[El Santo Oficio] Los taxis de Mancera

Con los años el monje ha comenzado a valorar la oportunidad de las remembranzas, los pasaportes a la nostalgia expedidos por los gobernantes del Distrito Federal,
El titular del GDF.
El titular del GDF. (Archivo)

Ciudad de México

Al finales de los cincuenta el cartujo tenía un vecino a quien llamaban Chucho Taxis. Divertido, alburero, buen jugador de futbol, era el encargado de lavar diariamente los carros de alquiler de su familia: dos impecables cocodrilos. Eran carros de ocho cilindros, amplios, con carrocería impresionante. A quienes lo ayudaban, les concedía el privilegio de subirse en ellos. Los más esforzados podían incluso sentarse en el asiento del conductor, prender la radio e imaginar ir conduciendo a gran velocidad, aferrados al volante y haciendo con la boca el sonido de un potente motor.

Un día desaparecieron los cocodrilos, de color verde y negro con triángulos blancos en medio, y en su lugar llegaron dos cotorras, con el toldo amarillo, una línea ondulada en el centro y la parte inferior pintada de negro. Poco después, la familia de Chucho Taxis se fue de la colonia y durante mucho tiempo sus ayudantes no volverían a subirse a un auto de ningún tipo. Ni falta les hacía, tenían la calle y la habilidad para viajar de mosca en los camiones, para jugar y divertirse con cualquier cosa.

Con los años el monje ha comenzado a valorar la oportunidad de las remembranzas, los pasaportes a la nostalgia expedidos por los gobernantes del Distrito Federal. Por ejemplo, sin la sabia decisión de Miguel Ángel Mancera de cambiar nuevamente el color de los autos de alquiler, nunca se habría acordado de Chucho Taxis y muchos menos de aquellos días cuando se soñaba Moisés Solana sobre un carro estacionado.

En México, ciudad de papel, Gonzalo Celorio habla de las incesantes destrucciones de nuestra capital. Los atentados contra ella comienzan con la Conquista y continúan hasta la fecha. En aras de una quimérica modernidad —dice Celorio— se destruyen barrios y edificios. Podríamos agregar: también se cambia el nombre a las calles y el color de los taxis. Desde el poder —como bien lo saben Mancera y sus antecesores— se combaten la identidad y la memoria.

En todo el mundo se reconocen los taxis de Nueva York, sus colores y diseño están patentados y nadie en ningún lugar puede utilizarlos impunemente, son parte de la escenografía neoyorkina, lo han sido desde hace muchos años y a ningún alcalde se le ha ocurrido la tontería —el monje iba a escribir “la estupidez”, pero sus buenos modos se lo impidieron— de modificarlos. Lo mismo sucede con los black cabs en Londres, donde los taxis puede pintarse de cualquier color, pero esos autos negros representan una larga tradición respetada por gobernantes orgullosos de su pasado, de los símbolos su ciudad.

Para un despistado como el cofrade, es imposible acordarse de la enorme paleta de colores desplegada en los taxis del Distrito Federal desde su lejana infancia, aunque siempre tiene presente la incapacidad de las autoridades para resolver el problema del transporte público, el mal servicio, la peregrina idea de querer arreglar las cosas a brochazo limpio.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.