Poeta con fusil

Salomón de la Selva no solo fue un excéntrico en el ámbito de la poesía, también lo fue en su persona.

Ciudad de México

Las imágenes son desgarradoras o, como dice el lugar común inventado por algún clásico, dantescas. Llueve fuego sobre los territorios bíblicos. Unos a otros se culpan. El discurso del odio lo impregna todo. El cielo se ilumina con la explosión de las bombas que gracias a la era cibernética presentan una desviación mínima respecto al blanco señalado. Y ese blanco es el edificio que supuestamente da protección a los niños bajo la bandera de la ONU. No se puede mostrar piedad por esas infancias truncas o baldadas de por vida sin recibir los insultos de los herederos del holocausto. Y el otro bando, que carga con las mayores pérdidas, no muestra una política inteligente frente al enemigo. Y en esos territorios de antiguas civilizaciones generatrices no solo se oye la siniestra sinfonía de las armas por doquier. No solo se exterminan pueblos de confesiones religiosas distintas, también se enfrentan las dos versiones del Islam.

Y las grandes potencias hacen el juego hipócrita de la contrición y se enredan en sus torpes juegos geopolíticos donde los aliados resultan peores en su vena sanguinaria: se asesinó a Osama Bin Laden, y ahora sus herederos de Al Qaeda y sus adláteres son los amigos en la lucha contra el dictador sirio, y por eso se sienten autorizados a intentar el genocidio en Irak.

Es 2014. ¿Qué le depara a la humanidad el siglo XXI? Los historiadores, con el beneficio que da la perspectiva histórica, han dicho que el siglo XX en realidad empezó con un hecho de sangre en un rincón de Europa sin gran relevancia política ni militar y que derivó en lo que su época se llamó la Gran Guerra. Solo el mago Mandrake, y sus poderes de vidente, ya fuera de circulación la Paca, podría intentar un ejercicio de futurología para adelantar la narración histórica de este principio de siglo.

Sería un sarcasmo hablar de celebración de un hecho histórico recordado por el gran dolor que produjo, la cantidad inédita de muerte y el saldo de batallas libradas con los nuevos armamentos: los cañones de gran alcance, la pavorosa ametralladora, el submarino con su periscopio, los fusiles de repetición, las máquinas voladoras, ese aparato bautizado con el nombre de avión capaz de proporcionar información precisa sobre el movimiento de los batallones y la ubicación de las trincheras, además de servir para bombardeos primitivos. Todavía no se calibraba el alcance de esos aparatos ni el horror que se produciría en las zanjas llamadas trincheras, ni nadie era capaz de imaginar la torpeza y estupidez con que se manejaría el aspecto de la estrategia y las tácticas de guerra por un grupo de generales geniales en su torpeza y absurdo sentido del deber. Stanley Kubrick dejó una recreación de cuanto se vivió en la Gran Guerra en este aspecto en su película Paths of Glory (1957), que en México recibió el título de La patrulla infernal; la ingenuidad e ignorancia de la época pensaron en la rápida solución de las batallas y las mínimas pérdidas. Sería una guerra breve y para la Navidad ya estarían en casa los soldados. El entusiasmo bélico que proclamaban los periódicos de la época parecía inspirarse en la frase de Erasmo: dulce bellum inexpertis. “La guerra es dulce para quienes no la pelean”. Era el fin del verano. Sucedió lo contrario: hubo que esperar hasta 1918 para la firma del armisticio.

Mientras tanto, los jóvenes europeos de la época debieron marchar al campo de batalla. Las filas de esos combatientes estuvieron compuestas, como es de suponerse, por soldados de muchas profesiones y ocupaciones. Entre ellos estaban los poetas y los novelistas que fueron a la guerra, algunos sin boleto de retorno. Los sobrevivientes hallaron inspiración en sus experiencias bélicas para referirse en poemas y ficciones a la amarga experiencia de vivir entre cadáveres, heridas infectadas, el estampido que produce la pólvora, los bajos sentimientos de los guerreros mezclados con momentos de grandeza y nobleza. Estuvieron presentes en esa guerra Apollinaire —es famoso su retrato con la cabeza vendada—; Eluard, muy joven, afectado en la vejez por los gases venenosos que aspiró durante la guerra; los jóvenes poetas ingleses, una generación sacrificada, como T.E. Hulme y Wilfred Owen. Tendríamos también la versión alemana con las plumas de Erich Maria Remarque y Ernst Jünger; al poeta austriaco Georg Trakl, quien debido a su formación profesional en medicina fue destinado a una brigada sanitaria para atender a los heridos de guerra y aspirar el acre olor de la muerte. La muerte de un noble austriaco había propiciado la guerra e irónicamente un joven poeta y médico austriaco, frágil en su sistema nervioso, que en el suicidio encontró la liberación a sus tormentos, era blanco de los aspectos más lacerantes de las batallas.

Esa enloquecida fiesta de las balas conocida por sus contemporáneos como la Gran Guerra; tiempo después otra gran guerra hizo que la conociéramos como la Primera Guerra Mundial.

Por ahora, debido a esas circunstancias conformémonos con sumar a las abundantes efemérides unas líneas para recordar a alguien que no ha sido invitado a la fiesta de las conmemoraciones: al soldado desconocido que fue Salomón de la Selva. El único escritor de nuestra lengua en conocer la guerra en la Europa de 1914. El caso insólito del único poeta en dar testimonio del infierno en la Tierra durante la segunda década del siglo XX. Pero Salomón no solo tuvo el privilegio (no en cuanto a situación favorable) de atestiguar lo que fue la Gran Guerra: de esa experiencia obtuvo el material para escribir uno de los libros más relevantes de la lengua española: El soldado desconocido. Libro notable que forma parte del conjunto de obras fundadoras de nuestra vanguardia literaria. Con su libro, la poesía entre nosotros adquirió otra dicción y dimensión.

Salomón de la Selva no solo fue un excéntrico en el ámbito de la poesía, también lo fue en su persona. Una de las hazañas más extraordinarias de la vanguardia se debe no a alguien nacido en los grandes centros urbanos del mundo de habla española: Madrid, Buenos Aires, México. Con él se repitió el caso de su compatriota Rubén Darío. Su país natal fue Nicaragua, aunque su mayor residencia en la tierra estuvo en suelo mexicano. Hay que señalar que sin el viaje a Estados Unidos en su primera juventud con toda seguridad no hubiera sido protagonista de la vanguardia ni soldado en Francia.

Como su compatriota Darío, la cuna de su nacimiento no estuvo en la ciudad más importante de su país, Managua, sino en León. Su paisaje de infancia fue el trópico y a su primer libro, escrito en inglés, lo intituló Tropical Town. El viaje a Estados Unidos fue la recompensa, traducida en una beca, que recibió del presidente José Santos Zelaya, quien había llegado al poder mediante el recurso del fast track del golpe de Estado, por un vehemente discurso dicho en favor de su padre puesto en prisión por desaprobar al usurpador.

Llegó a dominar tan bien el inglés que se convirtió en un poeta en esta lengua obteniendo reconocimiento de la crítica por su ya mencionado libro Tropical Town. Vivió en Nueva York, pero a diferencia de García Lorca, la gran metrópoli de Norteamérica no fue el purgatorio del autoexilio sino que para él la ciudad era una fiesta. Conoció y se enamoró de la poeta Edna St. Vincent Millay, con quien daba paseos a lo largo de los muelles contemplando los barcos que llegaban y partían: una visión tridimensional de los cuadros que proclamaba Marinetti, el profeta de la guerra y de la muerte: una visión grotesca del militar español franquista Millán Astray. Cuando llegaron las noticias de la guerra y Estados Unidos abandonó su aislacionismo, solicitó enrolarse en el ejército, pero se negó a cumplir la condición sine qua non para ser aceptado: naturalizarse norteamericano. Buscó entonces servir en el ejército al servicio de su majestad de Inglaterra.

Concluyó la guerra. Vino la desmovilización. El mundo entró en un impasse teñido de optimismo, champaña, charlestón y especulación financiera, mientras en las sombras se incubaba la siguiente guerra, que ahora sí sería en verdad mundial. De la Selva abandonó la lengua inglesa para expresarse literariamente y recobró sus raíces hispanas. De la guerra volvió con los borradores de un libro y la voluntad de instalarse en México. Agustín Loera y Chávez, dueño de la benemérita editorial Cvltura, la misma donde una parte de nuestra vanguardia había recibido acogida, publicó su segundo libro: El soldado desconocido. Era el año de 1922.

Las trincheras le habían enseñado a Salomón de la Selva que la muerte había perdido su halo de misticismo y ya nada tenía de sagrada. La guerra lo había enfrentado con, literalmente, una realidad descarnada donde el ideal griego de lo bello parecía una frivolidad, como frivolidad parecía entonar los cantos del modernismo. Era necesario liquidar a Darío y su mitología. Su compatriota había sido el genio de la versificación, pero sonaban huecos sus cantos de vida y esperanza. El ruiseñor podía ser alondra de luz por la mañana, pero era un ave ciega. Luego de la Gran Guerra los poetas percibieron que sobre los cielos se cernía el nihilismo pues las palabras se habían quedado mudas:

 

Ya me curé de la literatura
Estas cosas no hay como contarlas.
Estoy piojoso y eso es lo de menos.
De nada sirven las palabras.

 

La poesía también debía hablar de la mugre, de las excrecencias, los malos olores, debía recoger la tradición de un habla popular y coloquial. Salomón de la Selva había pisado los jardines de Francia, pero por los jardines de Francia ya no paseaban los pavorreales, aburriéndose de luz en la tarde, ni nadaba el cisne en los estanques en busca de Leda. Y a Leda ya no la cubría el perfume:

 

En el dug–out hermético
sonoro de risas y de pedos
como en una comedia de Ben Jonson,
un grupo de soldados
se cuentan los unos a los otros
intimidades obscenas.
Uno ha dicho una frase
que debe haber hecho
temblar a las estrellas,
dejar caer sus lanzas
y cubrirse los rostros con las manos:
“A mi mujer le apestan los sobacos”.

 

Han pasado cien años. No sé si ya podemos ir en busca del soldado Salomón: el soldado desconocido.