[El Santo Oficio] El mito genial del río Sonora

El autor de “Escritorio de negocios” derrumba el mito de una tragedia ecológica por el derrame de 40 mil metros cúbicos de sulfuro de cobre acidulado en el río Sonora, provenientes de una mina del ...
Río
(AFP)

Ciudad de México

Antes de poner el grito en el cielo, el cartujo limpia sus lentes de fondo de botella y se pone gotas lubricantes en los ojos. Como si fuera una penitencia, lee por tercera ocasión la columna de Carlos Mota en El Financiero y exclama: ¡Gracias, Dios mío!

Nunca nadie lo había iluminado tanto. En unas cuantas líneas —17 para ser exactos— el autor de “Escritorio de negocios” derrumba el mito genial de una tragedia ecológica por el derrame de 40 mil metros cúbicos de sulfuro de cobre acidulado en el río Sonora —también en el Bacanuchi, pero a éste no lo menciona el señor Mota—, provenientes de una mina del Grupo México.

Teórico de la inutilidad de la literatura y la filosofía y un auténtico mártir en la cruzada contra las universidades públicas, en un texto de marzo de 2008 en MILENIO Carlos Mota no se anduvo por las ramas cuando escribió: “¿Qué perspectivas profesionales tiene un joven que estudie en la Facultad de Filosofía y Letras o en la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM? ¿Podría ser contratado en empresas como Unilever, Nokia, Sony o Cemex? ¿Querría? ¿Está preparado para agregar valor económico o para generar empleos?”.

¿Y los músicos, los pintores, los escritores, los bailarines, los creadores en general sirven para algo? ¿Podrían perforar pozos petroleros o lanzar cohetes en la Nasa?, preguntó en aquel tiempo el monje, alentado por el incendiario discurso del columnista poseído por el espíritu indomable de Frederick W. Taylor, el célebre impulsor de la administración científica.

Cuando la contaminación de los ríos sonorenses es un escándalo en el mundo y el propio Grupo México, propiedad de Germán Larrea, ha reconocido la gravedad del asunto, Carlos Mota se pone nuevamente en la piedra de los sacrificios y sin importarle nada —ni las críticas ni los ataques y menos aún su inexistente prestigio—, despeja las tinieblas y pone el dedo en la llaga cuando desmiente a los revoltosos de siempre al afirmar: “Si un empresario sabe guardar secretos, ése es Germán Larrea, que hoy es más visible por el tema del río Sonora y el derrame ahí vertido de solución acidulada de sulfato de cobre; accidente que se está atendiendo con una cantidad de recursos cuantiosa, pero que ha despertado peculiares, innecesarias y casi sangrientas críticas de parte de mucha gente del gobierno. Si uno pensara mal podría interpretarse que tanta animadversión gubernamental por un accidente no grave (subrayado de la pía sociedad) traería doble intención, sobre todo sabiendo que quiere una cadena de TV”.

¡Bravo!, ¡bravo!, ruge el trapense, seducido por la prosa y los argumentos del comentarista de negocios. El accidente no es grave, Dios bendito; los miles de habitantes de los seis municipios afectados están totalmente a salvo, lo mismo sus terrenos y animales, pero no lo saben y es su culpa por no haber leído a Carlos Mota.

Queridos cinco lectores en fuga, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.