La cultura y el Segundo Informe /I

Asegurar el acceso a la cultura de los ciudadanos no puede pasar por la estadística que igual suma un evento patriótico con bailables que una función de ópera.
80% de los mexicanos no conoce un museo.
80% de los mexicanos no conoce un museo. (René Soto)

México

Al calor del segundo Informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, una serie de investigadores universitarios fueron entrevistados por El Universal respecto al programa México, Cultura para la Armonía. La mayoría coincide en que la gastada moneda de la reconstrucción del tejido social a través de la cultura no puede ejercitarse sin una comprensión de los contextos de cada región del país y de las características socioculturales. También coinciden en que para hacer eficaz tal iniciativa se requiere de un trabajo desde abajo, desde las comunidades, y no de trasladar la alta cultura a través de actos (a veces conciertos populistas con, por ejemplo, Miguel Bosé, con costos de 7 millones de pesos) que engorden una numeralia que no necesariamente refleja un impacto real en la sanación de poblaciones golpeadas por la brutalidad de la violencia y la desigualdad. Para Alfredo Nateras, investigador de la UAM Iztapalapa, “son decisiones cupulares y a veces son acciones desarrollistas, populistas y paternalistas”. Y agrega que “hay que incorporar a la sociedad civil, a los distintos actores de la comunidad que va a ser beneficiada por tales políticas o programas”.

En el documento del informe se da una cifra alegre (si bien se anuncia preliminar) de 85 millones de personas beneficiadas. En la Encuesta Nacional sobre Consumos Culturales de 2012 ya se daban números optimistas que no se reflejan en la realidad de un país en el que más de 80 por ciento de la población nunca ha entrado a un teatro o a un museo. Asegurar el acceso a la cultura de los ciudadanos no puede pasar por la estadística que igual suma un evento patriótico con bailables que una función de ópera. Si se calcula que el promedio de lectura es de 0.5 a 1.5 libros al año, no podemos engañarnos respecto a las urgencias de este país en el binomio (o pleonasmo) educación-cultura.

Hace año y medio escribía en esta columna: “Existen iniciativas cruciales en trincheras diversas (que han sido ampliamente documentadas en libros y revistas) de cómo el teatro hecho con presos, niños de la calle, madres solteras, comunidades vulnerables, niños maltratados, discapacitados, adultos mayores y un largo etcétera contribuye a la integración de las comunidades. También hay testimonios importantes de cómo en países en guerra o tras una dictadura el teatro (y otras artes) ha sido central en la reconstrucción del tejido social. Los promotores de estas experiencias poseen un conocimiento y dominio sobre el campo de batalla que solo han podido detener la falta de políticas de mediano y largo plazo”.