San Bernardino "blues"

Me encanta la ginebra helada, jamás estoy sola, "Slim Harpo" me acompaña. No desprecio a "The Rolling Stones", para algunos significa algo grande, mi alma turbia se afina con la tensión del ...
San Bernardino "blues"
San Bernardino "blues" (Luis M. Morales)

Mi padre murió en 1999. Nos dejó un perro con garrapatas que compró en el mercado de Sonora. Una deuda eterna con la tienda de abarrotes. Una casa sin pagar. Antes de irse le escribí una carta, jamás la abrió. Cruzó por Tijuana rumbo a Texas. Su idea era trabajar en Tijuana seis meses, de ahí quizás pensó otras ideas que jamás nos comunicó. La primera llamada fue crucial, sentí que no volvería a verlo: “Cuida a tu madre y a tu hermano, me voy para Luisiana, enviaré dinero para tu guitarra en un mes, cuéntalo desde hoy, un mes”. Suplicante le pedí que me mandara dinero para comprarme un disco de blues. Me encanta la ginebra helada, jamás estoy sola, Slim Harpo me acompaña. No desprecio a The Rolling Stones, para algunos significa algo grande, mi alma turbia se afina con la tensión del swamp. No me gusta el rock. Alguna vez escuché decir a alguien que no toca ni la puerta, que la música es más elevada que las palabras, la guitarra es mi evasión de todo aquello que jamás podré atreverme a decir, también evita que cruce palabras necias. Toco porque no quiero escuchar el teléfono.

Cualquier momento es precioso para huir, vida y muerte se conforman de la huida. Cualquier descuido, la tristeza, la inmensa alegría de una copa rebosante, enebro, angélica, cardamomo, corteza de naranja, cassia, lirios. Escapar de una decepción, la maldita llamada inoportuna. No es necesario ir lejos. Mi padre huyó de Luisiana a California, no lo culpo, todos buscan ese sol esperanzador sobre una ciudad que tiene algo para cualquiera. Escapé dentro de casa, bajo las cobijas encontré refugio sólido. Huérfana, diez años, igual que Harpo, ¿qué hacer?, apagarse, incendiarse. Conté cada día, esperé una guitarra que jamás llegó. El amor perdido: blues personal. Esos paisajes desolados de la infancia. Llanos, tierra, huecos. Mi casa en los límites de la ciudad. Si te gustan mis notas: déjalas escapar, las mujeres libres no se esperan a nadie. Mis palabras son cuchillos, no trates de tocarlas, cortarán tu garganta. No necesito una maleta, cuando huya, dejaré todo. Nadie tiene mis manos, ni siquiera la inmensa tormenta nocturna que te consuela. Te vuelves loco encerrado, esa oscuridad te está asesinando, no haces nada, te quedas quieto, eres presa de la necia nostalgia que te devuelve una persona que nunca existió. La otra noche estaba caminando sobre Brasil, era una sombra que se deslizaba a mi lado, compré cerveza en esas odiosas tiendas que abren 24 horas. Se acercaron dos hombres. Con los labios quemados por la piedra me invitaron a una fiesta, te abrieron: “El chinchoso no, él no está invitado”.

Con sus labios muertos, uno de ellos te escupió todo el odio de una noche quebrada. El Pantera se compadeció de ti cuando le dije que eras compa. “Puede ir, también puede no ir, tú deberías venir con nosotros”. Agradecí ese gesto noble. Memoricé la dirección de la fiesta, después la olvidé. Pagamos la cerveza. La luz ambarina desgastaba ese momento. Pensé en mi padre muerto, las personas muertas no necesariamente están enterradas, son recuerdos lejanos, se deshacen en el presente, no existen en los momentos duros. Subir la enorme escalera, casi resbalas por ella, estuve ahí para sostenerte, subías sin mirar, sin detenerte a pensar que muchas veces estuviste a punto de resbalarte de esa escalera. Pedí un taxi a mi casa. Esa noche no dormí bien. Tomé el trolebús después de las 8 de la mañana. El desayuno transcurrió entre nudos silenciosos. Cuando tu madre dio la noticia a todos lloró, ese gesto no arregló nada. Para ser cruel se necesita tener conciencia de lo que es la crueldad, se necesita ejercer poder sobre la vida ajena. Cuando nos contó que gritabas que te habían robado el alma a todas horas, que quisiste aventarla por la ventana, pensé en que todos de cierta forma éramos cómplices. Una mujer primitiva, eso era tu madre, la fiera no posee crueldad cuando vemos a través de sus ojos depredadores o protectores. Placer ante el dolor ajeno, eso es la crueldad. Los hombres más civilizados son los más crueles, su egocentrismo es insufrible. Dostoievski me habló de la malicia que sienten los hombres a pesar de su nobleza.

Probablemente estaba bebiendo cuando algo en ti se rompió. Eres la presa de todos: tu padre, tu madre, tu hermano, tu perro muerto de viejo, mía, de mi hermano, de mi madre, de mi padre, de los extraños que no se detuvieron a verte cuando llorabas desesperado en las escaleras del Metro Juanacatlán. Abrí el periódico, un estudiante desollado, desaparecidos. No hice una maleta, tomé mi pasaporte, si algo sale mal siempre puede ser peor. La entrada era peor que la cárcel. Dos tipos de negro me pidieron una identificación, dejé el pasaporte, al entregarlo me arrepentí. “No se permiten aparatos electrónicos”, anuncio pegado en el vidrio. No entregué mi reproductor de música, lejos de los vigilantes, me puse los audífonos, una canción de Harpo me dio valor para llegar a la recepción.

—Su nombre.

—Susana Iglesias.

—Edad.

—35 años.

—Ocupación.

—Me creo escritora. Soy vendedora de gardenias en Garibaldi.

—¿Por qué está aquí?

—Es detestable. No deseo participar haciendo más daño a los otros. Me avergüenza la debilidad de mi naturaleza. Esta mañana leí que desollaron a un estudiante, que otros están desaparecidos. Esta mañana vomité después de escuchar el radio, un noticiero, abrí el refrigerador, estaba vacío, tuve ganas de matarme. Esta mañana camino a casa de mi madre pensé en darme un tiro. Esta mañana mientras desayunábamos dieron una noticia terrible. Esta mañana en el Metro vi a un tipo manosear a una mujer y quise golpearlo. Mi sobrino está desaparecido desde hace dos días. Lo último que dijo fue: “Me han robado mi alma”, cerró la puerta del departamento, nadie hizo nada por detenerlo.

—Entiendo. ¿Sabe dónde puede estar?

—No.

—¿Tiene una pistola o solo es un decir?

—Sí. La tengo.

—¿Qué ha pensado acerca de eso? ¿Qué le produce?

—Algunas veces pienso que sería mejor borrarme. No puedo explicarle.

—¿Escucha voces?

—No estoy segura, quizás es mi voz. Hablo sola en mi casa, a veces hablo con los gatos, a veces hablo con mi padre muerto, a veces hablo conmigo o la que creo que soy. Me gusta hablar con extraños. A veces tengo miedo. Hoy por la mañana mientras me veía al espejo vi a otra persona, no era yo. Hoy por la mañana cuando me estaba bañando escuché el sonido de un cuerpo caer contra el suelo mojado. No estoy segura de lo que me pasó. Estoy confundida.

—La ayudaremos. ¿Tiene familiares cercanos?

—Ninguno.

—¿Se siente capacitada para firmar un alta voluntaria?

—Sí.

Extendió el papel. No leí las indicaciones del proceso. Antes de firmar vi sus ojos. Un tipo loco, enfurecido, castrado y sádico. Pensé en la estación de tren de Buenavista. Muchas veces soñé con irme lejos, sin equipaje. Convertirme en una persona diferente. Firmé. Me pidieron que me quitara la ropa, me hicieron el examen médico, me tocaron, me pusieron un uniforme, me quitaron la identidad, el color beige es espantoso, visto de negro desde que tengo memoria, mi posibilidad de volver atrás la encerraron en una bolsa de plástico junto con Harpo y sus canciones en mi viejo reproductor.

Cuarto piso, cama 12. Nunca sabré lo que sentiste al verme, no dijiste nada, me miraste con alegría mezclada con resentimiento. No hablamos, durante más de cuatro días no hablamos. Levantarse a las siete, bañarse, desayunar a las 7:30, el jardín de 8 a 11, al mediodía la escena de Fabricio, un tipo que de la nada se empieza a golpear contra la pared para después convulsionarse sin que nadie pueda evitarlo. Una mañana después de esa escena, te acercaste: “¿Lo hiciste por mí?”. No dije nada, solo te miré. Tomé tu mano, tomaste la mía. No estamos solos, tras insistir durante dos semanas convencí al médico de entregarnos a Harpo, no estamos solos. Un swamp se desliza entre nosotros, cada tarde estamos juntos, afuera siempre fuimos un par de extraños. Estamos juntos, cantando, The sun is out, the sky is blue, there is not a cloud to spoil the view. But it’s raining in my heart, misery misery. What gonna become of me. Al final de la estación de tren imaginaria vamos juntos, nunca solos, tan lejos, cada vez más lejos.

*Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets)