraseaba con su “¡No moriré del todo, amiga mía! De mi ondulante espíritu disperso, algo en la urna diáfana del verso, piadosa guardará la poesía.” O Shakespeare, al vaticinar que “ni la Muerte se jactará de ensombrecer tus pasos cuando crezcas en versos inmortales”.

Si los novelistas dan vida a sus personajes, en la poesía son los propios poetas quienes vuelven a la vida invocados por el lector. Mas, oh, bendito engaño, pues esta resurrección solo se da en sentido figurado o metafórico o poético.

Y sin embargo, mi deseo de vida eterna al poeta no haría sino matar la poesía, pues esta nace del asombro del infinito y la rabia de no ser parte de él. De la mano de Blake, se han de construir mundos en un grano de arena, paraísos en una flor, infinidades en la palma de la mano y eternidades en una hora. Ha de pensarse que el mar es infinito y eterno. Hay que encontrar a dios en un verso.

Era la muerte quien empujaba la pluma del Villaurrutia en New Haven cuando dijo “siento que las letras desiguales que escribo ahora, más pequeñas, más trémulas, más débiles, ya no son de mi mano solamente”. Será por eso que un poeta sabe a qué sabe la muerte y sabe lo que sabe la muerte.

Si no existiera esa putilla del rubor helado que acaba por llevarse a todos los poetas, no tendríamos “ay, esta muerte insultante, procaz, que nos asesina a distancia, desde el gusto que tomamos en morirla, por una taza de té, por una apenas caricia”. Nadie esperaría que todo “se vuelva en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. Sería imposible pensar que en la desesperanza somos “el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo para que el mar no arroje su cadáver a solas”. Ignoraríamos la hora exacta en que la propia muerte puso sus huevos en la herida.

Sin muerte después de la vida el polvo sería polvo mas nunca enamorado.

Así las cosas, también para los poetas “hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día... en que levamos anclas para jamás volver; un día en que discurren vientos ineluctables... ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!”

Y, quizás en un gesto último de humanidad, se marchan como la demás gente.