Skype y la nostalgia

Londres multicultural.
Nostalgia
Nostalgia (Especial)

Ciudad de México

Solía considerarse que la nostalgia era una enfermedad. Una palabra con una etimología refrescantemente segura, que fue acuñada por un estudiante de medicina suizo, Johannes Hofer, quien en 1688 unió dos palabras griegas —“nostos” por llegar a casa y “algos” por dolor— para describir “una enfermedad neurológica de causa esencialmente demoniaca”. El suizo también la conocía como mal du Suisse o Schweizerheimweh, que luego se tradujo al inglés como la nacionalmente poco específica homesickness, en español añoranza o nostalgia, un mal mental y físico que se daba especialmente en los soldados suizos en ejércitos extranjeros. Fue a estos mercenarios, que combatían en las tierras bajas de Francia e Italia, y que extrañaban los picos y valles de su país natal, a quienes Hofer les aplicó esta impresionante palabra nueva. ¿Dolor de estómago, fiebre, ansiedad, dolor de cabeza? Ahora, en lugar de culpar al agua contaminada, al cambio de dieta o al sonido de los mosquetes, los médicos militares diagnosticaban nostalgia: una añoranza por el pasado, y no de una manera general y sentimental (significado que se le tiende a dar hoy en día), sino por una época y lugar específicos, en este caso, como aquel en el que el paciente podría haberse despertado con el sonido de los cencerros de las vacas.

El piso de arriba de un autobús número 19 de Londres es un buen lugar para buscar los sonidos de la nostalgia, aunque por supuesto uno nunca puede estar totalmente seguro. La conversación telefónica que dura la media hora que tarda el transporte de Tottenham Court Road hasta Finsbury Parl podría ser sobre cómo la tía preparaba en cuscús en el High Atlas, en Marruecos, pero también podría ser sobre el factor X o física nuclear. Somalíes, bengalíes, rusos, búlgaros, moldavos, latvios: el nativo insular promedio de habla inglesa que viaja en el autobús 19 puede escucharlos con facilidad a todos, y a más, sin comprender una palabra.

Sin embargo, no importa de qué estén hablando los pasajeros del autobús, hablan con alguien que comparte su idioma y, probablemente, sus costumbres, tradiciones y país, vivan en él o, como su interlocutor al teléfono, hayan emigrado a lo que queda de los distritos más baratos del norte de Londres. Entonces surge una pregunta interesante: la tecnología, como por ejemplo los teléfonos celulares, Facebook, Skype, etcétera, ¿ha reducido la nostalgia, o la ha aumentado? ¿Dan todos estos medios de comunicación la ilusión de estar cerca, o entristecen al que llama recordándole cruelmente lo que ha dejado atrás?

A esta pregunta, y a otras similares, se les ha dedicado más consideración de la que se imagina en las universidades. Los investigadores de la Universidad de Southampton, por ejemplo, han desarrollado la Escala de Nostalgia Southampton, una medida universalmente aceptada que fue producida a partir de una lista estándar de preguntas tales como “¿Específicamente cuán a menudo recuerda experiencias nostálgicas?”. Las respuestas de opción múltiple van de “al menos una vez al día” hasta “una o dos veces al año”. Como la universidad define la nostalgia como “un recuerdo agradable, personalmente significativo”, me parece inconcebible que tales recuerdos puedan ser racionados por cualquier ser humano a una vez a la semana, mucho menos a una vez al año. Y, sin embargo, como señaló recientemente la profesora de historia Susan J. Matt en el New York Times, ciertos tipos de personalidad moderna prefieren suprimir o eliminar las remembranzas.

Matt siente que la persistencia de la nostalgia muestra las limitaciones de la filosofía cosmopolita que “celebra al individuo solitario y móvil, y que imagina a los hombres y mujeres fácilmente separados de la familia, el hogar y el pasado”. Podría ser así, pero eso parece ser poco para frenar la urgencia migratoria. Recientemente, una Encuesta Mundial de Gallup sugirió que 630 millones de adultos, o 14 por ciento de la población adulta del mundo, se mudaría al extranjero permanentemente si tuviese la oportunidad, mientras que 1.1 mil millones más se mudarían temporalmente si les ofreciesen un empleo mejor remunerado.

El multilingüismo del autobús de Londres solo seguirá creciendo. Para muchos londinenses, incluyéndome a mí, sigue siendo la manifestación más obvia de la gran ciudad multicultural en la que se está convirtiendo Londres. Hace 20 años, la diferencia se medía de acuerdo a la apariencia de la gente. Con las tarifas baratas para llamadas telefónicas y por el celular, se ha convertido en una cuestión de sonido.

Para aquellos de nosotros que estuvimos aquí antes, se presenta otro tipo de nostalgia. Recordamos los años pre-Babel, cuando el piso de arriba estaba nublado por el humo de los cigarrillos y lleno de pasajeros que, si hablaban, se limitaban a hacer breves comentarios sobre el futbol o el clima.

Este tipo de nostalgia, por la manera en la que éramos, puede ser el semillero del nacionalismo más estrecho y, por lo tanto, debemos tener cuidado. Para cualquiera que se haya sentado por media hora detrás de alguien que grita en ruso, sin embargo, el recuerdo de hombres con sombrero, tosiendo silenciosamente sobre sus cabrestantes, puede parecer tan seductor y fuera del alcance como el sonido del cencerro de una vaca para el soldado suizo que atraviesa una planicie plagada de mosquitos. ¡Qué grandes días fueron aquellos! Todo era familiar, sutil y poco saludable; el tipo de cosas que, a diferencia de los cencerros, jamás volveremos a ver.


(c) The Guardian

Traducción: Franco Cubello