Detrás del mundo no hay nada

Murió la caballería y en la Segunda Guerra Mundial la crema y nata de la nobleza europea, los lanceros polacos, sucumbirían todos contra los panzers de Hitler. 
Zamora
(Cortesía)

Ciudad de México

Por años me siguió esta imagen: un hombre corre para salvar a su amigo. Lleva la orden de detener el ataque cuerpo a cuerpo contra las metralletas. Gallipoli (Peter Weir, 1981) es la historia del fin de una civilización que creyó en los héroes. El grito desamparado al momento final es el de una generación que vio a los ojos un mundo en que no habita Dios.

Y es que no hubo adiós a las armas. En esta película, Farewell to Arms (Frank Borzage, 1929) aun el amor es amargo. Solo Borzage fue capaz de poner en cine esta historia de amores turbados. Él la abraza, ella muere y aunque se firma el armisticio no hay nada. Basado en la novela de Ernest Hemingway, Borzage dirige a Gary Cooper y a Helen Hayes en esta escena memorable: él la seduce en la oscuridad y descubre con sorpresa que era virgen. No importa que los críticos de su tiempo hayan calificado a Adiós a las armas como melcochosa y banal. La pérdida de la virginidad de esta enfermera inglesa no parece casual: algo sucedió. Algo sangriento que quitaría a las nuevas generaciones de Europa la ilusión de que se puede ser inocente.

Como sea, en el límite de la experiencia guerrera (que tanto se parece a la experiencia estética) podemos gozar como Albert quien después de un trayecto que dura toda la vida, más allá de los campos con gas mostaza, puede al fin encontrarse con Joey, su caballo de guerra. En War Horse (Steven Spielberg, 2011) las imágenes resultan macabras con todo y final feliz. Murió la caballería y en la Segunda Guerra Mundial la crema y nata de la nobleza europea, los lanceros polacos, sucumbirían todos contra los panzers de Hitler. El encuentro de Albert con su caballo dura muy poco.

Senderos de gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1957) está basada también en una historia real en que la contradicción bello/horrible resulta siniestra, ominosa. Kubrick anuncia también los métodos de castigo que harán famosos los nazis. En la Primera Guerra Mundial, los franceses actualizaron un viejo método de sanción y deshonor contra los soldados cobardes: escoger a tres y castigarlos por todos. Matar para castigar al otro. El reverso total de la civilización cristiana (que presume el ideal de que hay que morir para salvar al otro) comenzó también en la Primera Guerra Mundial.

Así ha sido el ir y venir de una cultura que no pudo encontrar salvación ni en el oro ni en el arte ni en la liberación de ataduras feudales. El progreso no llevó a Europa para adelante y Estados Unidos… Ellos presumen que sí, que hay algo como el río que navega Charlie en La reina africana (The African Queen, John Huston, 1951). Hay al final del río un encuentro. Los amantes se salvan de la condena de muerte. Los amantes pueden abrazarse y hay una explosión. El cine y la guerra dan sentido al mundo del caos pero justamente lo que más llama la atención en La reina africana es la vejez de los mitos. Humphrey Bogart y Katharine Hepburn se ven ya cansados. También las estrellas de cine se cansan y mueren aunque en el cine y el arte de Huston a veces se imagine que detrás de la ventana espera el Final Feliz.

No lo hubo, a decir verdad. Europa se llenó de listones de luto, tullidos y enfermos mentales. La mariposa que trata de alcanzar Paul hacia el fin de Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930) pareciera simbolizar la psique. En la iconografía clásica la mariposa representa el alma, ese inconsciente que no se repara. Freud descubriría muchas cosas con los enfermos que dejó la Primera Guerra Mundial: descubrió que no había mitos ni La gran ilusión (La Grand Illusion, Jean Renoir, 1937). En la película de Renoir, el futuro es brumoso. Una inmensidad blanca en la que acechan los enemigos. Se acabaron los hombres como Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, David Lean, 1962), héroes capaces de levantarse contra un imperio aun a sabiendas de que a artistas, estrellas, escritores y soldados nos espera el mismo final.