[Ambos mundos] Política y futbol

Jorge Valdano dice que es la más importante de las cosas menos importantes de la vida, pero en este caso es más importante que la política.

Ciudad de México

No hay medicamento ni teoría ayurvédica más eficaz que el futbol para curar los rencores de una sociedad, sobre todo contra el mal del odio, que fue lo que se apoderó de Colombia tras la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 15 de junio: un país salvajemente partido por la mitad, como si alguien le hubiera pegado un machetazo, con la gente insultándose y prometiendo venganza de un lado y del otro. Los partidarios de la guerra y del modelo autoritario, seguidores de Álvaro Uribe y de su marioneta o “unidad externa”, el candidato Óscar Iván Zuluaga, perdieron y deberán tragarse la continuación del proceso de paz en La Habana, digerir con triple Alka Seltzer el apoyo de la izquierda al gobierno de Santos y soportar cuatro años más a su archienemigo en el poder. Para Uribe es probablemente la principal derrota política de su vida, y así ha reaccionado diciendo que hubo fraude, que Santos es un “castrochavista” que le va a entregar el poder a las FARC, y lo repite como si fuera un rezo, a diestra y siniestra, de modo que para él los colombianos, una vez más, están divididos entre terroristas y patriotas, igual que durante los ocho años de su gobierno.

Pero llegó el Mundial de futbol y la selección jugó su primer partido ante Grecia, que ganó 3 a 0. La gente, algo incrédula por esa victoria tan contundente, empezó a sonreír otra vez, y los vecinos que hasta hace poco se insultaban empezaron a hacerse amistosas señas: ganamos, ganamos. Vino el segundo partido contra Costa de Marfil y las cosas mejoraron. Colombia ganó 2 a 1 y la gente pensó, caramba, ¡clasificamos a octavos de final! La gente no podía creerlo y las calles se llenaron de celebraciones. Ese mismo día llegué a Bogotá, desde Roma, y me encontré el insólito espectáculo en el aeropuerto de que todos los agentes del DAS, los que sellan el pasaporte, vistieran la camiseta de la selección nacional. Caramba, me dije, esto sí que es una novedad. Luego, en el partido de octavos contra Uruguay, James Rodríguez abrió el marcador con un gol que, según un locutor radial, fue “una obra pictórica, un Picasso” que hizo vibrar la red “como si fuera un arpa”. James se convirtió en el goleador de la Copa del Mundo y hoy Colombia, que hace apenas tres semanas estaba a punto de partirse en dos mitades, corea unida y se abraza, dichosa, gracias a Pékerman y a James y a todos los otros.

Qué grande es el futbol. Jorge Valdano dice que es la más importante de las cosas menos importantes de la vida, pero en este caso es más importante que la política. Prefiero no imaginar el delirio si Colombia llega a pasar a semifinales, gesta casi imposible por tener como rival a Brasil. Pero que el futbol haya logrado coser la herida abierta por Uribe y sus secuaces me hace pensar que en un país conflictivo y a la vez fascinante como éste, tan huérfano de alegría, los goles reconcilian más que las palabras. Y esta no es una de las cosas menos importantes.