[El Santo Oficio] Los latidos del corazón

Cincuenta y cinco años después, la certeza de José Emilio continúa vigente. Pocos escritores en nuestro idioma pueden presumir la perenne curiosidad y la prosa siempre jovial del autor de Traer a ...
El santo
(Cortesía)

Ciudad de México

José Emilio Pacheco afirmó en 1959 en la revista La palabra y el hombre: “José de la Colina sabe ver el mundo, sabe escribir como muy pocos jóvenes”. Cincuenta y cinco años después, la certeza de José Emilio continúa vigente. Pocos escritores en nuestro idioma pueden presumir la perenne curiosidad y la prosa siempre jovial —“serpentina”, la llamó Alejandro Rossi— del autor de Traer a cuento (FCE, 2004).

De la Colina, no cabe duda, sabe ver el mundo y se divierte viéndolo. Por eso ha hecho de la literatura un placer y del cine una de sus más grandes pasiones (otra es la música, sobre todo la de Mozart). Por eso también evita los análisis profundos, los temas solemnes, la insoportable pesadez de las frases marmóreas.

Reconocido con el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores para Obra Publicada en 2013 por su libro De libertades fantasmas o de la literatura como juego (FCE), José de la Colina debería ser igualmente galardonado por su memoria prodigiosa e incomparable sentido del humor, por el involuntario magisterio ejercido desde las páginas de periódicos y revistas.

La vida de José de la Colina está en sus textos, en historias y anécdotas como las de Un arte de fantasmas (Textofilia, 2014), su nuevo libro dedicado al cine, esa “perpetua fiesta de imágenes en movimiento y de rostros admirados y amados, los de los astros y estrellas de la pantalla”.

Marilyn Monroe, Marlene Dietrich, Alfred Hitchcock, James Dean, Harry Earles y Luis Buñuel son algunos de “los fantasmas vencedores del tiempo” de este libro. Como lo es Humphrey Bogart, de quien dice: “Se le recuerda con el sombrero gris, el impermeable oscurecido por la lluvia, el cigarrillo entre los labios, la pistola en la diestra, el rostro prematuramente marchito, como hecho de cicatrices, y el habla metálica y ceceante”.

Como a otros de sus ídolos, De la Colina descubrió a Bogart en la infancia, en los cines de segunda corrida de la Ciudad de México, adonde llegó con su familia en 1941 como parte del exilio español. En esos cines —el Roxy, el Estrella y algunos otros igualmente desaparecidos— vio películas ineludibles en la época de la Segunda Guerra Mundial, como Aventuras en Birmania o Dios es mi copiloto, cuando los niños jugaban a ser soldados americanos o, si perdían el volado, odiosos alemanes, sin imaginar el horror en Europa.

“Cuando vimos Casablanca —le dijo De la Colina al trapense en una entrevista— Bogart se volvió nuestro héroe; es una película extraordinariamente viva, increíble, pero todo en ella es un disparate, como cuando Ingrid Bergman y Bogart están besándose frente a una ventana, se empiezan a oír los cañones de la invasión nazi y ella le dice: ‘¿Son los cañones o son los latidos de mi corazón?’”.

Un arte de fantasmas es la celebración del cine, de la vida, de la memoria. Es el homenaje de un cinéfilo a las 24 imágenes por segundo, a las películas y los personajes inolvidables.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. Amén.