Tabaco en la niebla

El proceso artesanal de preparación de las hojas de esta planta para su consumo en pipa se ha casi extinguido por la producción industrial de cigarrillos, pero en este poblado de las Ardenas la ...
El antiguo sistema de secado del tabaco.
El antiguo sistema de secado del tabaco. (Semois)

Bélgica

Aquí hubo tiempos mejores. Son las 12:00 horas de un frío día de invierno en Bouillon, una región del sur de Bélgica famosa por sus hermosos bosques. Mientras serpenteo la carretera de dos vías que lleva al pueblo de Corbion, en los recónditos valles de Semois pertenecientes a las Ardenas belgas, las nubes y una finísima nevada cubren con su blanquísimo manto las colinas de este territorio que hace frontera con Francia.

Resulta imposible creer que sometida a estas condiciones climatológicas extremas y rodeada de hermosos robles, abedules y olmos, una planta originaria del continente americano sea cultivada discretamente aquí desde hace más de 160 años. No obstante, en este apartado rincón de Europa es donde crece el excepcional tabaco de la niebla.

He venido hasta aquí con la esperanza de encontrar a uno de los últimos fabricantes de tabaco de estos valles del Semois, antaño famosos por el cultivo y la producción artesanal de ese producto, así como para probar las hebras que recientemente han cobrado notoriedad en los cada vez más reducidos grupos de fumadores de pipa alrededor del mundo.

De no conocerse, para el visitante promedio sería imposible sospechar que alguna vez los campos de esta región estuvieron repletos de millones de verdísimas plantas de tabaco. También, le sería imposible imaginar que hace apenas unas décadas decenas de productores locales encontraron una forma de vida gracias a su cultivo.

Sin embargo, desde hace más de medio siglo y hasta hace algunos años, apenas un puñado de viejos fabricantes mantuvieron la elaboración artesanal del tabaco para consumo principalmente local; tristemente, y poco a poco en los últimos años, el tabaco de esta zona ha ido desapareciendo.


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Al llegar al pueblo de Corbion, a un kilómetro de la frontera del norte de Francia, pero situado a más de 200 kilómetros de la ciudad de Bruselas, el aroma a leña quemada en las chimeneas es muy intenso. A principios del siglo XX y hasta la década de 1940, este pueblo —que hoy vive principalmente de la producción y venta de embutidos de cerdo y de los servicios de hostelería que ofrecen durante el verano— experimentó épocas de bonanza económica gracias al cultivo y elaboración de tabaco para fumar en pipa.

Sin embargo, en la calle Tambour sobrevive la última tienda-taller de tabaco del pueblo. Detrás del hermoso mostrador de madera que exhibe una gran oferta de pipas de todos tamaños, materiales y formas, Gaëtan Manil recibe una llamada telefónica mientras un cliente entra de prisa para no mojarse. La mujer de cabello rubio coloca el teléfono en espera y atiende al cliente que toma tres paquetes de tabaco grueso de una vitrina. Junto a ella, una puerta entreabierta deja escapar el sonido de una máquina que trabaja y una luz que provienen del sótano.

Con un gesto amable la mujer me indica que puedo bajar. Al abrir la puerta el aroma a hojas tostadas se vuelve aún más intenso. Ya abajo me encuentro la figura robusta de Vincent Manil rodeado de viejas máquinas y acompañado del sonido de un chelo que sale de su minicomponente. En este momento, el hombre de abundante cabello cano rizado termina de empacar los paquetes del primer embarque de 25 kilogramos que tiene como destino el exigente mercado de Estados Unidos.

Después de saludar, Manil deja claro que él no cultiva su propio tabaco, que él es fabricante de tabaco, una actividad que incluye el procedimiento de convertir la hoja seca de la planta en hebras cortadas a diferentes graduaciones y empaquetadas para su consumo. No obstante, aclara, “las plantas siguen siendo de esta región de Semois”.

Sin dejar de llenar los paquetes de papel dorado, previamente doblado, con exactamente 100 gramos de tabaco de hebra gruesa, este hombre de 50 años dice que en el pasado llegó a haber aquí hasta 60 fabricantes de tabaco en una región de poco más de 50 kilómetros cuadrados. Además, asegura que los campos llegaron a tener hasta nueve millones de plantas de tabaco sembradas, algo definitivamente inconcebible en un lugar con bajos niveles de nitrógeno, elemento vital para la planta que prefiere los climas cálidos.

—¿Y qué sucedió? —le pregunto.

—El cigarrillo y su producción industrial —responde resignado mientras me ofrece, sin ningún entrenamiento previo, una cajita dorada vacía—. Ahora tú. Intenta rellenar un paquete de cien gramos con la máquina.


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La Nicotania tabacum es una planta originaria de América, se cree que los aztecas fumaban sus hojas en cañas huecas y que los pueblos originarios de Norteamérica lo hacían envolviéndolas en palma y hojas de maíz. Esta planta llegó a Europa de la mano de Cristóbal Colón, quien decidió llevar varias muestras a España tras encontrar que los indios americanos utilizaban la planta con fines medicinales.

Entre 1550 y 1580 la popularidad del tabaco se extendió a Francia y Bélgica. Por esos mismos años, fue llevado a la Gran Bretaña por el famoso marino, pirata, corsario, escritor y político inglés Sir Walter Raleigh. Es en ese país donde alcanzaría fama mundial como un producto propio de la nobleza y las clases acomodadas europeas.

En su libro 1493: Cómo el descubrimiento de América revolucionó el comercio, la ecología y la vida en la Tierra, el investigador estadunidense Charles C. Mann cuenta cómo el tabaco por entonces se volvió una moda en Europa y cómo el acto de utilizar tabaco pasó de ser una actividad clandestina de unos cuantos a ser consumido masivamente. “Es algo que frecuentemente sucede con las drogas, por un tiempo vagan en las sombras hasta que su consumo se vuelve popular”, afirma.

Por mucho tiempo, el costo del tabaco en Europa fue alto por ser un producto traído del extranjero. No obstante, como otros europeos, en 1850 Joseph Pierret, un maestro de escuela decidió sembrar en estas húmedas tierras de Semois su propio tabaco. Envuelto por la neblina típica de esta región, la planta desarrolló características propias de temperamento y sabor.

Cuando Pierret comenzó a plantar el tabaco bajo un modelo propio, el cual consiste en dejar que la planta crezca hasta los cuatro centímetros en amplios cajones de madera para posteriormente sembrarlo en la tierra, sus vecinos lo consideraron un loco y se burlaron de él. Al paso de algunas temporadas, algo mágico sucedió, los pequeños retoños que habían sido trasladadas a las húmedas tierras se habían convertido en plantas con grandes y verdes hojas.


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La temporada de recolección de la planta es durante el mes de junio. Previamente, el viejo agricultor que provee a los Manil corta la flor de la planta y la cura con un líquido especial para evitar que las hojas crezcan demasiado. Entonces esperará a que unas pequeñas manchas aparezcan en las hojas de la planta, lo que significa que ya están maduras.

Entre julio y agosto las plantas son recolectadas para ponerlas a secar durante seis y ocho semanas en espacios interiores de madera conocidos como hangares, a este proceso se le conoce como añejado y cura. Después se someten a una primera fermentación que aquí se lleva a cabo en cajas de madera. Posteriormente se realiza el proceso de selección de las mejores hojas (las rotas y de baja calidad regularmente son usadas para la elaboración de cigarrillos).

 Adicionalmente, se lleva a cabo un proceso de segunda fermentación de dos meses, que permite alcanzar la temperatura y la humedad ideales. Al finalizar este procedimiento, el tabaco está listo y es enviado a esta fábrica de los Manil en Corbion.


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En solo un par de días, como otros entusiastas fumadores estadunidenses de pipa, el escritor Wil S. Hylton estará abriendo en su casa de Nueva York uno de los 250 paquetes dorados de este cotizado cargamento que por primera vez se venderán en alguna tienda de aquel país.

Tal como ahora Vincent y yo hacemos, seguramente Wil separará y colocará pacientemente con la punta de sus dedos las hojas secas perfectamente cortadas en el hornillo de una de sus más de mil pipas. Con la sensibilidad propia de quienes se consideran conocedores del arte de fumar, escuchará el breve tronido del tabaco ardiente que se convierte en un humo, pero que, a diferencia del que produce el cigarrillo, nunca es inhalado.

Aquel sabor tan especial probablemente llevará a Hylton de vuelta a los olvidados valles del Semois, donde hace apenas dos años llegó atraído por la intensa experiencia que le habían dejado las bocanadas del tabaco de Manil y que fue capaz de hacer llegar a los exigentes catadores estadunidenses de tabaco, quienes calificaron el rústico producto como “poderoso, intenso y único en el mundo”.

En una sociedad donde el acto de fumar es cada vez más mal visto y repulsivo, al punto de enviar al fumador a la calle, el fabricante belga termina de empacar delicadamente la última caja de tabaco. La tarde se ha ido a pique en Corbion. Vincent Manil y yo encendemos cada uno una pipa por los viejos tiempos en los que fumar pertenecía a la cultura de la convivencia.