[El Santo Oficio] La sagrada virgen de Catipoato

Ha pasado la noche leyendo libros sobre La Doña. En uno de ellos, Octavio Paz escribe: “La gran creación de María Félix es ella misma. (…) Nació ante nuestros ojos y nació como un relámpago que ...
La actriz María Félix
La actriz María Félix (Archivo)

Ciudad de México

Amanece, los gallos cantan, las campanas llaman a misa de seis de la mañana. Con los ojos legañosos, el cartujo apaga la agonizante vela, cierra el cuarto tomo de la autobiografía de María Félix (Todas mis guerras, Clío, 1993) y abandona de prisa su desvencijado y crujiente camastro de tablas y polines. Lo espera un balde de agua fría.

Ha pasado la noche leyendo libros sobre La Doña, presencia insuperable en el cine nacional. En uno de ellos (María Félix, RTC, 1992), Octavio Paz escribe en el prólogo: “La gran creación de María Félix es ella misma. (…) Nació ante nuestros ojos y nació como un relámpago que desgarra las sombras”.

La actriz sonorense corrió en algunos sentidos la misma suerte del autor de El arco y la lira. Nacieron hace un siglo bajo el signo de Aries, deslumbraron al mundo y encontraron sus más enconados detractores en su propia tierra. En su texto, Paz comenta: “(María Félix) Fue y es un desafío ante muchas convenciones y prejuicios tradicionales. No es extraño que haya provocado irritaciones, despecho, calumnias. La envidia es una forma invertida de admiración”. Lo mismo podría decirse de él.

En una entrevista con Macarena Quiroz y Adelfo Fernández (revista Somos, núm. 191), María declara: “Me han achacado muchas cosas. Cuando era joven tenía una secretaria, Rebeca Uribe, y me acusaron de que la había asesinado, o sea, me dijeron asesina; después alcohólica; desde luego, puta… Dijeron muchas cosas, pero son mentiras”.

No estaba sola, nunca lo estuvo. En Todas mis guerras, resultado de largas conversaciones con Enrique Krauze y de la cuidadosa transcripción y edición de Enrique Serna, recuerda: “Renato (Leduc), Efraín Huerta y Pepe Alvarado formaban una camarilla que me defendía en la prensa contra los ataques de los idiotas. (…) Eran terribles con la pluma”.

Lectora inteligente y voraz, María fue llamada por Diego Rivera, su eterno enamorado, “La sagrada virgen de Catipoato” —Catipoato era la casa de María, regalo de Jorge Negrete y escenario de fiestas inolvidables; después se convertiría en el restaurante Antigua Hacienda de Tlalpan.

Desde el principio de su carrera, María Félix dejó constancia de su carácter, fuerte, decidido, beligerante incluso. Eso la salvó de ser devorada por una industria insaciable y una sociedad machista y pacata.

En París convivió con Genet, Cocteau, Sartre, Picasso, Dalí y muchos otros grandes personajes del siglo XX. En México, uno de sus grandes amigos fue Octavio Paz, por quien sentía un gran respeto. En su autobiografía dice: “Yo lo admiré por su poesía antes de conocerlo. Me siento muy orgullosa de que sea mexicano. Vivirá para siempre, como Diego y Frida, porque Octavio es un gigante y los gigantes no pueden morir”.

Los críticos acerbos de María Félix —como los de Paz— no han desaparecido y muchos ahora ni siquiera le reconocen la belleza tan celebrada en el mundo. Así somos.

Queridos cinco lectores, en el centenario de La Doña, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.