Shakespeare en Ayotzinapa

El Santo Oficio.
El Santo Oficio.
El Santo Oficio. (Especial)

Ciudad de México

Tímido, como siempre, el cartujo cruza el umbral del Teatro Jiménez Rueda para ver la puesta en escena de Coriolano, el drama de Shakespeare dirigido por David Olguín. Ocupa un lugar en la parte más alta de la sala y tres horas después sale a la lluvia y al viento con la certeza de haber visto la representación de la actual tragedia mexicana. No importa si la obra fue escrita alrededor de 1606 en la Inglaterra isabelina, tampoco si la acción transcurre durante la república romana, en el siglo V antes de nuestra era. La impresión es brutal: la sangrienta lucha por el poder, los políticos corruptos y cínicos, el pueblo menesteroso como veleta de intereses ocultos e infames, todo parece estar sucediendo en este momento en el México de Ayotzinapa.

Coriolano fue un guerrero implacable y victorioso —vencido solo por la soberbia. "Un individuo con terror a disolverse en la colectividad", escribió Olguín en el suplemento cultural Laberinto. Por eso enfatiza su desprecio por ella y la llama, entre otras cosas, "manada pestilente".

Coriolano y el pueblo, sin embargo, comparten la misma maldición: son víctimas de políticos aviesos, quienes desde la oscuridad mueven los hilos de la intriga y aprovechan sus debilidades. En Coriolano su orgullo y el edípico amor por su madre; en el pueblo su perenne indigencia, la desesperación ante el hambre, el deseo de ser escuchado.

Los patricios son arrogantes; los representantes populares, cobardes y tramposos, confabulan y mueven a la muchedumbre sin exponerse ellos mismos, como seguramente sucedió con quienes enviaron a los estudiantes de Ayotzinapa al matadero de Iguala, ese botón de muestra de un sistema tan podrido como injusto. Lo acontecido en Iguala no tiene nombre, como no lo tienen quienes medran política, social, informativamente con la tragedia, quienes permiten o se solazan con la barbarie de estos días de luto.

Coriolano exhibe el abismo entre las clases sociales, la lucha por el poder, el empeño de la comunidad por tener voz en las decisiones públicas. Esto —dice Olguín— "permite desentrañar temas del presente en sociedades como la nuestra y otras de Latinoamérica: ¿qué tanto puede resistir una democracia los embates de un pueblo hambriento?, ¿cómo se gestan, en un clima de manipulación política, la tentación autoritaria y el divorcio entre el pueblo y el círculo gobernante?, ¿en qué medida las democracias frágiles se convierten en objeto de manipulación, tanto de caciques que mangonean al humilde como de poderosos intereses económicos que quieren gobernar sin ciudadanos".

Producida por la Compañía Nacional de Teatro, Coriolano reitera la absoluta actualidad de Shakespeare, la manera como devela las pasiones humanas, entre ellas la ambición desmedida. Al hacerlo construye el espejo de una realidad de incomprensión, odio y violencia. Dios nos agarre confesados.

Queridos cinco lectores, turulato y medroso como los políticos y las autoridades de este país, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.