[Semáforo] Inteligentes y asesinas

Hay sucesos que retan nuestra cómoda manera de concebir el mundo y nos confrontan con algo muy semejante a lo que hacemos, pero no sabemos nombrar y, a veces, ni describir correctamente.
Semaforo
(Archivo)

Ciudad de México

La especie humana sobrevivió gracias a su capacidad de ejercer violencia de modo inteligente y coordinado. De suyo, el mono desnudo resulta débil y lento para sobrevivir como depredador. Muchos animales sobreviven no por su fuerza o capacidades como ejemplares sino por su coordinación como grupos. Esto significa una simultaneidad instintiva o alguna forma de comunicación. Aunque no sabemos si las danzas de las abejas son reacción bioquímica o comunicación, desde luego, en el caso de los primates y los delfines, por ejemplo, no queda duda: se comunican, y sofisticadamente.

Ahí está Koko, la gorila que aprendió a usar el lenguaje de señas de los sordomudos. No solo fue capaz de repetir sustantivos asociados a objetos, sino de generar expresiones por completo propias (“nombrar” un anillo con dos signos: “brazalete” y “dedo”). En la generación siguiente, según Sue Savage-Rumbaugh, Kanzi, un bonobo, fue capaz de aprender algunos signos con videos de Koko; es decir, como dice Aristóteles que se aprende: por mímesis.

Pero no resulta nada sencillo averiguar qué hay de naturaleza, o instinto, y qué de, digamos, cultura en la comunicación animal. Y no me refiero a las comunicaciones con humanos sino a que cada especie participa de algo distintivo, significativo, que no obtiene por naturaleza y que por ejemplos, muestras y formas de la imitación transmiten a las generaciones siguientes. Eso es cultura, por más que nos desafíe la noción.

Hay sucesos que simplemente retan nuestra cómoda manera de concebir el mundo y nos confrontan con algo muy semejante a lo que hacemos los humanos, pero no sabemos nombrar y, a veces, ni describir correctamente. Me refiero a una serie de videos muy semejantes (quizá el mejor sea este: en YouTube, busque: “Killer Whales ‘Gang Up’ To Capture Seal”). Se trata de grupos de orcas (que son delfines grandotes, y no ballenas) que se reúnen para —¿qué?: ¿Cazar, educar jóvenes, jugar, divertirse? Dígalo usted.

El caso: varias orcas localizan un témpano flotante, ocupado por una foca; empujan y aíslan el bloque de hielo. Y empieza lo indescifrable: hay una orca joven, que parece estar de mirona y aprendiz. El resto, unas cuatro adultas, se sumerge en el agua y, al mismo tiempo, con coordinación perfecta (cosa que indica comunicación y precisión), embisten contra el témpano; emergen y vuelven a sumergirse, creando una ola —y utilizan la ola para desplazar, para barrer a la foca del hielo y empujarla al agua: procesos deductivos, noción de causa y efecto: ¿tal cual lo que reconocemos en nosotros y llamamos inteligencia? Y, encima, permiten que la foca regrese al témpano y repiten la operación: ¡están educando a la orca joven! Comunicación, uso de herramientas (y líquidas), procesos de enseñanza y aprendizaje. Desde luego: inteligencia. Pero queda una duda: ¿hay ahí una conciencia individual? Quizá no sea suficiente una inteligencia, sino la noción clara de que mi inteligencia es insuficiente: la conciencia surge —dice Douglas Hofstadter— cuando alguien es capaz de hacer una pregunta: cuando la inteligencia sabe que algo no sabe: con la ignorancia.