Sucedió en un instante

Relato de vida, de pérdida y reconstrucción, las páginas de Sucedió un instante contienen la dramática historia de una pesadilla, del dolor, la ira y la redención
Sucedió en un instante de Fritz Thompson.
Sucedió en un instante de Fritz Thompson. (Especial )

Ciudad de México

Han pasado 13 años de aquel irremediable instante que marcó la vida de Fritz Thompson. Su historia, relatada en el libro Sucedió en un instante (Khálida Editores), da fe del tesón con el que reconstruyó su existencia ante la más brutal de las adversidades y muestra también la injusticia del sistema legal mexicano.

Pudo ser un día más, borroso como cualquiera. Hasta que aquel apretado instante, un caprichoso instante, filoso y calculador, llegó a diseccionar hasta la última certeza de su vida. En el kilómetro 58.35 de la carretera Puebla–México, al descender la zona de curvas entre Río Frío y Llano Grande, una camioneta pickup blanca, con una banda de reflectores ámbar sobre la cabina y con su caja de carga descubierta, comenzó a dar volteretas en el aire frente al coche de Fritz Thompson Lenz, como si su única intención fuera caer del cielo, proyectarse en su existencia, hacer home run, es decir, colapsar el techo de su automóvil con la suficiente fuerza para comprimirle la columna vertebral, no para matarlo, simplemente para sumir su cuello, fracturar dos de sus cervicales e, impasible, regresar para continuar su trayecto.

José Luis Velázquez, el chofer de aquella camioneta de la Comisión Federal de Electricidad, que aquel 24 de abril de 2001 circulaba a exceso de velocidad, probablemente a más de 140 km por hora, perdió el control unos segundos antes, estuvo a punto de chocar contra un Tsuru, volanteó, se patinó en el piso resbaloso, chocó contra la barda de contención y ésta fungió como rampa para impulsarlo a volar invadiendo los carriles contrarios, para girar en el aire lanzando polvaredas hasta caer en el techo del coche de Fritz que, para su buena suerte, la de José Luis, le sirvió como freno, amortiguó la caída y lo bateó de regreso.

El maracazo no tuvo la suficiente fuerza para asentar nuevamente las llantas de la camioneta sobre el piso, el eje estaba roto, pero sí para dejarla columpiándose sobre la barda de contención, suspendida en el aire, casi sin rasguños. Perpendicular a la carretera, las llantas delanteras se mecían en los carriles rumbo a Puebla; las traseras, en dirección a México.

Por su parte, el Golf verde olivo de Fritz, con el impulso del golpe, siguió descendiendo cuando menos 600 o 700 metros más, hasta detenerse con un segundo impacto en una canaleta del desagüe, frente a un cerro macizo. Tuvo "suerte" porque casi toda esa bajada está flanqueada por precipicios.

Dos autos se tocaron. Dos vidas se cruzaron sin aparente sentido —aquel fatídico día ni siquiera se conocieron, quedaron a más de medio kilómetro uno de otro. No hubo conciencia, disculpas ni reconocimiento. Dos conductores tan separados físicamente que, a la distancia, años después, en un proceso judicial amañado, resultó fácil sentenciar que esta historia es tan inverosímil que ni siquiera sucedió. ¿Cómo podía ser el mismo accidente, con dos autos tan separados en tiempo y espacio? La razón pudo enflaquecerse en la sinrazón.

Aquella mañana, Fritz se había despertado de madrugada para tomar la carretera a Puebla sin tráfico. Conocía cada kilómetro de ella, la había circulado cuando menos una centena de veces. Se dirigía a la planta armadora de coches de la Volkswagen, donde tenía una reunión a las 2 de la tarde con uno de los jefes de mantenimiento, a fin de demostrarle, mediante una máquina que ejerce resistencia, las virtudes de las grasas y lubricantes canadienses que deseaba comercializar. Al salir, una idea rondaba su cabeza: "Si saco el pedido con este monstruo, ya la hice".

Esa tarde lluviosa, manejando de regreso al Distrito Federal, tras pasar la caseta de San Martín Texmelucan paró en una miscélanea a comprar una Coca Cola —"maldije esa parada durante años, fue el 'hubiera' de mi accidente: si no me hubiera detenido, nunca hubiera coincidido en tiempo y espacio con aquella camioneta". También hizo dos llamadas desde su celular: a los papás de Nelly, su novia, para disculparse por no haber ido a comer a su casa, y a ella, para que supiera que ya iba de regreso. Se relajó, puso a todo volumen su CD favorito con rolas de Maná, Kabah y Sentidos Opuestos. Miró su reloj, eran las 3:30 de la tarde, tiempo de sobra para llegar a las 6 al WTC donde acordó reunirse con un viejo amigo a quien tenía años de no ver.

Unos minutos después se tocaron las vidas de Fritz y de José Luis, dos absolutos deconocidos. Lo paradójico es que lo que para uno fue buena suerte, porque en ese momento ni siquiera se dio cuenta de lo que había hecho, para el otro implicó un destino atroz. Un misérrimo instante hubiera podido cambiar la suerte de ambos. En el caso de Fritz, un argumento más o uno menos en la Volkswagen, una demostración adicional de las virtudes de sus lubricantes, un "cuestan la mitad y duran el triple". Comprar o no un refresco. Cargar gasolina. Un saludo, cualquier atención a quienes se le cruzaron en el camino. Tomar la carretera a 60 o a 100 kilómetros por hora, y no a 80...

Un instante. Un desabrido instante hubiera podido cambiar aquella lotería absurda e inclemente. Hubiera podido distanciar ese soplo. Esa coincidencia que pareció punzar con lógica propia, con una racionalidad rabiosa y decidida como si la vida, una dócil marioneta, pendiera de delgados hilos que consienten atroces parteaguas.

—No hay certezas en el camino. Cuando uno cree que la vida está bajo absoluto control —expresa Thompson con convicción— es posible que llegue la adversidad a liquidarlo todo. Hay que estar preparado.

Antes del accidente, Fritz se creía el escultor de su brillante futuro. Su vida era ejemplo de esfuerzo en los estudios y el trabajo. Había intentado llevar una vida sensata, rigurosa y disciplinada y, aunque no provenía de un hogar adinerado, pero sí de uno que le brindó cultura, buena educación y el rigor de la disciplina, a sus 33 años había trabajado con ardor para atesorar casi seis decorosos departamentos —aunque estaban hipotecados, representaban un sólido patrimonio para los tres hijos que algún día tendría. Aún no estaba casado, pero confiaba que, con una vida ordenada como la suya, el futuro se rendiría a sus pies. ¿Quieres hacer reír a Dios?, cuéntale tus planes, reza un refrán mexicano.

Cuando el Golf se detuvo frente a aquel cerro, el auto solo tenía el techo colapsado y el parabrisas hecho añicos. Nada más, ni siquiera se había descuadrado. Fritz no tenía ni un rasguño, ni un moretón. Ni sangre ni heridas, nada que requiriera una curación. Aunque el golpe fue en su cabeza, no había fractura de cráneo. Estaba consciente. La contusión, sin embargo, había generado una fractura a nivel cervical, su cabeza se sumió dentro de los hombros provocando que las vértebras del cuello chocaran con fuerza entre sí. Se rompieron la cervical 6 y la 7 dejando esquirlas de hueso y una lesión medular con consecuencias devastadoras.

El pronóstico era de absoluto pesimismo. La médula transporta información neurológica entre el cerebro y las distintas partes del cuerpo; controla reacciones automáticas o reflejas como la respiración; garantiza la sensibilidad, la motricidad y los reflejos. En el caso de Fritz, con la compresión de la médula a un nivel tan alto, resultaba inevitable: quedaría cuadripléjico. Si sobrevivía, su cuerpo quedaría paralizado como el de Christopher Reeve, el legendario Superman que cayó de un caballo, se fracturó las dos primeras vertebras cervicales y, después de una prolongada cirugía, su médula seccionada, incapaz de regenerarse, quedó lesionada de manera permanente y él sólo logró recuperar el movimiento de los dedos de su mano izquierda.

Como cuenta en las páginas de su libro, Fritz mismo dirigió su rescate y, con ello, comenzó la concatenación de coincidencias que garantizaron que él sobreviviera, que pueda hoy estar de pie, con un cuerpo dañado, pero útil y sensible, impartiendo lecciones de vida. El suyo fue un milagro que, aunque él no lo parafrasea así, fue resultado de la suerte o del destino, de una extraordinaria intervención médica a tiempo, pero, también, de una férrea voluntad que a costa de todo, hasta de sí mismo, se empeñó en encontrar resquicios de esperanza, se obstinó en luchar a contracorriente, desoyendo la voz de los expertos, para enfrentar aquel abrupto cambio de planes.

Tras los primeros días del accidente, creyó que nada podía ser peor. Era apenas el principio: quebró su negocio, se quedó sin un centavo, vivió endeudado, claudicó a la maestría, cayó en depresiones brutales, cuestionó y se peleó con Dios, naufragó su estabilidad emocional al ver a su familia en crisis y, lo peor, la dependencia fue absoluta. Perdió hasta el más nimio control de su cuerpo y de su dignidad.

En Sucedió en un instante, Fritz deja testimonio de todo lo acontecido: el accidente, el traslado de una deplorable clínica a Médica Sur, la exitosa cirugía a tiempo y con neurocirujanos que parecían hablarse al oído con Dios, el terror de los primeros días en los que padecía "sesiones de demencia" y deseos de suicidarse, el shock para asimiliar la parálisis, el bombardeo de fracasos diarios que minaban su autoestima, las clínicas de rehabilitación en Miami y Cuba, el llanto en la oscuridad, las cicatrices–trofeo que le permitieron ir liberando su cuerpo enjaulado. Su libro es la certificación de su paso por la vida. Del esfuerzo inaudito que puso en marcha para salir airoso del campanazo que atropelló su existencia.

Como si los años de lucha inaudita para revertir los daños físicos no hubieran sido suficiente, en 2005 padeció, además, la ignominia del sistema judicial mexicano. Los representantes de la Comisión Federal de Electricidad y de Comercial América, es decir José Luis, el chofer de la camioneta, y unos abogados gangsteriles de la aseguradora, se presentaron a los citatorios con la consigna de negarlo todo. Fritz, inocente como era, llego solo, ni siquiera contaba con un abogado. Creía que sus victimarios irían cuando menos a disculparse, y ello le hubiera bastado. El golpe judicial fue brutal. Tan inesperado como el camionetazo, pero quizá fue aún peor porque llevaba implícitas páginas preconcebidas de maldad e inmoralidad. Con sobornos de por medio, distorsionaron la verdad, culparon a Thompson de mentir y alimentaron un perverso clima de impunidad.

Lastimado por el cinismo y la arbitrariedad del sistema judicial mexicano —como si la tragedia que vivió no hubiera sido suficiente—, a Fritz, quien dedica gran parte de su tiempo a dictar magnas conferencias que cimbran a quien lo escucha, le llevó años perdonar.

"No soy héroe —asegura con humildad—. Yo no elegí esta historia. Un héroe decide, tiene capacidad, actúa con inteligencia y vence. Yo no. Simplemente la vida me puso ahí. Estaba acorralado, no he tenido otra opción más que luchar".

Fritz Thompson —hoy padre de Stefan, un pequeñito a quien dedica su libro— se ha fortalecido con la piedra que le tocó por cama. Cada instante de su vida y a costa de todo, se ha negado a ser estorbo, a provocar lástima. Opuesto a vivir atado a una silla de ruedas que otros empujen o que puedan colocar como maceta, enfrenta su suerte con valentía e independencia. Vive con la consigna de caminar erguido, sin queja alguna. Es ejemplo vivo de cómo la adversidad puede convertirse en cátedra de aprendizaje.

Sucedió en un instante se presentará el martes 2 de diciembre en el Foro Cultural Chapultepec a las 20:00 horas con la presencia de Gaby Vargas, Silvia Cherem, Nahúm de la Vega y el autor.