Improvisar la eternidad

Y así, sin aviso, se reveló el presagio del silencio. El sax recorrió tres notas hasta llegar a la más aguda a su alcance, dejándola sostenida en medio de un terrible carraspeo.
Entonces eso era el jazz: plática diacrónica a la que todos están invitados.
Entonces eso era el jazz: plática diacrónica a la que todos están invitados. (Especial)

Torreón, Coahuila

No hace falta precisar fecha, ni lugar, ni hora, basta con decir que la noche zambullía a la ciudad en un silencio atroz.

Las luces peatonales emanaban veleidad, de una que otra ventana de los edificios escurría luz blanca, tras el cristal, hombres terminando de apilar papeles y aflojándose la corbata.

El silencio en la ciudad era atronador, hasta el ronroneo de un carro circulando con parsimonia hacía el peor de los escándalos.

Es eternidad improvisada, eso que saca de sus cabales a personas amilanadas que se avientan de décimos pisos, "un pájaro que migra o emigra o transmigra": delirio de persecución.

Esto, hace poca falta obviar, era poco común, pues todas las noches a esa y a posteriores horas todo era ruido: los claxons y la prisa por llegar a casa para sacarse los zapatos, cenar cualquier cosa y ver televisión hasta que todos, más o menos a la misma hora, caían dormidos.

Pero ni así, con todo eso, con la población entera aletargada, a una distancia vertiginosa de la vida y su ajetreo, soñando buenos y malos sueños, se conseguía un silencio como el que pendulaba en aquella penumbra citadina.

Parecía el presagio de una inminente destrucción, como si de pronto todos fueran a salir de sus cabales y mejor me aviento por la ventana.

Lloverían personas, en el asfalto caerían machacados, la sangre se vaciaría en el alcantarillado, el aire olería por algunas horas a libertad, pero luego habría que recoger los cuerpos.

Caminar por esa calles por fuerza tenía que ser un arrebato de valía, en una noche como aquella quién sabe qué podía pasar, era como una eternidad improvisada, una realidad expropiada por el silencio agorero.

Pero a la vuelta de la esquina, a tantas cuadras de tal lugar, de golpe y de frente se dibujaba un letrero de rojísima luz neón que ostentaba cuatro letras sin origen ni significado, cuya pronunciación sonaba algo así como un resoplo de cansancio o resignación del hombre que en su momento fue esclavo: Jazz.

La puerta de entrada se pintaba tan roja como el letrero, picaporte dorado, a la fachada de ese lugar ─que durante el día permanecía oculto bajo el sol─ la formaban ladrillos con distintos tonos de café.

Nadie cuidaba la entrada, las personas, una tras otra, abrían la puerta por fuerza propia y pagaba una módica cantidad por su boleto de entrada.

El interior era una sala pequeña con un techo amplio, sin escenario, apenas un espacio en el rincón izquierdo para el piano de pared, un contrabajo reposado y una modesta batería aún tocados por nadie.

Todas las mesas, redondas y pequeñas donde cabían tres personas a lo sumo, estaban por completo ocupadas.

Nadie hablaba, el silencio acaso era perpetrado por un murmullos de copas o vasos o tarros. Los ríspidos rostros se confundía con el humo de tabaco que emanaba de todos los ceniceros de todas las mesas.

En un tropezado intento de entender lo que estaba pasando aparecieron a través una puerta lateral, así nomás, cinco hombres negros, pulcros y de traje.

Los primeros tres salieron con las manos vacías para sentarse al piano, enderezar al contrabajo y sentenciar batería.

Tras ellos, ensombrecidos, uno con un sax al pecho y otro cargando despreocupadamente una trompeta. Quedaron de pie frente a los otros. Nadie aplaudió, nadie soltó palabra, ni un movimiento, ni una expresión, nada.

Y así, sin aviso, se reveló el presagio del silencio. El sax recorrió tres notas hasta llegar a la más aguda a su alcance, dejándola sostenida en medio de un terrible carraspeo.

Regresó, presentando antes a toda la tesitura, para resolver en la misma nota pero su opción más grave, llegando a esta las baquetas hicieron vibrar a los platillos en un claqueteo repetido.

El pianista con la izquierda golpeaba las graves y con la derecha recorría toda la escala, el contrabajista hacía acordes aparentemente disonantes, la trompeta imitaba al sax.

Un todo exacerbado. La audiencia se mantenía en la misma posición pero algo en sus rostros había cambiado, habían alcanzado lo inalcanzable, ya no tendrían que lanzarse de un décimo piso para conocer de cerca a la libertad.

Aquello que había entre los músicos era como una plática no acordada, esos cinco negros tenían tanto que decir y todo lo decían.

De tanto en tanto uno-dos-tres-cuatro errores o disonancias: parecía la oportunidad perfecta de tropezar dos veces con la misma piedra, levantarse, darse la vuelta y tropezar una tercera.

Todo era un juego: un dejo de libertad, una panorámica de la vida que se derrama a velocidad de vértigo entre los dedos del vagabundo o del mendigo.

El martilleo en el platillo no cesaba, la manos del negro del piano alternaba entre blancas y negras que daba gusto, su mentón estaba hundido en su pecho, descansando sobre el nudo de su corbata, los ojos bien cerrados por la sal del sudor que empezaba a lustrar su frente.

El negro del contrabajo movía todo el esqueleto, trataba a su instrumento lo mismo con amor que con desprecio, estiraba casi a reventar las cuerdas con sus largos dedos negros.

El del sax mecía su cuerpo como si un tigre lo persiguiera y él no se podía mover ni el tigre lo podía alcanzar, el sonido del sax era un grito de auxilio y su rostro no ocultaba la desesperación.

Lloverían personas, en el asfalto caerían machacados, la sangre se vaciaría en el alcantarillado, el aire olería por algunas horas a libertad, pero luego habría que recoger los cuerpos.

Un fade out y cede su lugar a la trompeta que entró con un contra agudo echando al mismo tiempo su cuerpo hacia atrás, dejando la trompeta en posición recta, creando con su cuerpo una figura perfecta.

Entonces eso era el jazz: plática diacrónica a la que todos están invitados, testigo de los hundidos y los quemados, frenesí de libertad inalcanzable, silencio agorero que queda fuera de los ruidos cotidianos que sin conciliación nos mantiene atados de pies y manos.

Es eternidad improvisada, eso que saca de sus cabales a personas amilanadas que se avientan de décimos pisos, "un pájaro que migra o emigra o transmigra": delirio de persecución.

Es fobofilia y fobofobia, amor al miedo y miedo al miedo, es espacio aplazado y desplazado y reemplazado, dicotomía de tiempo y vida.

Es libertad sustraída a punta de síncopa de los cuerpos machacados y la sangre derramada iluminada tan roja como el letrero de luz neón que ostentaba cuatro letras sin origen ni significado, cuya pronunciación sonaba algo así como un resoplo de cansancio o resignación del hombre que en su momento fue esclavo: Jazz.