[El Santo Oficio] El narrador y el crítico

El año de los escritores muertos llama David Toscana a este 2014, de tantas ausencias en apenas cuatro meses. La penúltima fue la de Gabriel García Márquez, quien escribió para ser querido.
Santo Oficio
(Cortesía)

Ciudad de México

El año de los escritores muertos llama David Toscana a este 2014, de tantas ausencias en apenas cuatro meses. La penúltima fue la de Gabriel García Márquez, quien escribió para ser querido.

El cartujo lo descubrió en la adolescencia. Desde entonces lo puso en el altar de sus devociones y esperó cada uno de sus libros como un niño espera un dulce, con ansiedad y gusto. Un día, su amigo César González, con el cual compartía la pasión por la literatura, la música, el box y las muchachas (todavía estaba lejos de decidirse por el celibato), le colocó en las manos un ejemplar de Cien años de soledad y le dio una semana para leerlo. Así, madrugada tras madrugada, descubrió un mundo insólito, loquísimo, poblado de seres increíbles. Le dolió en el alma devolverle la novela a César, maletero “meritorio” en el área internacional del aeropuerto Benito Juárez a quien pilotos y azafatas le traían de sus viajes discos y libros inconseguibles o demasiado caros en el país, pero lo hizo.

Al regresársela se quedó triste. Durante mucho tiempo no tendría dinero para comprar un ejemplar ni volvería a leer la saga de los Buendía hasta 2007, en la edición conmemorativa de la Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. Nuevamente quedó pasmado, catatónico; la leyó sin tregua y comprendió mejor —o eso quiso creer— su historia delirante. Comprendió la certeza de Gabriel García Márquez cuando le dijo a Elena Poniatowska en una entrevista de los años setenta: “Yo soy un hombre que cuenta anécdotas; todo lo digo siempre a través de anécdotas; no hago disquisiciones filosóficas, al menos no me lo propongo conscientemente. Cuento, cuento y relato una anécdota tras otra”.

Uno de los primeros lectores y tal vez autor de la primera crítica de Cien años de soledad fue Emmanuel Carballo. La consideró una obra maestra, como lo harían luego tantos otros alrededor del mundo.

Tres días después de García Márquez, la tarde del Domingo de Resurrección murió Carballo en su casa de Contadero, en Cuajimalpa. Esa noche unos cuantos acompañaron a su esposa Beatriz Espejo en el duelo. Al día siguiente en la funeraria de nueva cuenta la asistencia de la comunidad cultural fue escasa, un puñado de escritores y el presidente del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa. Los demás, tal vez, estaban ensayando las poses y las frases o eligiendo el vestuario para asistir por la tarde al homenaje a García Márquez en Bellas Artes, con la presencia de los presidentes de México y Colombia y, sobre todo, con los reflectores de las cámaras fotográficas y de televisión.

Emmanuel Carballo deja una obra crítica y ensayística insoslayable; su Protagonistas de la literatura mexicana es un clásico. García Márquez merecía, sin duda, la gran despedida prodigada por sus lectores, colegas y autoridades culturales. El autor de Ya nada es igual merecía más, mucho más de lo recibido en sus exequias.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.