[Semáforo] Sócrates contra San Pablo

Sócrates dice que las leyes le hablan, mientras que San Pablo dice que la ley mata y que el espíritu surge oponiéndose a la ley.
El filósofo griego ante la cicuta.
El filósofo griego ante la cicuta. (Jacques Louis David 1787)

Ciudad de México

La ley deja un tiradero de nociones que no se avienen bien. De origen, dos posiciones radicales han conformado la idea occidental del mundo y de la sociedad. Una versión de la ley, humaniza; la otra, anula a la persona. Por un lado, Sócrates, que se niega a huir de la prisión y de la condena a muerte por obedecer a las leyes; por el otro lado, San Pablo que repetidamente insiste, de modo muy enfático, en que la ley mata, y no por accidente sino porque de suyo asesina al espíritu. ¿A quién hacerle caso? A los dos. De distinto modo.

Sócrates dice que las leyes le hablan (también decía que le hablaban las cosas y que alguien dentro de las tripas, y se la pasó discutiendo con todo lo orgánico e inorgánico) y, en el diálogo Critón, le recuerdan: “nosotras te creamos y te nutrimos”. Es decir, que están en el hombre antes de que sea hombre y le ofrecen tres alternativas: coger sus triques y largarse a otro lado, obedecer o corregir a las leyes cuando no hagan algo bello (eso dice: “bello”).

La ley de Sócrates no está traída de los pelos. Por ejemplo, hay una normatividad en el hecho mismo de hablar. El lenguaje es un sistema de normas que están fuera de mí y entiendo, o me hago entender, porque llevo a cabo sus reglas: obedezco la autoridad de la lengua. Se puede intentar corregir la norma lingüística: lo hizo Juan de Valdés, lo hizo James Joyce. Se puede cambiar la escritura: lo intentaron Bello, Sarmiento y Shaw, o se puede uno mudar con todo y triques a otro paraje: Juan Luis Vives prefirió el latín al español; Joseph Conrad, el inglés a su natal polaco; Beckett se refugió en francés de la ominosa influencia de Joyce, su jefe, su suegro, su bestia negra.

No es que el lenguaje surja conmigo. Desde luego, me antecede. Cuando un niño (esto es de Piaget) dice algo como “yo sabo”, no está repitiendo algo que hubiera escuchado, sino que llevó a cabo una operación correcta: conjugó un verbo según la norma. Ya luego resulta que hay verbos irregulares, pero él operó la regla de modo inteligente, adecuado y, además, se dio a entender. No es que el lenguaje se adquiera sumando partes, copiando cosas escuchadas y repitiéndolas. Se da de pronto, como estructura, como la conformación misma de la conciencia y la inteligencia. La norma está desde el principio y coexiste con el habla.

San Pablo dice que la ley mata y que el espíritu surge oponiéndose a la ley: “Hemos quedado emancipados de la ley, muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos según un espíritu nuevo y no según un código anticuado” (Romanos, 7, 5-6). Se refiere a la norma que cae como lápida; esa ley ante la que cabe solamente rebelarse para no ser un esclavo, un zombi. El ciudadano existe desde la rebeldía ante la norma opresiva (y no hago apología de la violencia: pienso en Thoreau, Tolstoi, Gandhi, que convirtieron la rebelión y la desobediencia en reparación de lo humano). Las leyes, cuando no renuevan la participación de sus ciudadanos, se vuelven opresión e injusticia.

Pero explíquele eso al gobierno o a la CNTE, que se rompen sus respectivos hocicos por un poder que, de hecho, es lo contrario de la ley.