Toda mi vida está cifrada en las novelas

Nació hace 87 años en Aracataca, “una aldea polvorienta, llena de silencio y de muertos”.

Ciudad de México

Era un sábado de marzo de 1998. En el Colegio Nacional concluía el coloquio Una nueva geografía de la novela, convocado por Carlos Fuentes. La cita era al mediodía, pero por lo menos desde cuatro horas antes, infinidad de personas recorrían esas calles del Centro Histórico de la Ciudad de México a la espera de que se abrieran las puertas del histórico edificio, porque la sesión estaría dedicada a Gabriel García Márquez: día de embrujo para quienes lograron un lugar, abarrotado como pocas veces en la historia de la institución.

Luego de la presentación de Carlos Fuentes, Gabo —Gabito como lo llamaban los más íntimos— leyó el primer capítulo de Vivir para contarla, su volumen de memorias, que pensaba titular simplemente de esa manera, Memorias, de no ser, dijo aquel día, porque todas sus narraciones son ya sus memorias: “Me di cuenta de que toda mi vida estaba cifrada en las novelas y que al escribir cada recuerdo, lo que hacía no era descifrar mi vida, sino mis textos, el camino real para conocerme.

“Una imaginación como la mía, en la cual no creo, porque en realidad cuando escribo no hago sino recordar. Lo que pasa es que yo recuerdo con un criterio tan selectivo de nuestra realidad, por lo pronto del Caribe, que las cosas parecen increíbles y he ganado una fama de ser el gran inventor de fábulas, cuando en realidad no he inventado nada.

“Y de eso me di cuenta cuando empecé a escribir las memorias: cada vez que trata de relatar un hecho vivido, me encontraba con que estaba contando otra vez un hecho ya de mis novelas. Así me di cuenta, además, en un acto de conciencia, que uno tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta”, compartió aquel día de marzo de 1998.

REGRESO AL ORIGEN

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...”. Así comienza Cien años de soledad, el mejor ejemplo de las palabras del escritor colombiano, y así empieza una época de la literatura no solo hispanoamericana, sino universal, y quizás al mismo tiempo esas palabras sean las primeras causantes de una leyenda que se fue construyendo a lo largo de los años y que halló en el premio Nobel de Literatura en 1982, una cima que ya no le permitió a ese colombiano el tener una vida tranquila, una existencia en paz… hasta ahora, porque Gabriel García Márquez ha muerto.

Una vida que comenzó hace 87 años en Aracataca, “una aldea polvorienta, llena de silencio y de muertos”, dijo alguna vez el escritor, pero que se convirtió no solo en parte de su origen existencial, sino además de la literaria, porque de muchas maneras en ese municipio colombiano del departamento de Magdalena se encuentra la génesis de muchas de las historias y personajes que pueblan la obra de García Márquez.

Gabriel José de la Concordia García Márquez nació el 6 de marzo. Su padre, Gabriel Eligio García, radiotelegrafista y boticario del pueblo; su madre, Luisa Santiaga Márquez Iguarán, hija del coronel Nicolás Márquez, de talante liberal y veterano de la Guerra de los Mil Días, y de Tranquilina Iguarán, quienes fueron fundamentales en la vida del escritor, pues con ellos pasó los primeros años de su vida.

Aquellos años fueron muy importantes para García Márquez, pues comenzaron sus primeros acercamientos a la literatura: Rosa Elena Ferguson es la maestra que le enseña a leer, quien de alguna forma lo introduce en la lectura de Las mil y unas noches, cuando apenas contaba con nueve años de edad.

Si bien cuando rondaba los 15 años ya publicaba en el periódico de la escuela en la que estudiaba, incluso llegó a publicar en el suplemento literario del periódico El Tiempo, de Bogotá, fue hacia los 23 años cuando empezó a desarrollar uno de los quehaceres que no abandonó durante décadas: el periodismo.

En Barranquilla, dentro de El Heraldo tenía una columna diaria que firmaba con el seudónimo de Séptimus, amén que comienza a vincularse con grupos de intelectuales, artistas y escritores, y empieza a escribir la que sería su primera novela, La hojarasca.

En 1952 se da uno de los pasajes más significativos en su vida, cuando debe acompañar a su madre a Aracataca para vender la casa de los abuelos, lo que le permite reencontrarse con sus orígenes y dejarlos en su memoria literaria, sobre todo por los paisajes que se reflejan en su obra.

Hacia 1954, con el apoyo de Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez se convierte en reportero y editorialista de El Espectador, donde también escribe columnas de cine; allí aparece el reportaje “Relato de un naúfrago”, que le da presencia y prestigio entre los lectores colombianos, lo que se consolida cuando asiste a la matanza de estudiantes en el centro de Bogotá y sus textos se vuelven un problema para el gobierno colombiano en turno.

Ello obliga a la dirección del diario a mandarlo a cubrir la llamada conferencia de los Cuatro Grandes, en Ginebra, Suiza; un hecho que transforma de diferentes maneras al joven escritor: crece su pasión por el cine y, al mismo tiempo, comienza un viaje que prácticamente no ha terminado.

“Llegué a Ginebra en tren, el 17 de julio de 1955, con el propósito de regresar a Colombia unas semanas después, pero, en realidad, no he vuelto todavía ni una sola vez con una certidumbre de regreso. Desde que tengo recursos para hacerlo, he estado yendo todos los años por lo menos una vez, y casi siempre por un lapso de tres meses”, escribió en el texto periodístico “Regreso a la guayaba”.

Y así sucedió: de Suiza se fue a Polonia y Hungría para recalar en París, donde comienza la escritura de El coronel no tiene quien le escriba, en una buhardilla del Barrio Latino, apoyado por su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, con quien se mantuvo unido hasta su muerte.

“Tal vez lo único que me queda de haber visto el mundo entero son algunos instantes de Barcelona, que logro recuperar siempre cada vez que vuelvo, y una pasión irresistible por la disparatada y entrañable Ciudad de México, que es la única que me disputa la nostalgia de mi país, y donde tengo amigos del alma cuya discreción y cuyo temor de importunar se confunden a veces con el olvido”, apuntó García Márquez.

Al hablar acerca de aquella llegada a México, con la ilusión de hacer cine, el escritor se llegó a preguntar en diferentes momentos por qué había decidido quedarse aquí, pero al final, “aquí he escrito mis libros, aquí he criado a mis hijos, aquí he sembrado mis árboles”.

MÉXICO EN GABO

En la memoria de Gabriel García Márquez estaba muy clara la fecha de su llegada a México: el 2 de julio de 1961, “sin nombre y sin un clavo en el bolsillo, a la polvorienta estación del ferrocarril central”. Más allá de cualquier sentimiento nostálgico, la fecha la recordaba muy bien porque al día siguiente lo despertaron para avisarle que Ernest Hemingway había muerto.

“Llegamos a la Ciudad de México en un atardecer malva, con los últimos veinte dólares y sin nada en el porvenir”, había escrito Gabo: “Solo teníamos aquí cuatro amigos. Uno era el poeta Álvaro Mutis, que ya había pasado las verdes en México, pero que todavía no había encontrado las maduras (…). El cuarto era el escritor Juan García Ponce, a quien había conocido en Colombia como jurado de un concurso de pintura… Fue él quien me llamó por teléfono tan pronto como supo de mi llegada, y me gritó con su verba florida: ‘El cabrón de Hemingway se partió la madre de un escopetazo’.”

La primera estancia de García Márquez en nuestro país no fue nada sencilla: esperaba vivir de la escritura de guiones de cine, pero termina trabajando en algunas revistas y agencias de publicidad, aunque sin dejar de escribir: en aquellos días, por ejemplo, se publica El coronel no tiene quien le escriba en Medellín, y La mala hora obtiene un premio de tres mil dólares en Bogotá.

Aquí establece relación con personajes de la vida cultural mexicana como Juan Rulfo, Fernando Benítez o Carlos Fuentes, con quien escribió varios guiones para cine. De nuevo, su ilusión era dedicarse al cine, pero un viaje hacia Acapulco, con la intención de hacerlo olvidar un tanto los avatares y sufrimientos en su existencia mexicana, le llega una especie de revelación que lo obliga a abandonar la idea de las vacaciones.

Aquí otro de los tantos mitos construidos alrededor de García Márquez, lo que resulta cierto es que en octubre de 1965 decidió encerrarse en su casa, frente a una máquina de escribir, aprovisionado con cigarros y café, para continuar con un proyecto que había comenzado: La casa, que tras 18 meses se convirtió en Cien años de soledad.

“Aun después de haber escrito guiones que luego no reconocía en la pantalla, seguía convencido de que el cine sería la válvula de liberación de mis fantasmas. Tardé mucho tiempo para convencerme de que no… en aquella travesía del desierto comprendí que no había un acto más espléndido de libertad individual que sentarme a inventar el mundo frente a la máquina de escribir.”

Terminado el manuscrito, se lo ofreció a Carlos Barral, quien la rechazó, y fue la Editorial Sudamericana de Buenos Aires la encargada de publicarla en 1967; de la novela se vendieron alrededor de 15 mil ejemplares en las primeras semanas, pero hasta la fecha y según los cálculos más conservadores se han vendido más de 30 millones, con traducción a por lo menos 35 idiomas.

Tras el éxito de Cien años de soledad, que se refleja también en premios que le conceden de diferentes países, Gabriel García Márquez decide trasladarse a Barcelona con su familia, donde reside hasta 1975, para luego alternar su residencia entre México en Colombia, hasta que en 1981 decide quedarse en definitiva en nuestro país, aunque todos los años viajaba a su patria.

Luego vinieron El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada… pero el mundo se aprendió el nombre de Gabriel García Márquez cuando éste apenas contaba con 40 años de edad.

LA POLÍTICA Y EL NOBEL

Con la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, Gabo había prometido que no volvería a escribir una novela; se fue a vivir a España, en los últimos años de Francisco Franco con la idea de escribir una obra acerca de un dictador… Su popularidad como escritor lo llevó a convertirse también en un emblema político, lo que le permitió entablar amistad con diferentes líderes, entre ellos el hoy ex presidente cubano Fidel Castro, lo cual lo llevó a enfrentarse con diferentes grupos de intelectuales en el ámbito hispanoamericano.

Un tanto por esa relación, Gabriel García Márquez enfrentó múltiples dificultades para ingresar a Estados Unidos, donde le acusaban de subversivo. Pero quizá la etapa más complicada la vivió hacia el año 1981, cuando el gobierno colombiano lo acusó de tener vínculos con el hoy extinto grupo guerrillero M-19, lo que incluso hizo que solicitara asilo político al gobierno mexicano.

Por supuesto, 1982 fue el año más importante en su carrera literaria: en octubre se le concedió el premio Nobel de Literatura, que recibió con el discurso “La soledad de América Latina”, en el que hizo un breve recorrido por los muertos, la violencia, las dictaduras, las madres que se habían quedado sin sus hijos… por la sangre que había corrido en nuestro continente a lo largo del siglo XX.

“Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no solo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras”, afirmó en su discurso de recepción del premio: “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza...”.