El Erebus o el Terror

Semáforo.
Semáforo
Semáforo (Especial)

Ciudad de México

Desde niño tengo un grabadito con dos barcos y el título: “HMS Erebus & HMS Terror”. Hace unos cuantos días, Stephen Harper, primer ministro de Canadá, quiso personalmente anunciar el descubrimiento de alguno de estos dos barcos, de la expedición de Sir John Franklin en 1845. Franklin buscaba el Paso del Norte: un corredor para que el poderío anglosajón pudiera acceder al control del Pacífico y asegurar la bonanza material y la bendición de occidentalizar a los salvajes.

Lo que sucedió con la tripulación ha sido cosa de misterios románticos. Hay una famosa balada que compuso Lady Franklin a su marido, el almirante, con tanto éxito que no ha dejado de cantarse desde aquellos días hasta Bob Dylan y Sinead O’Connor. Abundan las historias y leyendas sobre el destino de los marinos perdidos en el hielo: muertes trágicas, ya por inanición, ya por monstruos reales o ficticios: osos o esquimales sin civilizar. Y la discusión se reavivó cuando, en la década de 1980, otra de las tantas expediciones de búsqueda pudo dar con los restos momificados de algunos marineros que coincidían con las descripciones. Surgieron nuevas disputas y nuevas narrativas: muerte por escorbuto, por envenenamiento con plomo (los barcos llevaban una inmensa alacena de comida enlatada) y, nuevo horror: todo parece indicar que algunos intentaron sobrevivir recurriendo al canibalismo. Ya se había sugerido desde el siglo XIX, pero la mera mención del asunto produjo una recia polémica en los periódicos ingleses: ¿a quién se le ocurre que nuestros mejores hombres, quienes llevan la civilización, pudieran recurrir a prácticas de los salvajes?

Ambos barcos fueron una forma del heroísmo, la aventura romántica, la apuesta occidental por civilizar el mundo. La era en que las expediciones coincidían por completo con la soberbia moral expansiva, civilizatoria, del imperialismo. Julio Verne, por ejemplo, puso los dos barcos en boca del Capitán Nemo, quien los invoca justo antes de proclamar: “Pues bien, yo, el capitán Nemo, hoy, 21 de marzo de 1868, he llegado al polo sur a los noventa grados, y tomo posesión de esta porción del globo equivalente a la sexta parte de los continentes conocidos”.

Y así se refirió Conrad, quizá el más agudo crítico del imperialismo, a los dos barcos: el mar “ha conocido y ha servido a todos los hombres que han honrado a la patria, desde sir Francis Drake hasta sir John Franklin, caballeros todos, con título o sin título... desde el Golden Hind, que volvía con el vientre colmado de tesoros, para  ser visitado por su majestad, la reina, y entrar a formar parte de un relato monumental, hasta el Erebus y el Terror, destinados a otras conquistas, de las que nunca volvieron”.

Por lo pronto, las imágenes del sonar guardan una extraña poesía: vestigios derrotados de un antiguo orgullo, sumergidos en el frío. Y la asombrosa sinestesia de unas imágenes que traducen el sonido. Se dispara un sonido contra el objeto, para escucharlo, y el barco arroja sombras. Quiero enmarcar las imágenes del sonar y ponerlas junto a mi grabado.