TepitecusBravus

Para el tepiteño es muy fácil reconocer a sus habitantes, saber de qué calle vienen; no es igual si viven en Aztecas, Matamoros o Totonacas. Caridad no se parece a Constancia. No somos de ...
TepitecusBravus.
TepitecusBravus. (Arturo Fonseca)

Ciudad de México

Mis héroes siempre mataban cowboys. En la azotea del predio, impasibles prenden su toque de piedra, los picos de sus armas combinados con la luz del escaso alumbrado público emiten brillos extraños. Crimen, hazaña, dos conceptos que dependen del que observa. En una carretera en Montana aprendí a pedir ride. Dos opciones, congelarme en el invierno de la montaña o intentar conseguir una habitación barata en el pueblo de DeerLodge. La parte trasera de algunos autos: el sitio más hermoso para descansar de las decepciones.

Mi noche está conectada al recuerdo de la salvaje montaña. Las luces, la ciudad con sus intermitentes destellos que cesan de pronto, pienso en las vidas que se apagan, las personas que no volverán a casa, como el que acaba de morir mientras trasladaban los vagones chocados del Metro Oceanía, cayó del techo en el traslado, el vagón se zafó impactándose contra el túnel. Una ciudad propicia al trágico romance, el Metro en época de lluvia parece Venecia.

Las tradiciones son enfermedades, la ciudad está enferma, no tiene remedio, ni un temblor estilo 85 depuraría el panorama. Eje 2 Norte, arteria contrastante que divide la ciudad. La calle de Tenochtitlán está desierta. El número 21 luce desolado. Programas urbanos que acabaron con el primer muerto o baleado. Renuncié al camino de la justicia, de la verdad. Sus miradas estúpidas, desvalidas, comprensivas, me dan asco, esos ojos enfermos y horribles no despiertan nada más que lástima. Se acabó, la vida sigue. Una ñera con mirada de perrita callejera, no me mires así, no tengo nada para ti, afuera la fina lluvia destina su compasión para los viejos sentados en bancos metálicos esperando el trolebús.

Los buenos tiempos no existen, cambias el remitente a las cartas, todo termina igual, eres el mismo tipo, las personas están negadas a cambiar. Pequeño infierno artificial. No es necesario derribar lo poco que construimos, no es necesario que leas las cartas que jamás te escribí, vuelve a esa habitación en la que jamás obtendrás paz, simula que quieres a alguien, hazlo por los buenos tiempos que jamás tuviste.

Me quedaré sola. Cuando encuentres a alguien, no menciones el futuro. Nunca me he preguntado sobre las personas que abandoné, no me arrepiento de echarte un vaso de mezcal en la cara, lo merecías, todos tienen lo que se merecen. Existen noches en que puedo caerme a pedazos, ser un vaso estrellado en cualquier habitación mugrosa. Busco en los bolsillos de mi pantalón, me quedan 75 pesos para cerrar el mes, apenas es día 22. Me veo tentada a unirme a los carrancistas, las malas fuentes dicen que Jesús Carranza es la calle con más presos, con más muertos, no estoy segura, conocí muchas personas que aseguraban vivir en las vecindades de esa calle por pura presunción. Pienso en la división de estas calles mientras compro una quesadilla. Aceite, masa, queso, la salsa verde es espesa. Las motonetas rompen el sonido de la tranquila noche, un grupo de siete.

La pelea del siglo aquí no tiene importancia, mejores boxeadores salieron de la calle Hortelanos, calle que ha dado otras maravillas como los tacos Arturo, de lo mejor de la ciudad, en la esquina con Ferrocarril de Cintura, la salsa “tacordarás” es demasiado picante, paladar, paciencia, agallas, no necesitas nada más para internarte en un barrio que no es tuyo. La quesadilla grasosa logra calmar el hambre, se cruza en el puesto un perdido, está buscando algo con que ponerse, a simple vista se nota que no es de aquí, su forma de vestir lo delata, pide una tostada de pata, su acento también lo delata. Camino por el Eje 2, doblo en Avenida del Trabajo, la ciudad perdida entre dos edificios de departamentos alumbra mi camino, el retén tiene al borde del infarto a una señora asustada que se niega a bajar de su camioneta. Detienen a lo bestia, jamás han agarrado a ningún delincuente choncho, el retén es un nuevo punto de extorsión. Difícilmente se meten con el barrio, se cruzan a la Venustiano Carranza cuando les cantan el tiro.

Un letrero: “perros: no pongan aquí a cagar a sus dueños”, un anuncio en la unidad frente al retén, La fortaleza es más que cuatro esquinas para zafarse, entrar, salir, quedarse o esconderse. Para el tepiteño es muy fácil reconocer a sus habitantes, saber de qué calle viene, no es igual el que vive en Aztecas que en Matamoros o Totonacas. Caridad no se parece a Constancia. En Tepito no existe el Escuadrón de la Muerte, no somos de Iztapalapa, ser de acá es un don. En la calle de Ortega habita el Escuadrón de la Vida, ahí los topas, entrándole al cañac, dándole a una muerta, fumando, jugando, albureando, disfrutando, topando al escuadrón sabrás el significado de una cara sonriente con una cicatriz cruzándole el rostro, ¿una pelea?, no, una auto-pelea, existen los que quieren ser hermosos, también existen los que quieren destruir su belleza, ellos sonríen, sentados en su sillón, pasando la vida mientras el barrio se levanta antes de que canten los gallitos, antes de que lleguen las gallitas, las putas, pues.

En la tienda les fían, a ti jamás te han regalado un cacahuate. ¿Te acuerdas de la vez que quisiste darle dos pesos a un niño que vendía flores en una cantina?, no te pedía nada regalado, pobre de ti, debes pensar que todos quieren la limosna que pides de los otros, sacas lo que puedes, sin esforzarte, siempre declarado en ceros, con billetes en la cartera, vividor, gorrión. ¿Dónde estarán los Robins-Rólex?, murieron en los 90 quizás. En Tepito siguen vivos Los Hijos de Sánchez, su casa blanca, Lewis se quedó corto. Don Roberto Hurtado es un viejo y generoso amigo, casi prehispánico, sangriento, pide su pedazo de corazón, de entraña, de goce también. El tepiteño tiene identidad hasta que se muere, algo que no encuentras en cualquier colonia del amasijo llamado DF.

Las fogatas de los pepenadores del barrio son el punto favorito de reunión de los perros callejeros que reciben comida de andrajosas manos. Me siento en alguna esquina sucia, me quedé con hambre, pienso en lo aturdido que debió sentirse el emperador Cuauhtémoc. Los tiempos de El Negro Durazo acabaron hace mucho, aquí conocí a una de sus hijas bastardas, comiendo migas en la calle de Toltecas.

Los tacos de asada de la calle de Florida me recuerdan que Tijuana no queda muy lejos de estas calles, desde aquí estamos conectados con los hommies del barrio de La Libertad, desde aquí al calor de unas clamachelas o un ron cagüey de carrito de supermercado puedes pedir protección, comprar unos tenis originales o de imitación, pedir que borren a alguien, comprar un cocodrilo, conseguir una tarjeta clonada, la moneda de cambio puede ser un reloj caro, unos gramos o lo que tengas. Todo lo antes mencionado son clichés comunes del barrio, lo mejor que podrías conseguir de Tepito es la amistad o lealtad de sus habitantes, se construye con los años, con la dura convivencia, aguantando vara, cero balcón.

El Centro Histórico visto desde aquí es otro planeta, uno distinto. Regresé a Tepito, no le encuentro gracia alguna en este momento al dowtown, lo que amé es ruina, la pobreza en las zonas cutre del Centro es riqueza en las inmundas orillas del corazón de la ciudad, se les arruga el cuero cuando ven la frontera, temen al Eje 1, solo son capaces de atravesarlo borrachos o drogados o acompañados, nunca sobrios ni solos, tiemblan en pleno Eje, no les vayan a quitar sus objetos de valor. ¿Dónde estará Primo Mendoza?, cábula, su lengua afilada, no he conocido persona más elocuente que él.

Uno no escoge a sus enemigos, tampoco a su familia, en este barrio he encontrado amigos ñerísimos, verdaderos, no hay sitio para el chiva, aquí esos acaban muertos. Los románticos de la mugre, es tan fácil elogiar la pobreza cuando no se vive en ella. Te parecen fascinantes esas vecindades de octavo patio porque no tienes que compartir tu baño con seis o siete familias. Métanse sus “safaris culturales” por la nariz.

Si buscas en la Guía Roji, Tepito no existe, podrías caminar y caminar sin llegar a ninguna parte, laberinto ancestral chapado en sangre. La fogata en Avenida del Trabajo esquina con Constancia va para largo, llegó Almendrita con ron para todos, un auto se detiene, loquitos consiguiendo droga “dame 100 pesos, te digo dónde y con quién, si no quieres, ábrete”, el copiloto me extiende dos billetes de 50 pesos, al azar les digo cualquier nombre del clásico o postclásico mesoamericano, un número, un contacto falso, ahora tengo 175 pesos gracias a drogos que creen que las aspirinas molidas con raticida son cois, aunque te creas el rey o la reina de la coca, alguna vez te han dado gato por liebre, de aquí sale lo que compras en tu barrio, la noche es larga, las micheladas del Satanás ya cerraron, las de Fabno quedan lejos.

*Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)