Tecnomediocres

Casta diva.

Los profetas de lo actual fragmentan al imperio de las pantallas digitales en dos bandos: por un lado lo acusan de manipulador y controlador y por otro lo veneran como el gran medio democratizador. Para los miembros del arte VIP las dos vertientes les traen ventajas. Este control manipulador no solo es útil para la política o el mercado, también es aprovechado por el arte VIP que utiliza la credibilidad y el impacto del medio para convertirlo en el valor y el significado de sus obras, y no es el talento en el uso de esa herramienta tecnológica el que determina a la obra. Entre sus principios está idolatrar al medio, como sumisas víctimas de los códigos del poder: "debemos trabajar con las herramientas de nuestro tiempo", "los medios democratizan al arte" y el de considerarlos "nuevos". La tecnología se ha convertido en su propia verdad. La credibilidad de la pantalla es tal que su mensaje impacta más en el espectador que la realidad. Subir frases infantiloides a una cuenta de Twitter, que representen la banalidad y blandura del pensamiento actual, convierte a los autores en poetas, y a sus textos desde palíndromos hasta aforismos. El prestigio de estas manifestaciones no es literario, radica únicamente en que están subidas en una plataforma mediática de moda. La utilización de tecnología en la realización de una obra anula la posibilidad de analizarla con objetividad porque el medio tiene la razón, es correcto, es el que rige el trabajo y el pensamiento de las personas. El resultado es que los aforismos y palíndromos, impresos en la austeridad blanca de la página de un periódico o un libro, no valen como literatura ni como copy de publicidad. Es el caso del videoarte o las obras que de forma deficiente se apoyan en programas de software: fuera del contexto del museo es imposible su presencia como arte. Estamos ante una generación de tecnomediocres que se jactan de su actualidad al explotar un medio como su forma de expresión y lo hacen con poco talento y sin aportaciones, utilizan las posibilidades más elementales de la herramienta, crean obras incapaces de competir con la industria o la afición sin pretensiones artísticas, pero no importa, el hecho de que aparezca en una pantalla las convierte en arte. Este fenómeno de que la credibilidad de la pantalla sea el valor, el sentido y el significado de la obra es el sueño de los totalitarismos capitalistas llevado al arte, es un nuevo tipo de golpe de estado mediático que posee su propia retórica y su burocracia cultural: si tiene menos de 140 caracteres y lo lees en tu teléfono es "twitteratura o nanoliteratura", si las fotos están en instagram "son un nuevo lenguaje", si el video está grabado en HD "reactualiza y replantea nuevas lecturas". La tecnología es, antes que nada, un negocio que sirve a sus propios fines, su objetivo principal es invitar al consumo, crear lealtades y necesidades que antes no existían, y a partir de eso la calidad es para incentivar la compra. Sus avances contribuyen a que el manejo del pensamiento sea masivo y efectivo. Podemos ver cómo se quejan los artistas activistas de la "invasión de la intimidad", "del gran hermano" y hacen de ese mismo medio su principal canal de validación. Si en un medio se puede linchar con gran cobardía, de la misma forma se encumbra un trabajo sin valor, una trayectoria sin obra. La tecnología y los medios no poseen en sí mismos categorías morales, es la manipulación que se hace de ellos la que es ética o abyecta. La mancuerna de tecnología y medios se une a la de consumo y gremio: si tienes dinero para adquirir los últimos gadgets tecnológicos entonces estás dentro de una comunidad que es contemporánea en todos los sentidos. Esta efímera actualidad también valida a la obra con el uso del término "nuevos", si se percibe como nuevo, sea una marca de comida o una obra de arte es aceptada y aplaudida. El poder de seducción de la tecnología dirige la percepción y el pensamiento, distorsiona la realidad objetiva para servir a principios de poder político, económico o religioso, y el arte VIP hace el mismo uso para distorsionar el valor de una obra, presentarla como arte y servir al poder académico, de museos y del mercado.