Solecismos cinematográficos

El origen de una mala narración radica particularmente en el guión y empieza a herir la verosimilitud de los acontecimientos.
Mala sintaxis lleva a un fiasco.
Mala sintaxis lleva a un fiasco. (Especial)

México

La sintaxis cinematográfica está relacionada fundamentalmente con la escritura y realización de una película; es lo que Noël Burch llama raccord, es decir, su continuidad dramática y narrativa. Si en ese sentido se falla, se incurre en un solecismo, pues el origen de una mala narración radica particularmente en el guión —implica la estructura, la construcción de personajes, los diálogos y el género—, y empieza a herir la verosimilitud de los acontecimientos. Pero cuando el error se repite una y otra vez —cuando hay muchos solecismos—, la historia avanza a tropezones, se estanca y termina por morirse. Esto significa que el autor está perdido, que no sabe lo que quiere contar.

En 600 millas, desde la primera secuencia vemos el estilo que pretende el autor: el plano de desarrollo. De esa forma parece que vamos a ver la quintaescencia de los acontecimientos, de cómo la delincuencia mexicana, representada por el joven Arnulfo, compra armas a los gringos a través del joven Carson y las introduce de contrabando en el territorio nacional.

Pero la policía estadunidense los descubre, los sigue y decide atraparlos; aquí aparece el primer error en la sintaxis cinematográfica: el agente Harris intenta detener, él solo, a un par de delincuentes peligrosos, lo que lo convierte en un papanatas pues, con una facilidad que raya en la ridiculez, los delincuentes golpean a Harris dejándolo en un grado de inconsciencia tal que los solecismos llegan como en reacción en cadena. Empiezan porque el autor decide romper el plano de desarrollo y usar la elipsis para que el público no vea cómo el mexicano, ya sin ayuda de su compinche gringo, carga al agente de la policía, que es más alto y fuerte, lo amarra y mete abajo del asiento.

Este es el primer punto de inflexión de la película y que en lugar de amarrarnos nos provoca distanciamiento —aunque no de Brecht—, para confirmar que el estilo de la cámara se vuelve tan fútil como un “bonito” florero de plástico.

Así, 600 millas es un fiasco, sobre todo por el apoyo y recursos de producción que se utilizaron; solamente vemos una narración atiborrada de mala sintaxis, que se caracteriza por su desequilibrio formal y su incapacidad de relacionarnos un instante con el contenido, pues en la medida que se acerca el final —no tiene caso mencionar todas las incongruencias dramáticas y narrativas que titilan por su grandilocuente estupidez— reitera una y otra vez la retahíla de solecismos cinematográficos que la vuelven deleznable.


“600 millas” (México y Estados Unidos, 2015), dirigida por Gabriel Ripstein, con Tim Roth y Krystyan Ferrer.