Teatro colombiano: rico en dramaturgia y actuación

El Festival Internacional de Manizales ha visto pasar por sus escenarios y actos académicos un cambio radical en las estéticas y modos de producción.
Morir de amor, ficción en torno a la familia.
Morir de amor, ficción en torno a la familia. (Especial)

México

Sin duda se percibe una distancia que se acentúa cada vez más entre las teatralidades que dominaron Colombia bajo la bandera de la creación colectiva de los años sesenta y setenta del siglo pasado y las nuevas generaciones de teatristas. Las estéticas revolucionarias impuestas por figuras enormes como Enrique Buenaventura y Santiago García permearon con sus aportes no solo al teatro colombiano, sino también al de la región en momentos en que se soñaba lo latinoamericano como un río que podía ir en todas direcciones y remontarse a sí mismo.

El Festival Internacional de Manizales ha acompañado tales procesos desde hace 45 años, y ha visto pasar por sus escenarios y actos académicos un cambio radical en las estéticas y modos de producción del teatro colombiano. Octavio Arbeláez, su incansable director, no deja de hacerse preguntas y reflexionar sobre la pertinencia de ese encuentro: “De ahí que pensemos en el aquí y ahora, de la segunda década de un siglo que corre veloz, como contexto, y precisemos que nuestra percepción de las artes escénicas en la Latinoamérica de hoy se inserta en los procesos creativos de jóvenes que expresan la no aceptación del presente y la creencia en la posibilidad de alternativas que permitan reintegrar los vínculos y las redes sociales. Creemos que puede ser también un modo de restablecer la traducción de las preocupaciones individuales en planteamientos sociales colectivos; lo escénico, como producto social y cultural, solamente alcanza su total significación si se dimensiona su carácter de producto cultural y, como tal, su capacidad de revelar nuevos imaginarios sociales y colectivos, nuevos modos de percibir el mundo contemporáneo.”

Uno de los gestos más importantes de la transición por la que pasa el teatro colombiano no solo tiene que ver con la dramaturgia (sin duda cada vez más poderosa y poco conocida en nuestro país), sino con la dirección de actores y estilos de actuación. Uno de sus jóvenes exponentes es Jorge Hugo Marín, quien comanda al grupo La Maldita Vanidad, que ha explorado un tono hiperrealista impensable hace dos décadas, que teje sus creaciones en espacios no convencionales (principalmente apartamentos) e imprime un vértigo muy inquietante desde historias cotidianas como en El autor intelectual. En esta edición 35 del Festival Internacional de Manizales, Jorge Hugo nos trajo con Morir de amor una ficción, que nuevamente gira en torno a la familia, en las claves que ya conoce y que producen alto voltaje. Pronto dirigirá en México.