[Semáforo] Contra el Espíritu del Mundo

El famoso general Von Clausewitz, que combatió en Jena, nunca dejó de admirar la capacidad de Napoleón para lograr dos cosas: el entusiasmo popular y el modo en que se hizo de absolutamente todos ...
Napoleón
(Cortesía)

Ciudad de México

Hegel vivía en Jena cuando Napoleón Bonaparte la invadió, la derrotó y la puso de rodillas. El día mismo de la llegada del Emperador, le escribe a su amigo Niethammer: “He visto al Emperador —el Espíritu del Mundo— cabalgando...”. Weltgeist es la palabra alemana; describe a un espíritu que no está sobre la tierra sino que mueve, anima, resume la voluntad de la tierra. Hegel admiró al destrozador de su propia ciudad, un poco por coherencia con su visión de la historia, otro poco porque el poder lo trabajaba mal desde las entrañas y admiraba al gran hombre, capaz de transformar la gran Historia.

No se trata de una alucinación de filósofo ebrio. El famoso general Von Clausewitz, que combatió en Jena, nunca dejó de admirar la capacidad de Napoleón para lograr dos cosas: el entusiasmo popular, que le aportaba una muy superior capacidad de fuego, y el modo en que se hizo de absolutamente todos los recursos del Estado. La guerra había cambiado de escala y, con ella, el Estado —que, según Hegel, “es la realidad de la idea ética” y “lo racional en sí y para sí”... Todavía seguimos pagando peaje a semejantes monstruosidades. No solo a la repetidamente absurda idea del Estado sino a la intuición que, desde el siglo XIX, vende la historia como producción de los grandes hombres que encarnan en sí mismos, el supuesto “Espíritu del Mundo”.

Las instituciones nacionales están concebidas aún al modo napoleónico, pero la ciudadanía ha cambiado por completo de lugar. Primero, ya no es verosímil la aparición de ese gran caudillo que se identifica a sí mismo con la Historia (y donde aparece, resulta anacrónico); segundo, el ciudadano actual ya no puede ver en el Estado la racionalidad pura ni la encarnación de su propia voluntad ni, mucho menos, la realidad ética. Hoy el Estado se percibe como cuna de la corrupción. La historia se ha despersonalizado; o más: el individuo se ha multiplicado millones de veces hasta que equivale a nadie en particular. El caudillo fue sustituido por la burocracia; el tirano, por una maquinaria jurídica; el héroe, por una masa enojada.

La ciudadanía se halla todavía en la madrugada de una nueva era. Quizá ya no vuelvan a ser posibles durante mucho tiempo aquellos sujetos hito, aquellos individuos que encarnaron el Espíritu del Mundo, o que se identificaron a sí mismos con la Historia. Puede parecer triste, pero es lo contrario. Digo que es mucho mejor la actitud, ésa sí contemporánea nuestra, de aquel sujeto mal educado, mal vestido y sin peinar: Ludwig van Beethoven admiraba, igual que Hegel, a Napoleón. Lo vio como un héroe del pueblo y le dedicó su 3ª Sinfonía, llamada “Heroica”. Cuando Napoleón se coronó, Beethoven borró la dedicatoria, con tal furia, que agujeró la partitura. Entendió algo más importante y más profundo de lo que pudieron ver el general o el filósofo: nada peor que confundir el afán de libertad con la avidez de poder. (Y recomiendo la visita guiada que Michael Tilson Thomas hace por la partitura de la “Heroica”: http://video.pbs.org/program/keeping-score).


PIE DE FOTO


Napoleón revisa la Guardia Imperial en la batalla de Jena, Horace Vernet, 1836.