Tatarachozno

Allá, en una Barcelona helada, neblinosa e insulsa, la princesa Xipaguazin comenzará una estirpe destinada al fracaso.
Jordi Soler, "Ese príncipe que fui", Alfaguara, México, 2015, 234 pp.
Jordi Soler, "Ese príncipe que fui", Alfaguara, México, 2015, 234 pp. (Especial)

México

Apenas en su página diecinueve ya nos sorprende con una definición del político: hombre habituado a tomar decisiones sin tocarse el corazón. Será en la medida en que avancen las pesquisas acerca de Federico de Grau Moctezuma, que el lector quedará atrapado en un mundo de historias que se remontan al llamado encuentro de dos mundos y que concluyen con el entierro, cualquiera augura definitivo, de un pasado dinástico, real, chapucero. Todo en la nueva novela de Jordi Soler (1963), Ese príncipe que fui, donde lo prehispánico asalta a lo hispánico, el pasado remoto llega hasta nuestros días y el último sobreviviente del gran emperador azteca termina su existencia, decrépito y enloquecido, en un pueblito del estado de Veracruz.

Así de urgencia le imprime el novelista a esta historia, verosímil antes que verdadera, que recobra un tópico abordado ficcionalmente en otros momentos y formatos, pero pocas veces desde una perspectiva subrayadamente actual y traviesa. Tras la irrupción de los españoles en tierras aztecas, hecho histórico, la hija del jerarca nativo (Moctezuma) viajará al Viejo Mundo de la mano de Juan de Grau, guerrero español que no encontró futuro en el territorio conquistado, suceso también comprobable. Allá, en una Barcelona helada, neblinosa e insulsa, la princesa Xipaguazin comenzará una estirpe destinada al fracaso.

Bajo la premisa de buscar datos que lo lleven a encontrar el tesoro de Moctezuma en tierras barcelonesas, y dentro de los márgenes periodísticos, el narrador cuenta una historia que prontamente se acerca a la ficción. Espacio donde descubre al sobreviviente, en realidad un iluso que se mantiene de la pertenencia vacua a una realeza que quedó en el pasado. El tatarachozno del emperador se insertará en el boato del régimen franquista hasta su desmoronamiento, bien consciente, eso sí, de la existencia de prácticas corruptas y decadentes, históricamente trasladadas en el tiempo a tierras americanas,

La impostura, práctica que nos viene de lejos, parece insistir en permear los años del nuevo milenio. Personajes que se resisten a morir, los dinásticos se mimetizan a fin de vivir al día, bien escondido sabe donde el tesoro que les otorgó lustre. Reyes, príncipes, condes, marqueses… pululan en nuestras sociedades (y en la novela histórica) aferrados a un pasado. Con todo y que la realidad de los nuevos tiempos, innegables, los torne en bufones. Como el tristemente verosímil Federico de Grau Moctezuma, de la décima novela de Soler (Bocafloja, Los rojos de ultramar, La guerra perdida, Diles que son cadáveres, et.al.).