Solo estoy jugando

Cuando Dalí y Chávez empiezan a tomar partido cada quien por su lado, sentimos que traen unos fantasmas atroces —aquello que les sucedió antes de empezar la película—, que los lacera, que los ...
La autora no sabe qué nos quiere contar.
La autora no sabe qué nos quiere contar. (Archivo)

México

Al principio, cuando se muestra la frialdad de los personajes, no puede negarse que se vislumbra un gancho que parece va a inmiscuirnos en el suspenso, pues los protagonistas, los integrantes de una familia recompuesta, tienen un comportamiento extraño: apenas se hablan, no se comunican, son inhóspitos y huraños entre sí.

Cuando Dalí y Chávez empiezan a tomar partido cada quien por su lado, sentimos que traen unos fantasmas atroces —aquello que les sucedió antes de empezar la película—, que los lacera, que los perturba, que les impide ser.

Sin embargo, en el momento en que empieza a desarrollarse el segundo acto, nos damos cuenta de que no va a haber suspenso y que la película es un fraude, pues a la autora no le interesa indagar nada de nada y no va ir más allá de la superficie. Por eso los personajes nunca despegan y se quedan en simples actores que trabajan bien, lo que provoca que nos alejemos de la historia porque carece de conflicto y el entramado resulta fácil y obvio. La manera de comportarse de cada uno de los actores no está determinada por el personaje sino por la mano de la autora, que al final hace que todo vuelva a la “normalidad”, como si nada hubiera pasado, como si dijera: “Solo estoy jugando”.

Esta arbitrariedad dramática produce escozor, sobre todo cuando Pepino se encuentra la cartera llena de dólares en el pasillo del hotel y no tiene consecuencia alguna; el niño se gasta la mitad en dulces y la otra la esconde en el depósito del sanitario para que al final de la película Chávez, que no tiene un peso para pagar las vacaciones, se la encuentre y termine con su ensimismamiento. Los conflictos están bosquejados, no están concluidos, por eso no tienen ilación, típico de un guion en primer tratamiento.

Además de los problemas estructurales, la familia disfuncional que al principio pareció interesante, se pierde de manera vertiginosa porque su manera de comportarse se hace irreal, inverosímil; por ejemplo, cuando Chávez se liga con la mayor de las obviedades a las chavitas que traen ácidos, tampoco tiene consecuencia dramática. Entonces la autora nos vuelve a bisbisear al oído: “Recuerden, solo estoy jugando”.

Como están en la película, los acontecimientos muestran una enorme disfuncionalidad entre lo que la autora pretende contar y el resultado; por eso no es de extrañar el nombre de los personajes: Dalí, Pepino, Calzón, para que no se nos olvide que la autora solo está jugando con un conflicto que se desdibuja de manera grosera porque no sabe qué quiere contar.

Semana Santa (México, 2015), dirigida por Alejandra Márquez Abella, con Anajosé Aldrete y Tenoch Huerta.