"Statu quo"

Muchos arquitectos se han encontrado en la situación en la que tienen que optar por renunciar a un encargo o hacerlo de tal modo que resulte en un adefesio.
“No, preferiría no hacerlo”.
“No, preferiría no hacerlo”. (Especial)

México

La mayoría de las personas utilizan incorrectamente el latinismo status quo, cuya forma correcta es statu quo, que es una abreviación de la fórmula diplomática In statu quo ante, que se traduce al español como “el estado anterior de las cosas”. La frase se utiliza para describir la postura reaccionaria de las personas que no aceptan los cambios y luchan por restaurar las condiciones prevalecientes en el pasado.

El statu quo también está ligado al conformismo, en cuanto a que es la resistencia al cambio y la búsqueda de la preservación de los privilegios de clase. En la novela El gatopardo, escrita en 1957 por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el personaje clave, Tancredi, dice a su tío Fabrizio, un príncipe siciliano: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

En los medios profesionales como la arquitectura, muchos de los encargos y contratos emanan de las relaciones sociales y políticas de los arquitectos y, en gran medida, de la condescendencia que el profesionisa tenga respecto a los intereses de sus clientes. Es común escuchar la frase “el cliente siempre tiene la razón” para justificar los caprichos de los dueños de la tierra y los recursos para la construcción.

Muchos arquitectos se han encontrado en la situación en la que tienen que optar por renunciar a un encargo o hacerlo de tal modo que resulte en un adefesio. Por desgracia, la mayoría lo hará ya que sabe que si renuncia al trabajo alguno otro arquitecto lo hará en su lugar. En realidad la responsabilidad del arquitecto en cuestión sería exponer sus argumentos elocuentemente, para ayudar al cliente a darse cuenta de que cumplir su capricho le dañaría a él, en primer lugar, y después al contexto donde se edifique, por ejemplo, su falso castillo medieval.

En la literatura se encuentran fuentes inagotables de inspiración para la crítica. Por ejemplo, el cuento titulado “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville (publicado en 1896), relata un episodio bizarro en el que un amanuense comienza a trabajar en un estudio legal. Como sabemos, en el siglo XIX no existían las copiadoras ni impresoras, así que los documentos legales debían copiarse y transcribirse a mano. Bartleby es un hombrecillo que se niega a hacer su trabajo sin dar ninguna explicación a su jefe, y ambos se enfrascan en una relación distorsionada en la cual el empleado se niega educadamente a cumplir las órdenes de su patrón y éste no sabe cómo debe reaccionar.

El caso de Bartleby ha sido adoptado como ejemplo de la actitud correcta desde el punto vista ético y la integridad moral de quien, ante una solicitud absurda de un cliente, se atreve a responder: “No, preferiría no hacerlo”.