Sexo, juego y comida, las adicciones no reconocidas

El Inegi no las considera como tales en la encuesta nacional, pero son obsesiones enfermizas con las que muchos mexicanos lidian cada día.
Cuando una mujer llega se le practica un diagnóstico para saber si es codependencia, abuso sexual o depresión profunda.
Cuando una mujer llega se le practica un diagnóstico para saber si es codependencia, abuso sexual o depresión profunda. (Moisés Butze)

México

Estela es una mujer que vive contemplando su pasado: "Tengo una adicción a relacionarme con personas destructivas; estuve con un tipo que me hizo mucho daño, me quitó todo... lo peor es que yo sola se lo entregué: casa, negocio, dinero y me alejó de mi familia". Durante dos años creyó estar enamorada, en ese tiempo "destruyó mi vida completamente y me aisló, era muy violento, por poco me mata".

En entrevista con MILENIO desde el albergue para mujeres Camina Segura A. C. —ubicado en la Gustavo A Madero—, Estela dijo: "Viví en esos dos años lo que no viví en toda mi vida: no podía alejarme de esa relación, era una adicción".

Situaciones como la descrita no son raras en México; sin embargo, para el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) éstas no existen. "En la Encuesta Nacional de Adicciones (ENA) los codependientes, ludópatas, comedores compulsivos o adictos al sexo, simplemente no existen: no hay números. No sabemos cuántas mujeres viven a diario violencia y tienen esa adicción", destacó la especialista de la Facultad de Medicina de la UNAM, Teresa Rubalcaba. Señaló que la ENA solo reconocen tres: tabaco, alcohol y drogas. No hay más.

Otro caso es el de Elena, una mujer joven e hija de un hombre alcohólico y drogadicto. Después de un tratamiento de tres meses en el albergue Camina Segura, afirma que ya dejó su adicción al alcohol, cocaína, alucinógenos, peyote, hongos, mariguana, anfetaminas y "toda clase de sustancias, menos inhalantes".

La frase "tú decides si te mueres o vives", dicha por su hermana, la llevó a reflexionar y dar marcha atrás: "Ya no podía hacer nada de mi vida (...) No tenía empleo y me había retirado de mi familia".

Otra situación es la de Angelina, una mujer bulímica. Arquitecta de profesión, lleva 10 años en el Grupo Fortaleza y Vida de Comedores Compulsivos; la llegada de las fiestas de diciembre le significa un terror.

Ella anhela estar hecha "un huesito". Dice estar segura que nunca dejará de ser comedora compulsiva. Recuerda las noches o madrugadas que, con engaños, salía de su casa, agarraba el auto y se iba a comprar muchas cosas para comer; "me acababa todo en una sentada", dice.

La psicoterapeuta de la Asociación Mexicana de Alternativas en Psicología (Amapsi), Cecilia Quero, recordó que las personas con adicciones al juego, sexo o comida tienen un factor común: "Van limitando su vida afectiva, tienen problemas de vinculación y son solitarias". Hay rasgos en común con otras adicciones: un ludópata o adicto al juego "tiene un problema de control de impulsos (...) la incertidumbre los coloca en un estado de ansiedad de querer poner a prueba la suerte. Hay quienes incluso apuestan a su mujer".

En cuanto a los comedores compulsivos, explicó que tienen "hay vacíos emocionales, dificultades para el manejo del estrés. La conducta de comer es provocada por éste. Es una conducta que tiene raíces a nivel emocional: las personas experimentan vacíos, pero no identifican que no son del estomago, sino emocionales".

Las instalaciones de Caminar Segura son grandes y limpias. La propietaria de la casa, Paulina Segura Nieto, refiere que su padre fue alcohólico y drogadicto, de ahí que hayan decidido convertir esa casa de 50 años en un centro de atención para mujeres.

El inmueble cuenta con 10 cuartos, sala de usos múltiples, gimnasio, biblioteca, cuarto de televisión, comedor, sala de terapia individual y otros. Todo con una capacidad para 45 mujeres que tienen varias adicciones.

Para su directora, Susana Lira Volpi, un adicto pasa por lo menos siete años en darse cuenta que requiere ayuda. En ese camino "se va deteriorando su relación con los suyos, suceden cosas que no deben pasar. En el momento que las familias detectan el problema y hacen algo al respecto todo cambia".

Cuando una mujer llega se le practica un diagnóstico para saber si es codependencia, abuso sexual o depresión profunda; muchas veces "su trastorno de base es la adicción".

Sandra es profesionista, pero ninfómana o adicta al sexo; se dio cuenta cuando en un fin de semana tuvo relaciones "durante más de 24 horas con tres hombres; creía que eso era normal".

Mientras se arreglaba el maquillaje confesó: "Me subía al Metro y buscaba con los ojos con quien ligar" (todo acababa en sexo). Una vez un hombre me paró en seco y me dijo: 'podemos ser amigos', pero yo le dije, 'claro, por qué no me das un beso, ahora'" y terminaron en el hotel.

Por las noches, al llegar a su casa, se metía a su cuarto y prendía la computadora para buscar pornografía: "Había noches que no dormía o salía en busca de algo real".

Entrevistado por MILENIO, el sexólogo clínico y psicoterapeuta David Barrios Martínez afirma que los adictos al sexo "describen una práctica frenética sin que el resultado final sea agradable; al inicio es placentero una, otra y otra pareja, o se involucran en una actividad masturbatoria frecuente o con material pornográfico"; sin embargo, los hombres y mujeres que pasan por ese tipo de adicción "requieren más dosis para obtener el mismo resultado: muy a menudo, en vez de placer, se sienten con ansiedad y pesadumbre. Ya no se fijan en la calidad, sino en el número de orgasmos. El resultado final no es satisfactorio".

En la consulta los adictos manifiestan "vergüenza y culpa, afirman que lo que hacen es pecaminoso. El especialista criticó a los grupos de autoayuda llamados Adictos al Sexo Anónimos, ya que "no son eficaces, introducen elementos de culpa asociados a religiosidad y no ven un problema de la salud, sino de moral individual".