[El Santo Oficio] El padre de Jacobo y otras historias

En esos años, en París apareció Gabrielle Chanel, con sus ojos negros, su talle esbelto y las ganas inmensas de cobrarse los años de miseria y reclusión en un orfelinato.
Santo
(Cortesía)

Ciudad de México

En una conversación telefónica, Carlos Fuentes le dijo al cartujo: “El presente es el lugar donde se dan cita los tiempos. El pasado ocurre hoy, el futuro está ocurriendo hoy también. Si no se entiende eso, no se entiende la literatura”.

El amanuense piensa en esa conversación con Fuentes —quizá sin venir al caso— cuando lee libros sobre la belle époque. Los tiempos oscuros estaban a la vuelta de la esquina, pero nadie parecía advertirlos. Europa vivía un clima de euforia y la ciencia y las vanguardias artísticas y la bohemia eran sus estandartes. En esos años, en París apareció Gabrielle Chanel, con sus ojos negros, su talle esbelto y las ganas inmensas de cobrarse los años de miseria y reclusión en un orfelinato. Quiso ser cantante, pero su voz era frágil, anodina; se convirtió entonces, ayudada por un entusiasta amante, primero en diseñadora de sombreros y luego en modista, la más audaz y revolucionaria de la época. Muy pronto comenzó a obtener éxito y ni siquiera la Gran Guerra frenaría su vertiginoso ascenso.

En los mismos años, en una pequeña ciudad de Polonia, David Zabludovsky decidía abandonar la casa familiar para continuar su negocio de vendedor de libros en otros lugares. En sus memorias —cuenta su hijo Jacobo, sin duda el mayor periodista en la historia de la televisión mexicana, en su columna “Bucareli”—, David habla de su decisión de viajar a Odesa, llamada La Perla del Mar Negro. “Han pasado tantos años y no puedo olvidar la ciudad de Odesa —escribe Zabludovsky padre alrededor de 1965—. Quedó grabada en mi corazón. Veo a lo lejos sus bellas y alegres calles. No sería exagerado decir que era una de las ciudades más hermosas de la antigua Rusia. Sus habitantes estaban orgullosos de su ciudad, la llamaban ‘Mamá Odesa’. Decir ‘yo soy de Odesa’ era suficiente, como un pasaporte. Más no se necesitaba”.

Odesa, en Ucrania, parte del imperio ruso, era un lugar donde “se vivía libre y sin formalidades”. Pero los fantasmas de la barbarie estaban al acecho. “En el verano de 1914 —dice David Zabludovsky—, como un trueno en medio de un día claro, llegó la terrible noticia de que en alguna parte había estallado la guerra”. El alboroto de los nacionalistas, los llamados a defender a la patria, la locura de la violencia y el fanatismo, transformó el rostro de la ciudad. “Me tocó estar ahí el día que empezó la guerra —continúa—, se llamaba al combate, cada quien debía tomar su rifle y lanzarse al frente. Echamos de nuevo un vistazo a la bella ciudad de Odesa: había perdido su brillo durante la noche y mostraba un rostro totalmente distinto”.

Ante actuales los acontecimientos en Ucrania, a casi 100 años de la Primera Guerra Mundial, bien pueden repetirse las palabras de Fuentes: “El pasado ocurre hoy, el futuro está ocurriendo hoy también”.

Queridos cinco lectores, esta homilía volverá a publicarse después de un peregrinaje de tres semanas por caminos de Dios, mientras tanto El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.