Toscanadas

Solo un año.
Federico Campbell
Federico Campbell (MILENIO)

Ciudad de México

dtoscana@gmail.com

Pasé buena parte de la mañana buscando un viejo ejemplar de la revista Líneas de Fuga, editada por la Casa Refugio Citlaltépetl. Es un número dedicado a la literatura árabe. No la encontré. Me hacía falta leer en voz alta un poema de Mahmud Darwish llamado “Solo un año”.

Esa revista llegó a mis manos en una situación curiosa. Me llamó el director de la Casa Refugio en Puebla para pedirme que sosegara a un escritor con el que estaban teniendo muchos problemas.

Los encargados habían intentado diversas cortesías para hacerlo sentir bien, pero habían fracasado. En una ocasión le presentaron a una linda chica. Ella, por sostener una conversación, le hizo algunas preguntas personales. El escritor se puso de pie iracundo. “Me estás interrogando igual que la policía secreta.”

En una de tantas, el susodicho mencionó mi nombre como su único amigo mexicano. Entonces alguien dijo: “Esta es una misión para el Toscana”. Y yo con mucho gusto fui a visitar a mi viejo amigo.

Como pingüe retribución, recibí unos vales para cenar en un restaurante cuyo nombre no recuerdo, pero era tan lúgubre y el servicio tan malo que lo llamábamos el Kafka’s. Ahí íbamos los dos cada noche y teníamos que negociar con la mesera en turno que anotara las cervezas como jugos de naranja.

De regreso a casa, pasábamos frente a un Cantinflas de madera. “Él es mi única compañía”, me confesó. “Vengo aquí con frecuencia y conversamos muchas cosas”.

La casa refugio tenía tres o cuatro departamentos. Yo tomé el del fondo. Mi amigo se había instalado en el que daba a la calle. Su nostalgia necesitaba el ruido de su tierra. Yo detestaba el camión del gas, con sus proclamas y música; a él le parecían un buen sustituto del llamado a la oración. Quizás había un parecido entre “el gaaas” y “Aaaalá”.

El mejor recuerdo literario de esos días es el poema de Darwish. Yo lo leía en español, él en árabe y brindábamos con un Concha y Toro que vendían en la tienda de abajo.

Ojalá tuviera aquí el poema ahora conmigo. Mas apenas tengo su recuerdo. En él, Darwish, o quienquiera que lo lea, habla a sus amigos. Les dice: No se mueran como tienen la costumbre de morirse. Les pide que esperen un año, aunque sea un año. ¿Qué haré sin ustedes? ¿Cómo voy a amar la tierra si ya no están aquí? Un año, por favor. Háganlo por mí. Un año sirve para visitar tantas ciudades y amar tantas mujeres. Quizás podríamos terminar las conversaciones que empezamos. ¿Qué será de mí después del último entierro? Amigos míos, no se mueran como tienen la costumbre de morirse.

Borges diría que morir es una costumbre que sabe tener la gente. Pero con Darwish no es la gente sino los amigos. Y de manera maternal no decimos que se mueren, sino que se nos mueren.

Mi amigo se regresó a su tierra y me regaló la revista que hoy no puedo encontrar. Un día me escribió para contarme que una bomba había destruido su casa.

Darwish se murió hace algunos años. De repente. Quizás él mismo no esperó un año a sus amigos.

Yo le quise pedir a Federico que se esperara. Pero no encontré el poema.