¡Tom Brady es inocente!

Alguien como Tom Brady es simplemente una consecuencia lógica de la sociedad que lo engendró.
El mariscal de campo de los Patriotas.
El mariscal de campo de los Patriotas. (Reuters)

México

Quizá ninguna sociedad esté tan obsesionada con los deportes, sus figuras y su narrativa como la estadunidense. Si bien es innegable que, por ejemplo, el futbol es un fenómeno masivo de gran relevancia en Occidente, en Estados Unidos los deportes son investidos de un significado especial, pues en particular sus estrellas son personajes centrales en la vida cotidiana. Además de ser venerados por sus proezas atléticas, se les exige un comportamiento moral ejemplar, pues son faros que estructuran las ilusiones (y los odios) de millones de personas. Hace algunos años, cuando el nadador Michael Phelps fue fotografiado fumando marihuana en una fiesta, aparecían en la prensa fotos de adolescentes llorando desconsolados, arrojando piedras a su casa, o insultándolo con altavoces por haberlos decepcionado.

Por eso no sorprende la histeria desatada por la investigación en contra de Tom Brady, el varias veces campeón quarterback de los Patriotas de Nueva Inglaterra, que acaba de ser suspendido por su probable responsabilidad en un plan para desinflar ilegalmente los balones antes de un crucial partido, pues un ovoide relativamente desinflado supone una gran ventaja para el pasador. Los argumentos a favor y en contra pulverizan la inventiva de las más descabelladas comedias de enredos. Decenas de analistas y abogados discuten acaloradamente, con una seriedad que haría pensar que se trata de un asunto de vida o muerte para millones de personas, como efectivamente lo es.

Sin embargo, alguien como Tom Brady es simplemente una consecuencia lógica de la sociedad que lo engendró. Su historia de oscuro suplente que gracias a su determinación se convirtió en una gran estrella, se casó con la supermodelo Gisele Bündchen y pasó a la historia como el mejor quarterback de la historia lleva implícita la narrativa de hacer lo que sea necesario para alcanzar y conservar el éxito. Como ha explorado de manera magistral William Gaddis en su novela Jota Erre, el ethos estadunidense incluso glorifica la transgresión de las reglas en el camino hacia la cima, siempre y cuando uno no sea lo suficientemente estúpido como para ser sorprendido. Las reglas existen para ser acatadas por los débiles (como muestra, por ejemplo, la política exterior norteamericana, o las prerrogativas de las que gozan en la práctica los monstruos financieros de Wall Street), y como cimiento ideológico de una doble moral que por un lado incita a los individuos a competir ferozmente y pisotear a los demás con tal de obtener lo que se desea, y por el otro los vilipendia cuando se descubren los métodos elegidos para realizarlo. Entonces, la única culpabilidad que puede achacársele a Tom Brady consiste en haber sido consecuente: ¿qué importancia puede tener el pecadillo de desinflar unos balones al lado de la gloria terrenal asociada a ser considerado el mejor de la historia?